San Fermín comienza este lunes y muchos son los riojanos que ya están descontando las horas para cruzar la muga y disfrutar de una de las mejores fiestas del mundo. Cada julio, corredores, feriantes, charangas, gaiteros y profesionales del toro se acercan a Pamplona para formar parte de una fiesta que no entienden como una visita, sino casi como una costumbre heredada. Algunos llegan de madrugada para correr el encierro; otros levantan atracciones hasta bien entrada la noche, afinan instrumentos para acompañar a las peñas o esperan en la plaza con el capote preparado. Son riojanos que han hecho de los sanfermines una fecha fija en el calendario, aunque este año algunos tengan que vivirlos de otra manera.
Vacaciones «de por vida»
Sergio es calagurritano, aunque desde hace 16 años vive en Alicante por motivos laborales. Hay una semana, sin embargo, que no se negocia: del 7 al 14 de julio. Cada San Fermín vuelve a Calahorra y, desde allí, pone rumbo a Pamplona casi de madrugada. A eso de las seis de la mañana sale en coche para llegar al encierro, aparcar —»lo más complicado esos días»— y reencontrarse con los de siempre. Lleva corriendo desde los 16 años. Son ya 24 años de liturgia, de nervios y de madrugones, de los que solo se ha perdido cuatro: los dos de la pandemia, uno por una lesión y otro por trabajo. «Ese primer año me escapé de casa para poder correrlo», recuerda.

Su punto de encuentro también tiene algo de ritual secreto. Sergio sabe que en la sexta ventana de la cuesta de Santo Domingo quedan muchos de los riojanos habituales del encierro. Allí se presenta cada mañana, después de dejar el coche como puede, para abrazarse, ponerse al día y sentir que otro San Fermín ha empezado de verdad. Durante años corrió por la mitad de Estafeta, justo en el callejón que da a la plaza del Castillo. Ahora, desde hace un tiempo, se mueve entre Estafeta y Telefónica. Tiene clara su manera de correr: «Si pillo toro, entro hasta la plaza; si no, no». Sin forzar por forzar.
En tantos años ha habido carreras buenas, carreras limpias y algún susto de esos que se quedan grabados con una nitidez incómoda. Hace tres o cuatro años, cuenta, vio demasiado cerca el morro de un toro. «Me lo quitó de encima David», un corredor habitual de San Sebastián de los Reyes. Ese tipo de momentos podrían bastar para dejarlo, pero Sergio no está en ese punto. Ni cerca. San Fermín forma parte de su calendario vital, igual que otros reservan las vacaciones para la playa o para volver al pueblo. Él las guarda para Pamplona. «Si no es por fuerza mayor, las vacaciones esos días están cogidas de por vida».
El primer año sin encierro
Sergio Jorge vivirá este San Fermín desde un sitio extraño para él: fuera del encierro. Será la primera vez, después de más de un cuarto de siglo subiendo a Pamplona. Lo ha prometido en casa y, como dice él, «lo prometido a madre es sagrado». Pero eso no significa que el 7 de julio desaparezca de su calendario. Ni mucho menos. «El 7 hay que estar en Pamplona», asegura. De hecho, durante los dos años en los que no hubo encierros por la pandemia, él también subió. «Soy el único de España que no es de Pamplona que estuvo allí los dos años», cuenta entre orgullo y nostalgia.

Sergio Jorge, de negro, junto a algunos de los corredores riojanos
Este año irá a almorzar, con reserva hecha y plan cerrado, pero sabe que la mañana tendrá un momento delicado. «El rato de las siete a las ocho y cinco va a ser complicado», reconoce. Para Sergio, como para tantos corredores que han hecho del encierro una liturgia, San Fermín ordena el año de otra manera. «Para mí el 1 de enero no es Año Nuevo; para nosotros es el primer tramo de la escalera hasta el 7 de julio», explica.
La renuncia, eso sí, no le sale gratis por dentro. El año pasado, confiesa, no fue capaz de ver un encierro por televisión hasta que acabaron las fiestas. «Me despertaba y me volvía a echar a dormir por no verlos», recuerda. Esta vez estará allí, cerca del ruido, del almuerzo, de los amigos y de esa ciudad que durante una semana se convierte en imán. Pero sin correr. Su madre respirará tranquila; él, probablemente, no tanto. Porque después de muchos años repitiendo el mismo gesto, el cuerpo también guarda memoria.
Atracciones con buenas previsiones
La feria de atracciones de Pamplona vuelve a ser uno de esos termómetros paralelos de San Fermín: si hay movimiento allí, es que la fiesta late con fuerza. El calagurritano Alfonso Álvarez lo sabe bien. Lleva unos quince años acudiendo al ferial pamplonés con sus camas elásticas y sus toritos para mayores y pequeños, y reconoce que la cita tiene algo especial. “Allí siempre ves a gente nueva, sobre todo extranjeros. Es difícil que veas a la misma persona dos días seguidos”, resume sobre una feria por la que pasan vecinos, cuadrillas, familias, visitantes de Navarra, riojanos y turistas que llegan con ganas de probarlo todo.

