Firmas

El relativismo moral se instala en una parte de La Laurel

Todo es culpa de los cómics de superhéroes. Es por culpa de las novelas del Oeste. Todo es culpa del Madrid y del Barça. La culpa es de aquellos que nos obligan a tener que elegir entre lo que está mal y lo que está bien. Y oigan, uno, con el paso del tiempo, se va dando cuenta de que en la vida, desafortunadamente, no todo es blanco o negro. Que el problema de la vida reside en la escala de grises, donde por suerte, duda una gran mayoría de gente normal que mola bastante. Una escala de grises que resulta necesaria porque es donde suelen naufragar los necios, esos que afirman o niegan a cada paso. Es un detector de necios ideal.

Y en estos tiempos, los desafíos morales que te presenta la vida se afrontan desde la panza. Que pase lo que sea pero que nos pille bien comidos y mejor bebidos. La panza es la que manda. Y los límites entre lo que está bien y lo que está mal cada vez son más confusos en la Calle Laurel, al menos en una parte de ella. Aparece la dichosa escala de grises, y está genial. Tenemos, en La Laurel, espacio de sobra para dudar mientras buscamos diferenciar entre lo bueno y lo malo. Y al calor de este anuncio, cualquier cosa puede pasar.

Se entiende, que ahora el problema de esa parte de La Laurel que apostó en su momento por la cantidad, que el problema de esa parte de La Laurel que ha apostado por el barroco gastronómico, que el problema de esa Laurel que no se atrevió a tener una especialidad única por miedo a fracasar si no gustaba… el problema ahora es la duda que ha creado en el cliente al calor de su feroz defensa de la barra en cascada infinita de caracol hacia una parte de la gastronomía que nunca se había dado en esta santa calle, y que por tanto casi nadie visitaba con ánimo de probar desde esa perspectiva, pues se presenta a años luz de San Sebastián, por aquello de compararnos con los mejores.

Ahora, parece ser, el problema de una parte de La Laurel es, por tanto, toda esa amplia escala de grises que se sitúa entre el pincho bueno, el pincho malo y el cliente hambriento, al que le agobian la vista por el surgimiento de una duda que nadie le había explicado previamente y para la que no se había entrenado a la hora de afrontar una ronda por la que le decían era La Familiar Laurel. Un bono de empresa (que cada uno se promociona como quiere) y te den lo que consideran “pincho estrella”, y aquí surge la herida en el corazón, en semejante calificativo. De especialidad de toda la vida a «pincho estrella».

A San Sebastián, uno sabe que va a dudar porque es casi imposible fallar; a Logroño, les dijimos hace ya muchos años con cierto estilo, se venía a tiro hecho. A Logroño hubo quien viajaba con el maravilloso placer de pedir lo que se toman los paisanos gracias a esa maravillosa idea logroñesa de una especialidad por garito, y como mucho cuatro ‘detallitos’ más por si fueran necesarios. Aparecía anunciado en una pizarrita, con tiza, a modo de única explicación por parte del orgulloso propietario, más allá del viva voz entre fulanos locales.

Fue bonito mientras duró: tu barra, limpia; tu parrilla, plancha o freidora, al rojo vivo y siempre a punto; tu pincho, hecho al momento. Y listo. Que pase el siguiente. Monedita a monedita se hizo una calle que aún cuenta con valientes galos en sus filas.

Pero hay una parte de nuestra querida Calle Laurel atrapada en el abigarramiento gastronómico de curvas incomprensibles en merma constante de la identidad local, y por eso surge el concepto de “pincho estrella”. Que uno, al final, pues lo entiende más o menos así: “Oiga, no se líe ante tanto pincho que nosotros mismos te hemos puesto sobre la mesa. Pida éste y fuera, que me está haciendo fila”.

Es decir, la especialidad de toda la vida. Tantas vueltas han dado que al final han llegado al punto de partida que otros jamás se han permitido abandonar, quizás porque no saben hacer otra cosa, o quizás, ante la duda de poder fallar y cargarse la herencia creada o recibida, decidieron quedarse con aquello que les diferenció en su momento y por suerte les sigue funcionando: mantener las señas de identidad sin necesidad de tener que inventar cada día.

Porque ante tanto relativismo moral gastronómico, los sabios siguen defendiendo la especialidad, que las estrellas las ponen otros.

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