Tinta y tinto

Quiero quedarme aquí

FOTO: Fernando Díaz

«Quiero quedarme aquí». Probablemente no exista una frase más sencilla ni más revolucionaria en La Rioja actual. Porque durante demasiado tiempo parecía que el éxito consistía precisamente en lo contrario: en marcharse. Estudiar fuera, trabajar fuera, vivir fuera. Y regresar al pueblo únicamente los fines de semana, en verano o para las fiestas patronales. Como si quedarse fuese una especie de renuncia silenciosa, una decisión menor frente a la supuesta ambición de quien hacía las maletas rumbo a una gran ciudad. Como si la vida auténtica, la de verdad, estuviera siempre en otra parte.

Por eso tuvo tanta fuerza escuchar estos días, durante las jornadas de Revive en La Rioja, aquella otra frase pronunciada en Rincón de Soto: «Quedarse en el pueblo no es ningún fracaso». La dijo Francisco Ridruejo, concejal de Cornago, pero en realidad podría haberla pronunciado cualquiera de las decenas de personas que participaron en las conversaciones celebradas en Navarrete, San Vicente de la Sonsierra y Rincón de Soto. Porque en el fondo, detrás de cada intervención, aparecía la misma idea: el mundo rural no pide compasión ni nostalgia; pide oportunidades para seguir siendo un lugar donde vivir.

Y quizá ese sea el principal cambio cultural que empieza a producirse. Durante años hemos hablado de despoblación como si fuera una especie de fenómeno inevitable, casi meteorológico, frente al que únicamente cabía lamentarse. Los pueblos perdían habitantes, cerraban negocios, envejecían y se repetía una y otra vez el mismo relato pesimista sobre un mundo rural condenado a desaparecer lentamente. Pero las jornadas de Revive han servido para introducir un matiz importante: mucha gente sigue queriendo vivir en los pueblos. Muchísima más de la que solemos imaginar. El problema es que a veces no puede hacerlo.

Y los números empiezan a confirmar esa intuición. La Rioja alcanzó a comienzos de 2025 su máximo histórico de población, con 326.803 habitantes y ocho años consecutivos de crecimiento. No es solo Logroño la que tira: municipios como Albelda de Iregua han sumado 1.251 vecinos en veinte años hasta rozar los 4.000, Autol ha pasado de 4.031 a 4.925, Rincón de Soto de 3.591 a 4.035 y Navarrete ha ganado 453 personas en dos décadas. Pueblos que, contra el relato de la decadencia inevitable, están vivos y crecen. Pero los mismos datos cuentan también la otra cara: 134 municipios riojanos siguen teniendo menos de 500 habitantes y apenas representan el 6,2% de la población, mientras el área metropolitana de Logroño concentra al 60% de los riojanos. Crecemos, sí, pero crecemos de forma muy desigual. La Rioja avanza a dos velocidades, la del valle y la de la sierra, y esa brecha es justamente la que las jornadas de Revive intentan abordar.

Ahí es donde el debate cambia por completo. Porque ya no hablamos únicamente de romanticismo rural ni de discursos vacíos sobre las bondades de la vida tranquila. Hablamos de vivienda, de empleo, de servicios, de conectividad y de calidad de vida. Hablamos, en definitiva, de la capacidad real de una persona para decidir dónde quiere construir su proyecto vital. Y eso convierte esta cuestión en uno de los grandes debates sociales de nuestro tiempo.

El presidente del Gobierno de La Rioja, Gonzalo Capellán, lo resumía hace unos días con una frase bastante contundente: “Lo más triste es que un joven quiera vivir en su pueblo y no pueda hacerlo por no tener vivienda”. La reflexión resulta especialmente interesante porque desmonta una idea muy instalada durante años: que la gente se marchaba exclusivamente por falta de apego o de oportunidades laborales. Hoy el problema es bastante más complejo. Hay jóvenes que sí quieren quedarse cerca de su familia, de su entorno o de sus raíces, pero se encuentran con una realidad inesperada: no encuentran vivienda disponible en sus propios pueblos.

Y eso apareció constantemente durante las jornadas. Alcaldes de municipios grandes y pequeños coincidían en la misma paradoja: pueblos llenos de casas vacías, pero sin viviendas disponibles para nuevos vecinos o para jóvenes que quieren independizarse. Viviendas atrapadas en herencias imposibles, edificios deteriorados, trámites eternos o propietarios que prefieren mantenerlas cerradas antes que venderlas o alquilarlas. Mientras tanto, familias enteras se ven obligadas a marcharse simplemente porque no encuentran un lugar donde empezar una vida.

Quizá ahí esté una de las mayores contradicciones del mundo rural contemporáneo. Durante décadas se habló de la falta de población y ahora, en algunos municipios, el problema empieza a ser también la incapacidad para absorber a quienes sí quieren instalarse allí. En Arnedillo, por ejemplo, el auge turístico ha provocado que muchas viviendas se destinen al alquiler de fin de semana, dificultando todavía más el acceso a quienes buscan residir de forma permanente. En Cornago se hablaba directamente de una “explosión” de compra de viviendas desde la pandemia. Y en otros municipios se repetía una sensación parecida: la gente quiere venir, pero no encuentra cómo hacerlo.