Las previsiones, además, acompañan. Este año no parece que el calor vaya a apretar demasiado, un detalle que para los feriantes no es menor. Las temperaturas altas suelen complicar la presencia de público, especialmente en las horas centrales del día, cuando las atracciones sufren más y la gente prefiere buscar sombra, terraza o descanso. En Pamplona, sin embargo, el ritmo es casi interminable: las jornadas arrancan hacia las doce de la mañana y pueden alargarse hasta las tres o las cuatro de la madrugada. Son días duros, de mucho desgaste, pero también de esos que compensan cuando el ferial se llena.
Para Alfonso, San Fermín no es solo una buena plaza de trabajo. Es también un lugar de reencuentro y de vida. Puede que otras ferias resulten más rentables, incluso en ciudades más pequeñas, pero Pamplona tiene ese gentío constante que da gusto ver desde dentro. La feria, defiende, sigue siendo mucho más que unas atracciones: es el sitio donde los chavales tienen su primera pequeña libertad en fiestas, donde las familias dan una vuelta después del encierro o de la comida, donde muchos se cruzan, se conocen o se enamoran. Un espacio social de los de toda la vida que, cuando el tiempo acompaña, vuelve a demostrar que todavía tiene mucha cuerda.
Doblador en la plaza
Manolo de los Reyes vive San Fermín desde un lugar al que muy pocos llegan: el centro de la plaza de toros, capote en mano y con la responsabilidad de cerrar cada encierro sin que nada se tuerza. Desde 2009 es uno de los cuatro dobladores de los encierros de Pamplona, una figura tan discreta como imprescindible. Es navarro, pero desde hace tres años también es concejal en Calahorra, ciudad en la que vive. Durante las fiestas alquila un piso en Pamplona para poder cumplir con una rutina exigente. «No es ni fácil ni barato», admite. A las 7:15 horas, los cuatro dobladores deben estar ya en la plaza. No hay margen para llegar tarde.

El suyo es casi un contrato de por vida. «La última persona que lo dejó lo hizo con 65 años», explica. Una especie de ley no escrita dentro de una tradición donde la experiencia cuenta tanto como la destreza. Su labor empieza cuando los toros entran en el ruedo: deben guiarlos hasta los corrales, especialmente si alguno queda suelto o se desorienta. Oficio, colocación y calma. De todo lo vivido, Manolo recuerda especialmente el tapón humano de 2013 con los toros de Fuente Ymbro, que dejó casi una veintena de heridos.
Este año, además, llega con una novedad importante: quienes corran no podrán quedarse parados en el ruedo de la plaza de toros, una práctica que entorpece la entrada del resto de participantes y que podrá acarrear multas. «Vamos a ver cómo va, pero es muy complicado; es verdad que es un problema que la gente se quede en el ruedo», señala. Para él, el 11 de julio será una jornada de doblete: por la mañana estará en el encierro y por la tarde volverá al ruedo, esta vez en la corrida en la que participa dentro de la cuadrilla de Antonio Ferrera, con toros de José Escolar. San Fermín, en su caso, no se mira desde la barrera.
La Strapalucio, 40 años en Pamplona
La charanga riojana Strapalucio volverá este año a Pamplona para poner música a los Sanfermines junto a la Peña Aldapa, una cita que el grupo vive ya como parte de su propio calendario sentimental. Desde 1986, la formación no ha dejado de acudir a la capital navarra para acompañar a la peña en desayunos, vermús, tardes de toros, rondas y noches largas. Son muchas horas de calle, de repertorio, de aguante y de fiesta, pero también uno de esos compromisos que se esperan con ganas durante todo el año.

San Fermín no es una actuación más. Para Strapalucio, tocar en Pamplona supone meterse de lleno en una fiesta que se vive a otro ritmo, con miles de personas en la calle y un público que cambia a cada paso. Allí se mezclan peñistas de toda la vida, cuadrillas jóvenes, familias, visitantes riojanos y turistas que quizá no han visto una charanga nunca, pero que enseguida entienden el juego: seguir la música, dejarse llevar y sumarse al ambiente. Por eso el repertorio también se adapta al momento, con temas más clásicos por la mañana y el vermú, y guiños más actuales cuando avanza la jornada.
La vuelta llega, además, en un año especial para el grupo, después de que hace unos días la Peña Aldapa les rindiera homenaje por sus cuarenta años actuando para esta institución en los Sanfermines. La jornada reunió a componentes actuales y antiguos, con almuerzo en la sede de la peña, ronda de vermú, comida y bares. Un reconocimiento bonito, sí, pero ahora toca lo importante: volver a pisar las calles de Pamplona, coger aire, afinar y hacer saltar a todo el que se cruce con una charanga riojana que ya forma parte del sonido de San Fermín.
Los gaiteros de Calahorra sin Ángel
Este año Ángel Pérez no estará en San Fermín. El calagurritano, gaitero incansable y habitual desde hace más de cuarenta años en uno de los momentos más emocionantes del chupinazo pamplonica, tendrá que vivirlo desde otro lugar. Le acaban de operar y los médicos le han pedido una vida algo más tranquila, al menos por ahora. No será fácil para alguien que ha hecho de la gaita, la boina roja y el ‘¡Ánimo Pues!’ una forma de entender la fiesta, pero esta vez toca escuchar al cuerpo.

Ángel, en el centro, con el grupo de gaiteros de Calahorra.
Quien sí estará en Pamplona será su grupo. Los gaiteros de Calahorra no faltarán a esa cita que, aunque no aparece en ningún programa oficial, se ha convertido en uno de los instantes más especiales del 6 de julio: el pasillo de gaiteros desde el Ayuntamiento y las primeras notas que encienden la mañana. Entre ellos irá también su hija Sheyla, recogiendo de alguna manera ese testigo festivo y familiar que Ángel ha llevado durante décadas con una mezcla de orgullo, pasión y ganas de juerga.
Porque San Fermín, para este grupo, no es solo tocar. Es reencontrarse con compañeros de Navarra, del País Vasco, de Francia y de La Rioja; compartir música sin ensayo previo, dejarse llevar por canciones que ya forman parte de la memoria y acabar la jornada entre comida, brindis y hermandad. Ángel no podrá estar este año en medio del jaleo maravilloso que tantas veces ha descrito, pero algo suyo viajará igualmente con los suyos. La gaita sonará también por él.


