Mientras todo se copia, se acelera y se produce en serie, todavía hay manos que siguen insistiendo en lo contrario. Manos que manchan, que pulen, que mezclan colores. En talleres pequeños, lejos del ruido de las fábricas, María Jiménez (Filigranaart) y Claudia del Valle crean joyas que no nacen de una máquina ni de una tendencia viral, sino del tiempo lento, de la prueba-error y de la idea de que la joyería artesanal es uno de esos territorios donde la prisa no encaja.
María no llegó a la artesanía desde una vocación temprana ni desde una formación artística previa. Su historia comienza en un momento de incertidumbre. «Me quedé en paro y me apunté a un curso de cerámica en la Universidad Popular. Nunca había hecho nada parecido». Lo que empezó como una actividad puntual se transformó poco a poco en una forma de vida. «Cada vez me gustaba más lo que hacía y cuando enseñaba las piezas a mis amigas, querían comprarlas». Y así, una cosa llevó a la otra.

María fue construyendo un camino propio. Se dio de alta como autónoma, creó un catálogo y empezó a mostrar su trabajo. Hoy se dedica a la cerámica en pequeño formato: pendientes, colgantes, piezas decorativas, objetos para bodas o pequeños objetos decorativos. Con los años ha conseguido algo que no se aprende en ningún curso: una identidad propia. «La gente reconoce mis piezas por el color, por las pinceladas, por los trazos. Eso es muy difícil de lograr, pero con el tiempo se consigue». Y es que sus combinaciones cromáticas, a veces poco convencionales, se han convertido en su firma.

Entre todas sus creaciones, hay una que se ha convertido en emblema. «Mi pieza estrella son los erizos de mar». Un diseño que la acompaña desde el principio y que se ha mantenido a lo largo de una década. «Fue la primera pieza de la que hice un molde. Tenía en casa un esqueleto de erizo de mar de cuando viajábamos a Valencia y hacíamos snorkel. Podría haber sido cualquier otra cosa, pero fue un erizo». Desde entonces, ese motivo se repite en colgantes, anillos y pendientes, y se ha convertido en una seña de identidad reconocible.

Para ella, la diferencia entre una pieza artesanal y una industrial es clara y no admite matices. «Es la esencia. El alma. Las manos. La pasión. Lo cambia todo». Cada creación es única, aunque pueda parecer similar a otra. «Podrán imitar mi trabajo, pero nunca será igual».
Pero no es oro todo lo que reluce. Uno de los grandes obstáculos con los que se encuentra la artesanía es el precio. María lo explica con claridad. «La gente dice que es caro, pero no sabe lo que hay detrás». Habla de impuestos, de cuotas, de materiales, de horas invisibles. «En unos pendientes de 30 euros no me llevo 30 euros a casa. Igual me llevo diez». Más allá del objeto final, hay un proceso largo que rara vez se percibe desde fuera.
Galería de arte y tienda de joyas
El recorrido de Claudia del Valle es distinto, pero el destino es similar y comparte con María fondo y filosofía. «Siempre me ha gustado diseñar joyas, desde pequeña». Estudió Historia del Arte y después se formó en diseño de joyas con una idea clara: unir sus dos pasiones. «Cuanta más cultura artística tienes, más referencias tienes para diseñar, y eso enriquece mucho el trabajo». Hace seis años abrió un espacio propio donde conviven bisutería artesanal y arte, una mezcla entre galería y tienda.

Hace seis años decidió dar un paso más y abrir su propio espacio, un lugar que no responde a una única etiqueta. «Es una mezcla entre galería de arte y tienda de joyas». Un espacio donde conviven piezas de bisutería artesanal con propuestas artísticas, reflejando una manera de entender la joya no solo como complemento, sino como objeto cultural y expresivo.
Su trabajo parte del diseño y del dibujo, y se caracteriza por el uso del color y de gemas naturales. Claudia también trabaja con plata, perlas, laminado de oro de 14 quilates y piedras que selecciona personalmente en ferias especializadas. «Compro las gemas que más me gustan y a partir de ahí monto el diseño final. Las mejores gemas suelen venir de Italia o de la India».

Aunque no funde los metales ni crea las gemas desde cero, reivindica sin complejos el valor de lo hecho a mano. «Todas las piezas montadas artesanalmente son distintas. Aunque sean parecidas, nunca son iguales. Y eso les da personalidad». Frente a la producción industrial, lo tiene claro: «Un proceso industrial crea objetos idénticos, sin personalidad. La artesanía siempre tiene intención».
Claudia también se distancia de las modas. «Las joyas deben resistir al paso del tiempo y durar muchos años. No deberían seguir tendencia», afirma. Por eso sus diseños buscan un equilibrio entre lo clásico y lo contemporáneo. «Las modas pasan, pero una buena joya permanece. Tiene que ser atemporal».


