Fernando Azofra sonríe cuando le preguntan cuánta gente hace falta para repartir 26.000 raciones de pan, pez y vino en apenas cuatro horas. La respuesta podría ser un número. Una cifra aproximada. Un cálculo logístico. Pero el cofrade mayor de la Cofradía del Pez prefiere recurrir a otra explicación. «Todos los años se produce un milagrito».
Y quizá sea la mejor manera de definir lo que sucede cada 11 de junio junto a la muralla del Revellín. Detrás de una tradición que parece sencilla hay una maquinaria enorme que se pone en marcha para que miles de personas reciban su ración de pez, una rebanada de pan y un vaso de vino. Hay casi un millar de kilos de alevines de trucha, 1.500 barras de pan sobado, cerca de 1.000 litros de vino, más de doscientos litros de aceite de oliva virgen extra y decenas de manos trabajando desde primera hora de la mañana. Pero también hay familiares, amigos y voluntarios que aparecen cada año para echar una mano y conseguir que todo funcione.
«Siempre llegamos a todo porque nuestros amigos, nuestros familiares y hay gente que va y nos ayuda», resume Azofra. La escena volverá a repetirse este jueves. Antes incluso de que las campanas marquen las diez de la mañana, las primeras colas comenzarán a formarse frente al Revellín. Poco después se abrirán las seis filas de reparto que permiten dar salida a una de las degustaciones populares más multitudinarias de España.
Pero lo que allí se celebra va mucho más allá de una degustación. La fiesta que mejor explica a Logroño Para Azofra no hay dudas cuando se le pregunta por el significado de San Bernabé. «Yo creo que es la fiesta que más identidad tiene de las que se celebran en Logroño».

El cofrade Mayor Fernando Azofra en el reparto del pez. EFE/ Raquel Manzanares
La afirmación no es casual. El reparto del pan, el pez y el vino remite directamente al episodio histórico que define buena parte de la memoria colectiva de la ciudad: el asedio francés de 1521. «La tradición recuerda cómo los logroñeses resistieron durante semanas el cerco de las tropas de André de Foix». Según la leyenda, sobrevivieron gracias al pan elaborado con la harina que guardaban en sus casas, a los peces que pescaban de noche en el Ebro y al vino almacenado en las bodegas de la ciudad. «Rememora nuestra historia en definitiva», explica el cofrade Mayor.
Y quizá ahí resida la clave de una celebración que ha logrado mantenerse viva durante más de cinco siglos. Cada ración entregada conecta a la ciudad actual con aquella comunidad que resistió unida uno de los momentos más difíciles de su historia. «A lo largo de todos estos años, algo hemos tenido que cambiar, para mejorar, y que siga siendo la misma tradición», remarca.
Desde fuera puede parecer que el reparto siempre ha sido igual. Sin embargo, la tradición también ha sabido adaptarse a los tiempos. «Uno de los cambios más importantes llegó con el pescado». «Durante años se utilizaron peces capturados en el propio Ebro. Era una labor compleja que exigía meses de trabajo y que acabó resultando inviable tanto por cuestiones sanitarias como por la dificultad de obtener las cantidades necesarias».

La solución llegó con los alevines de trucha. Hoy los peces proceden de la piscifactoría Riverfresh de Viguera y llegan al Revellín la misma mañana del reparto. «Es un pez que está muerto el mismo día por la mañana», explica Azofra, orgulloso de una calidad que muchos asistentes reconocen año tras año.
También ha cambiado el pan. Los tradicionales panecillos individuales desaparecieron cuando dejó de ser posible encontrar una panadería capaz de producir semejante cantidad. En su lugar llegó el pan sobado de La Rioja, convertido ya en una imagen inseparable de la degustación. «La decisión ha permitido además reforzar el vínculo de la fiesta con los productos riojanos».
Porque si algo caracteriza hoy al reparto es precisamente ese carácter local. Los alevines llegan desde Viguera, el pan es el sobado riojano, el vino corre a cargo de la familia Vivanco y el aceite de oliva virgen extra procede de Aldeanueva de Ebro. «Una tradición centenaria elaborada, casi por completo, con productos de La Rioja».

EFE/Raquel Manzanares
Los números ayudan a comprender la magnitud del acontecimiento. La Cofradía del Pez prevé repartir este año alrededor de 26.000 raciones. «Para ello serán necesarios unos 950 kilos de alevines de trucha, entre 900 y 1.000 litros de vino, 1.500 barras de pan sobado de La Rioja y entre 225 y 250 litros de aceite de oliva virgen extra», recuerda Azofra.
A ello se suman 6.500 jarritos conmemorativos, convertidos desde hace años en objeto de colección para miles de logroñeses. «El reparto comenzará a las diez de la mañana y se prolongará aproximadamente hasta las dos y media de la tarde», cuando las bandejas empiecen a vaciarse y la tradición haya cumplido, una vez más, con su cita.


