CARTA AL DIRECTOR

Somos culpables

Todo es relativo. Todo depende del cristal con que se mire. Las cosas no son blancas o negras. Ni siquiera pueden agruparse en una escala de grises. Hay un infinidad de colores que tienen derecho a brillar, a expresarse, a existir. A lo que a Fulanito le parece bien, puede que a Menganita no le guste. La vida es así. La vida va de eso. Y aprender a relativizar es el mejor consejo que alguien te puede dar en la vida. Así que sí, somos culpables. En La Laurel somos “relativistas morales”, tal y como se nos etiquetó hace unos días en este mismo espacio.

El relativismo moral acepta la libertad de expresión y apuesta por la libertad de opiniones sin jerarquizarlas. No se trata de estar de acuerdo con todas las posturas, se trata de ser capaz de aceptar que hay otras personas que no piensan como tú. Se trata de convivir y de asumir que esa convivencia se establece entre personas libres e iguales. ¿No es esa una parte fundamental de la esencia de la democracia? ¿Y qué mejor para construir un sistema democrático que tener opciones donde elegir? Especialmente si a gastronomía nos referimos. Somos, por tanto, nuevamente culpables. En La Laurel somos relativistas gastronómicos. Y lo somos porque siempre hemos aceptamos que en La Laurel existan diferentes propuestas gastronómicas. No nos oponemos a evolucionar, no nos resistimos a los cambios y, por supuesto, no renegamos de la tradición. Y, aún así, aceptamos otros posturas y planteamientos. Aquí no hay verdades absolutas ni una única opción correcta. No existe el pincho bueno ni el pincho malo. Todo es relativo. Todo depende del paladar y de quien lo pruebe. No existe tampoco una propuesta gastronómica buena o mala por haber apostado por la especialidad o la variedad. Juzgarlas con ese único criterio, no solo es injusto, sino también un análisis parcial al que le falta información y contexto.

En La Laurel conviven establecimientos muy diferentes. En algunos de ellos se sirve un único pincho y, en otros tantos locales, la barra ofrece multitud de bocados. ¿Hay uno bueno o malo? ¿Unos son mejor que otros? Nosotros creemos que no. Todos tienen derecho a existir en el conjunto de una ruta gastronómica de pinchos famosa en España y reconocida en el extranjero que ha contribuido a ubicar a Logroño y a La Rioja en el mapa.
El público, al igual que nuestros establecimientos, es plural. Y es en esa diversidad donde confluye la heterogénea homogeneidad de La Laurel. Nuestros visitantes, locales y foráneos, responden a un perfil tipo: la familia. Y este término aglutina tanto a la familia con vínculos sanguíneos como a la familia que forman las cuadrillas y la que se crea al peregrinar por el Camino de Santiago.

Para todas estas personas se han editado varias guías a lo largo de los años en las que se muestra el “pincho estrella” de cada establecimiento. Este nombre responde a la especialidad del local, a la tapa por la que son más reconocidos, la que más gusta o con la que más identificados se sienten. Así, cuando estas familias llegan a La Laurel tienen una ruta que pueden seguir en los establecimientos que apuestan por un único pincho o cambiar, a su elección, al visitar establecimientos con una oferta más variada. Al parecer el concepto “pincho estrella” ha sido el detonante de la crítica del citado artículo, al que ahora damos respuesta, donde podía leerse: “Aquí surge la herida en el corazón, en semejante calificativo. De especialidad de toda la vida a “pincho estrella”. Haciendo gala de nuestro relativismo (moral y gastronómico), aceptamos el dolor con efecto retardado (este término coloquial lleva diez años usándose) que haya podido provocar una herida causada por un sinónimo y lamentamos que en ella se asiente una crítica a la diversidad de La Laurel.

Somos muchos, somos diversos (delante y detrás de las barras) y somos culpables. Culpables de no imponer una única directriz a nuestros asociados, culpables de beber de la tradición sin impedir la evolución, culpables de hacer de La Laurel un lugar para todos. Somos culpables y cumpliremos condena. La condena de respetar la libertad de cada establecimiento, la de sentirnos orgullosos del pasado y trabajar por el futuro, y la de contemplar personas muy diferentes disfrutando de un mismo lugar: La Laurel. ¿Un castigo demasiado duro? Todo es relativo.

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