Hay promesas que nacen en los momentos más difíciles. Y las promesas hay que cumplirlas. La banda riojana Oslo Ovnies ha completado este sábado el reto que se marcó hace un año: recorrer por relevos los cerca de 200 kilómetros que separan su local de ensayo en Ábalos hasta Aranda de Duero para celebrar la vida antes de subirse al escenario del Sonorama Ribera.
La expedición partió de madrugada y, tras una jornada de esfuerzo, relevos y kilómetros compartidos, alcanzó su destino con una idea muy clara: demostrar que, después de los golpes más duros, también hay espacio para celebrar.
La promesa nació hace justo un año en una habitación de hospital. El batería del grupo, Aitor Torre, acababa de superar una compleja operación a corazón abierto de ocho horas tras ser diagnosticado de una cardiopatía congénita. En plena recuperación, lanzó una frase que sus compañeros no olvidaron: si algún día tocaban en el Sonorama, llegarían corriendo desde Ábalos hasta Aranda de Duero.
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Lo que entonces parecía una ocurrencia imposible se convirtió meses después en un compromiso real cuando el festival confirmó la presencia de Oslo Ovnies en su cartel. Desde ese momento comenzaron nueve meses de preparación para afrontar un desafío que finalmente han completado mediante relevos, con recorridos de unos 35 ó 40 kilómetros para cada integrante.
El reto también ha servido para recordar que Aitor no ha sido el único miembro del grupo que ha pasado por un serio problema de salud. El vocalista, Israel Fernández, sufrió un grave trombo que obligó a extirparle una costilla, mientras que otro de los integrantes también tuvo que pasar por quirófano por una grave lesión de rodilla. Esa sucesión de episodios terminó reforzando la idea de convertir el viaje en un homenaje a la vida y a la sanidad pública.
Durante toda la jornada, familiares, amigos y vecinos se fueron sumando a distintos tramos del recorrido, acompañando a la banda en una aventura que ha trascendido lo deportivo para convertirse en un acto solidario.
Todo lo recaudado mediante donaciones, junto con el caché que percibirá la banda por actuar en el Sonorama y la aportación anunciada por la organización del festival, irá destinado íntegramente a la Fundación Menudos Corazones, que trabaja con niños y jóvenes con cardiopatías congénitas y sus familias.
La llegada a Aranda de Duero supone el final de una carrera de casi 200 kilómetros, pero también el cumplimiento de una promesa nacida en una UCI. El próximo paso será subirse al escenario del Sonorama con la satisfacción de haber demostrado que, a veces, el mejor modo de celebrar que el corazón sigue latiendo es echarse a correr.


