Primero está la maña y después se practica la fuerza. Es un poco lo que están haciendo los chicos de este local logroñés. Son mañosos, muy hábiles, de esos profesionales de la hostelería que cotizan al alza. Miman todo lo que hacen, y lo que hacen surge desde el sentido común, la sensibilidad, el disfrute y la delicadeza. Y la maña ya se les ve desde hace mucho tiempo en The Class, en avenida de Portugal, ya sea tirando una caña, sirviendo un café o sacando un cóctel.
Y ahora llega la fuerza. La que da el hecho de tener otro local justo enfrente, el antiguo Junco, que ahora se llama Charrujano (mezcla de charrúa -ella- y de riojano -él-). El músculo del espacio que les capacita para hacer más cosas. Cosas como dar de los mejores desayunos de la zona. Sirven también un gran café, un buen pincho de tortilla, algunos bocatitas que apañan una media jornada laboral… Es decir, bordan lo cotidiano, y ahora redoblan el esfuerzo por lo extraordinarios.

Como su coctelería, con esa fina maestría que da el domino del arte del bartender. Son expertos en la materia, y tanto en The Class como en Charrujano, la pericia se sirve en multitud de tragos deliciosos y muy divertidos, para un plan diferente, especial, que pasará a ser cotidiano por extraordinario.
Y ahora presentan lo que se puede entender como una gran idea, tanto que parece raro que a nadie se le haya ocurrido antes, pero para ello necesitas de buenos camareros -que los tienen-, de buenos cocineros -que los tienen- y de un espacio adecuado -del que disponen en esta nueva ubicación-. Con todo ello en la coctelera de las ganas de hacer cosas, presentan los jueves un maridaje de la mejor coctelería con buena gastronomía que busca jugar con los sentidos.

La propuesta, bautizada como Classperiencia, arranca -el próximo jueves 26 de marzo- casi como una declaración de intenciones: aquí no hay expertos ni principiantes, solo ganas de probar, oler, comentar y, sobre todo, disfrutar. «Es posible que descubráis sabores que no esperabais» advierten. Y no es una frase hecha. Es más bien un aviso honesto de lo que sucede cuando la coctelería deja de ser acompañamiento para convertirse en hilo conductor del plato.
El recorrido se articula en cuatro pases que dialogan con sus respectivos cócteles, en un ejercicio de equilibrio donde ninguno pisa al otro. Al contrario, se buscan, se potencian y se explican mutuamente en boca.

El arranque es fresco, casi juguetón: un tartar de salmón con guacamole y mango que pone sobre la mesa notas marinas y tropicales en un bocado ligero. El maridaje, a base de tequila, puré de mango, licor de naranja y zumo de lima, no replica el plato, sino que lo amplifica, subrayando esa línea cítrica y exótica que prepara el paladar para lo que viene.
El segundo pase, bajo el nombre de ‘matrimonio’, se mueve en terrenos más salinos y reconocibles: pimiento verde, anchoa y boquerón. Aquí el guiño al mar se combina con un perfil vegetal y fresco que encuentra su espejo en un cóctel de vodka con sirope de albahaca, limón y tónica. Es un juego de contrastes medidos, donde la acidez limpia y la aromática vegetal alarga el sabor del bocado.

La intensidad llega con el rabo de toro, acompañado de parmentier de patata y un contrapunto afrutado de frambuesa y lombarda. Es el plato más contundente, el que exige estructura. Y la tiene en el vaso: whisky afrutado, puré de frambuesa, lima y un vino crianza de Rioja que aporta profundidad y ancla el conjunto al territorio. Aquí se aprecia especialmente el oficio: el cóctel no compite con el guiso, lo abraza.
El cierre, un brioche de steak tartar con mayonesa de wasabi, aporta suavidad y un final elegante con cierto nervio picante. El acompañamiento —Aperol, vino verdejo, cava y soda— introduce burbuja y ligereza, una despedida refrescante que deja sensación de conjunto redondo, sin excesos.

Todo ello se desarrolla bajo una idea sencilla pero poco habitual: trasladar el concepto clásico de maridaje —históricamente ligado al vino— al terreno de la coctelería, con la dificultad añadida de trabajar con más variables, más matices y también más riesgo. Aquí es donde se percibe la experiencia acumulada en barra y cocina. No hay artificio gratuito, hay criterio, para que lo extraordinario de la coctelería pase a ser cotidiano.