Sin embargo, reducir todo este debate únicamente a la vivienda sería simplificar demasiado las cosas. Porque si algo dejaron claro las conversaciones de Revive es que vivir en un pueblo no depende de un único factor. Depende de un equilibrio mucho más complejo entre empleo, servicios, comunicaciones, conectividad, identidad y expectativas personales. Depende, en el fondo, de que exista vida.

Por eso resultó especialmente interesante escuchar cómo los alcaldes defendían no solo las ventajas de sus municipios, sino también aquello que hace posible la vida cotidiana. Un bar abierto. Una tienda. Una carnicería. Una farmacia. Una línea de autobús razonable. Fibra óptica. Un colegio cercano. Elementos aparentemente pequeños, pero que determinan mucho más de lo que parece la decisión de quedarse o marcharse.

Porque un pueblo no puede convertirse únicamente en un lugar bonito para pasar el fin de semana. Necesita actividad económica, niños jugando en las plazas, persianas levantadas por la mañana y vecinos que construyan comunidad. Necesita normalidad.

Y quizá esa fue una de las reflexiones más interesantes de estas jornadas: dejar de entender el mundo rural como un espacio excepcional o exótico y empezar a verlo simplemente como otra forma de vida perfectamente válida. Una forma de vida que además empieza a recuperar atractivo en un contexto donde las grandes ciudades acumulan problemas evidentes relacionados con el precio de la vivienda, la saturación, la precariedad o la falta de tiempo.

La pandemia aceleró además un cambio de mentalidad que hace apenas unos años parecía improbable. Conceptos como el teletrabajo, la movilidad flexible o el emprendimiento digital han abierto nuevas posibilidades para muchos municipios riojanos. Durante las jornadas aparecieron ejemplos de personas que trabajan a distancia desde pequeños pueblos, familias que han decidido regresar tras años fuera o jóvenes que están impulsando pequeños negocios aprovechando precisamente la tranquilidad y la calidad de vida del entorno rural.

Porque la calidad de vida también ha cambiado de significado. Ya no se mide únicamente en salarios o tamaño de ciudad. También se mide en tiempo, tranquilidad, cercanía, comunidad y arraigo. En poder vivir cerca de la familia. En conocer a los vecinos. En llegar andando a cualquier sitio. En mirar alrededor y reconocer todavía los paisajes de tu infancia.

Y quizá por eso empieza a desmontarse lentamente aquel viejo prejuicio de que quedarse en el pueblo era quedarse atrás. No significa idealizar la vida rural, porque los problemas existen y son enormes. Ahí están las dificultades para encontrar relevo generacional en el campo, la burocracia que desespera a pequeños emprendedores, la falta de transporte público en muchas zonas o el cierre progresivo de negocios tradicionales. Pero precisamente por eso estas conversaciones han resultado útiles: porque han abordado el territorio desde la honestidad y no desde la propaganda.

Hablar de pueblos no puede limitarse a hacer campañas bonitas con drones sobrevolando viñedos al atardecer. Hablar de pueblos implica discutir sobre vivienda, servicios públicos, comunicaciones, empleo y planificación territorial. Implica entender que fijar población no consiste únicamente en atraer nuevos vecinos, sino también en evitar que se marchen quienes ya quieren quedarse.

Y aquí debería hacer una confesión incómoda. Porque resulta muy fácil escribir sobre los pueblos desde la convicción y mucho más difícil hacerlo sin contradicciones. A mí se me llena la boca hablando de Villavelayo, mi pueblo, pero lo hago desde Logroño, que es donde vivo. Y antes de Logroño estuvo Madrid, donde me marché a estudiar Periodismo en la Complutense, e incluso durante un tiempo acaricié la idea de irme al extranjero a aprender inglés, porque entonces parecía que eso era exactamente lo que había que hacer. Cuento esto porque quizá una parte del problema esté precisamente ahí: en que casi siempre pensamos en los demás. En los jóvenes que deberían poder quedarse, en las familias que deberían poder volver, en los pueblos que deberían recuperar vida. Y pocas veces nos preguntamos qué decisiones tomamos nosotros mismos, ni qué habríamos hecho distinto si alguien nos hubiera dicho a tiempo que quedarse no era ningún fracaso.

En el fondo, de eso trata realmente este debate. De libertad. La libertad de quedarse, volver o construir una vida donde uno realmente quiere hacerlo. Porque quizá la gran pregunta ya no es si los pueblos tienen futuro. La pregunta es si vamos a ser capaces de permitir que quienes quieren quedarse puedan hacerlo. Y si tendremos la inteligencia suficiente para entender que el equilibrio territorial no es solo una cuestión demográfica o económica, sino también emocional, cultural y social.

Tal vez la verdadera modernidad consista precisamente en eso: en que vivir entre viñas, montañas, huertas o pequeños municipios deje de entenderse como una renuncia y vuelva a percibirse como lo que siempre fue para mucha gente: una manera perfectamente válida —y a veces incluso privilegiada— de construir una vida. Y porque, en el fondo, hay pocas cosas más poderosas que alguien diciendo, simplemente “quiero quedarme aquí”.​​​​​​​​​​​​​​​​

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