Agricultura

El zahorí de Calahorra: buscador de agua en tiempos de sequía

Dicen algunos que el primer zahorí de la historia fue Moisés, quien con su vara consiguió guiar al pueblo hebreo en su salida de Egipto. Fuese él o cualquier otro, la realidad es que la búsqueda de agua ha sido una constante desde que el hombre es hombre. Para beber, para cocinar, para regar los cultivos, para bañarse… La versatilidad de este bien tan necesario y a veces tan escaso hace que encontrarla sea, en ocaciones, un lujo.

Ángel Arenzana sabe bien de lo que habla. A sus 79 años, lleva desde los 18 encontrando agua allá donde otros no pueden hacerlo. Todo empezó por pura casualidad. Trabajaba entonces en un almacén de frutas en Calahorra cuando un gallego que había venido a comprar coliflores se puso con una rama de tamariz a pasearse por un campo cercano. Ángel, siempre curioso, preguntó. Y este le contó que andaba mirando a ver si había agua. Le dejó probar y en un momento determinado la rama se trenzó como el gallego no había visto antes.»Chaval, tú tienes un don», le dijo. Desde entonces se ha recorrido buena parte de La Rioja y otras comunidades ayudando a la gente a encontrar aguas subterráneas.

Arenzana no habla de don, pero sí que ha comprobado de primera mano que no todo el mundo puede realizar esta técnica ancestral sin base científica. Comenzó encontrando agua en su propia huerta. Deespués en la de su vecinos. El boca a oreja hizo el resto e incluso geólogos que no habían dado con las coordenadas exactas para encontrar agua le han llamado para sacar adelante el trabajo contratado.

«No todo el mundo tiene esta capacidad», cuenta, recordando que «una vez me habían llamado de Noain para buscar agua y me encontraba fatal; cogí al hijo y le hice probar en la zona de mi huerta, por donde se que hay corrientes. Pero nada, la vara no se movía». El zahorí sabe que muchos no creen en su sistema, pero presenta sus resultados a modo de aval.

No ha sido nunca su forma de vida. «Me daba para sacarme algún dinerillo, pero yo he sido agricultor, he trabajado en una bodega… Nada relacionado con esto». Con el paso de los años ha ido ganando en precisión: «Puedo determinar hasta a qué metros de profundidad, más o menos, está el agua». Unos pasos milimetrados hasta que se vuelve a mover la varilla le aseguran que el agua que tenemos debajo está a nueve metros.

Aunque la mayoría de los que acuden a él son personas con huertas a las que no llega el agua y que lo utilizan para llenar piscinas y regar los pequeños cultivos, también ha buscado agua para champiñones en Pradejón, para algún que otro agricultor o incluso para restaurantes en mitad del campo. «El pozo que tienen en las carpas del Chef Nino es el mejor que hay en toda la zona», explica mientras recuerda lo que les costó encontrar ese manantial subterráneo de agua. También llegan muchos apelando a la superstición: «Mucha gente no quiere que su casa se haga encima de una corriente de agua porque dicen que roba energías; de esos me han venido muchos».

A pesar de la importancia que tiene el movimiento de la varilla, Ángel asegura que es importante también conocer el terreno. En zonas arcillosas sabes que es complicado. También cerca de los ríos. Y cada vez lo es más: «El cambio climático se nota también bajo tierra, quizás porque cada vez hay más pozos… También se nota la presa de Enciso». «Antes, el caudal de los pozos bajaba en septiembre, ahora en agosto ya empieza a notarse», explica.

El agua que localiza casi nunca es potable, pero sirve para otras muchas cosas: «Si se va a utilizar para beber o para cocinar es mejor tratarla porque lleva mucha dureza». Eso sí, una vez tratada es un agua de características similares a la de los manantiales: «Tengo comprobado que con el agua del pozo ahorro más de media hora de cocción en las alubias».

Sus búsquedas no siempre han dado resultados. «Y el que diga que ha encontrado siempre, miente», dice. «Lo que hay que hacer es decir siempre la verdad; si no hay agua, pues no hay agua; no le haces a alguien gastarse un dineral en un pozo solo por si acaso», mantiene como filosofía de vida.

Durante años utilizó varas de avellano para buscar agua, pero «una vez con una cría se partió la vara mientras probábamos y le dio en el pecho haciéndole una marca enorme; pasé tan mal rato que decidí pasarme al alambre de soldar. Así lleva ya más de tres décadas, encontrando agua allí donde los demás no consiguen dar con ella.

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