TRIBUNA

Cuarenta años de la Asociación Riojana de Amigos del Camino de Sanitago

FOTO: EFE/ Raquel Manzanares

Si uno imagina el Camino de Santiago Francés en vertical, con Roncesvalles en la parte superior y Santiago al final, La Rioja se sitúa en un punto central, a la altura del corazón. No solo geográficamente. También en lo que representa dentro del Camino.

Desde hace cuarenta años, la Asociación Riojana de Amigos del Camino de Santiago ha sido una de las estructuras que sostienen este tramo. Y detrás de ella, de forma constante, han estado los riojanos y riojanas con su involucración diaria. Casi quince mil días de sostén y desvelos.

Su origen se remonta a 1986, en un momento en que el Camino era todavía una ruta poco transitada, olvidada. No había apenas señalización ni infraestructuras. La creación de la organización riojana, la segunda más antigua de España, fue un acto visionario y comprometido. El trabajo fue directo: limpiar senderos, a veces a golpe de azada, marcar con pintura amarilla, acompañar a los primeros peregrinos. Parte de esas primeras flechas en territorio riojano nacieron de esa iniciativa de unos románticos que entendieron que esta región no era solo de paso, sino el corazón de la Ruta.

Con el paso del tiempo, la Asociación ha desarrollado una labor continua en la defensa del trazado histórico, la señalización y la conservación del patrimonio. Pero, sobre todo, ha sostenido algo más difícil de mantener: la acogida.

La gestión de los albergues de Logroño y Navarrete, durante décadas, ha permitido mantener una llama encendida, una puerta siempre abierta. Ha consolidado un modelo de hospitalidad basado en el voluntariado. Decenas de estos voluntarios acuden de todo el mundo para mantener estos lugares abiertos, y decenas de vecinos de La Rioja prestan allí sus manos y su tiempo.

Lo que hace especial a la asociación riojana no es solo su antigüedad, sino su capacidad de haber mantenido el poso de una hospitalidad tradicional en un mundo demasiado acelerado.

EFE/ Sergio Jiménez Foronda

La Asociación Riojana ha sido, y sigue siendo, un pilar fundamental en la red de acogida tradicional del Camino Francés. Su capacidad para mantener viva la hospitalidad voluntaria, incluso en los momentos más difíciles, demuestra la fuerza de sus valores y el compromiso de sus socios.
Muchos de los peregrinos que después vemos caminar por Logroño, detenerse en sus calles o compartir una mesa, han pasado antes por esa acogida. Es un trabajo discreto, poco visible, pero constante.

El Albergue de Logroño, más que un edificio, es un refugio. La Asociación ha gestionado este espacio, a lo largo de más de 30 años, como un hogar, donde el sello en la credencial viene acompañado de una sonrisa. Han cuidado la ruta, realizado eventos y dado conferencias, pero su mayor logro sigue siendo ese gesto invisible: el hospitalero que se queda hasta tarde esperando al último peregrino que cojea.

Pero, celebrar cuarenta años no es solo mirar atrás, sino también reconocer la importancia de seguir construyendo con la misma vocación que la vio nacer: custodiar el Camino, cuidar a quienes lo recorren y transmitir a las nuevas generaciones el valor de la hospitalidad jacobea.

Su aniversario permite reconocer ese trabajo sostenido en el tiempo y, especialmente, a quienes lo han hecho posible. Cuarenta años después, la flecha amarilla sigue marcando el Camino en La Rioja. Pero, sobre todo, sigue habiendo manos que la mantienen.

Riojanos, estén orgullosos de esta organización, suya y de todos, y cada vez que vean un peregrino pasar, pernoctarparase a comer, beber un vino o tener una buena charla, sepan que esto se ha conseguido con un gran empeño y esfuerzo. Ha sido gracias al gran trabajo de unos cuantos de los suyos. Cuídenlos.

¡Gracias y buen Camino!

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