San Bernabé

¿Cómo sería Logroño si el asedio francés de 1521 hubiera triunfado?

Logroño celebra estos días San Bernabé como quien celebra que, hace más de cinco siglos, el plan francés de entrar por el Revellín y quedarse con la ciudad salió razonablemente mal. La resistencia de 1521 dio origen a una fiesta de pan, pez y vino, que es una forma muy logroñesa de decir: nos podrán asediar, pero no nos quitarán el almuerzo. Ahora bien, ¿qué habría pasado si André de Foix, señor de Asparrot, hubiera culminado con éxito el asedio? Probablemente viviríamos en una ciudad más afrancesada, más perfumada y bastante más difícil de pronunciar con acento galo. Porque eso de Logroño, con ‘egue’ y esa eñe tan poco exportable, habría sido un auténtico drama fonético para la administración invasora.

El reparto de la baguette, el ‘fromage’ y el vino.

La primera consecuencia habría sido gastronómica, que en Logroño siempre es la más grave. El tradicional reparto del pan, el pez y el vino del día de San Bernabé carecería por completo de sentido. Si el pez alimentó la resistencia logroñesa, con victoria francesa habría pasado directamente al cajón de las anécdotas incómodas. En su lugar habría aparecido el ‘fromage’, el pan se habría transformado en baguette y el vino, eso sí, habría sobrevivido. Pero seguramente no saldría de una bodega, sino de un ‘château’, que viste mucho más en la etiqueta y permite cobrarlo un poco más caro.

Logroñoland, les ‘barraques’ durante les ‘fêtes’.

Las Norias tampoco sería Las Norias. Los ‘chiguitos’ logroñeses, tan acostumbrados a sus ‘barracas’, a sus fichas, a sus luces y a esa mezcla de algodón de azúcar y vértigo de feria, quizá habrían visto desembarcar algo mucho más ambicioso: Disneyland Logroño. Con su castillo, sus colas eternas, sus adultos disfrazados con orejas de ratón y, por supuesto, su versión local del pasaporte anual. La noria seguiría estando, pero habría que reservar hora, pasar control de acceso y aceptar que una mascota gigante te abrazase antes de subir.

Una Gran Vía con vistas para el Labrador.

La Gran Vía también ganaría en perspectiva internacional. El monumento al Labrador, que ya mira la ciudad con la paciencia de quien ha visto pasar de todo, tendría al fondo una torre Eiffel levantándose desde la rotonda de las Palmeras como si París hubiera decidido instalar una sucursal riojana. Una imagen de postal imposible: tractores, tráfico, comercios, terrazas y, al final de la línea visual, el hierro más famoso de Francia saludando al corazón de Logroño.

Un Palacete de versallescas maneras.

El poder político, por supuesto, tampoco se habría librado de la influencia gala. El Palacete del Gobierno de La Rioja, hoy sobrio y reconocible, habría terminado empapado de maneras versallescas. Unas molduras por aquí, unos dorados por allá, jardines más simétricos, fuentes más solemnes y una entrada con el punto justo de majestuosidad para que cualquier reunión ordinaria pareciese una cuestión de Estado. Gobernar La Rioja, sí, pero con peluca mental.

‘Terraces’ en la rue Portales.

En Portales, sin embargo, la invasión no habría conseguido cambiar lo esencial: las ganas de terracear. Porque una cosa es perder una batalla y otra, mucho más seria, renunciar a sentarse al sol con algo que echarse al gaznate. Eso sí, las terrazas habrían adquirido otro aire. Mesas redondas, sillas trenzadas, toldos elegantes y camareros con una paciencia parisina absolutamente incompatible con pedir «otro corto» a gritos desde la tercera fila.

Le Tour en la Grande Vie: «Allez, allez!»

Para los aficionados al ciclismo, el triunfo francés quizá habría tenido una ventaja indiscutible: el Tour de Francia en casa. Las carreteras riojanas verían desfilar el maillot amarillo, el verde de la regularidad y el de lunares rojos de la montaña, aunque aquí el verdadero puerto de categoría especial seguiría siendo encontrar sitio para aparcar en fiestas. Y, como manda la tradición televisiva del Tour, no faltaría el diablo rojo corriendo junto al pelotón, animando entre curvas, viñedos y cunetas con más entusiasmo que sentido de la supervivencia.

Los famosos croissants del Soriano: «Et encore deux de plus!»

También cambiaría una de las liturgias más sagradas de la ciudad: el champi del Soriano. Con una Logroño afrancesada, la barra dejaría de despachar champiñones a la plancha con su gamba y su misterio para hornear croissants recién hechos. El corto de vino y la cerveza cederían terreno al café-au-lait, y la calle Laurel tendría que asumir que hay derrotas militares menores comparadas con sustituir el champiñón por bollería hojaldrada. París será muy París, pero a ver quién le explica eso a un logroñés con hambre a la una del mediodía.

Ici, c’est Logroño.

El deporte también se habría contagiado de grandeza continental. Quién sabe si, con el destino torcido hacia Francia, la UD Logroñés no estaría celebrando ahora su regreso a Primera Federación, sino levantando dos Copas de Europa al más puro estilo Paris Saint Germain. Las ‘orejonas’ blanquirrojas reposarían sobre un podio de Champions, con confeti, banderas de La Rioja y una afición preguntándose en qué momento exacto el ascenso se convirtió en doblete europeo.

La historia, por suerte o por desgracia, fue por otro lado. Logroño resistió, San Bernabé quedó como fiesta patronal y la ciudad conservó su pan, su pez, su vino, sus champis y su forma particular de entender el mundo. Además, hay costumbres galas de difícil encaje en esta cultura. Por ejemplo, eso de tomar vino caliente y especiado, que puede tener mucho encanto en un mercado navideño de Alsacia, pero aquí suena directamente a sacrilegio. Así que, bien mirado, quizá sea mejor dejar las cosas como están: los franceses en la recreación, la baguette para el bocata y el Rioja, por favor, a su temperatura.

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