Gastronomía

Los que sostienen las mejores mesas de la gastronomía riojana

Durante la celebración del I Encuentro de Enogastronomía de La Rioja, la culinaria de la región se encargó de dejar claro que esta tierra se encuentra en plena madurez en términos gastronómicos. En un mismo escenario se reunieron productores con generaciones de historia, cocineros que investigan en torno al fuego, bodegas centenarias que han conformado una DOCa de éxito y centenaria como Rioja -como ha reconocido este año la Academia Riojana de Gastronomía en una nueva edición de sus premios-, y pequeños proyectos rurales que innovan sin perder la raíz. Entre todos ellos, una presencia discreta, pero esencial, marcó el pulso de la jornada: la Academia Riojana de Gastronomía.

No ocupó el foco. No lo buscó. No lo necesitó. Su papel, una vez más, fue el de estar cerca, escuchar y acompañar. Porque en una región donde la gastronomía es identidad, la Academia ejerce como garante del relato común que une al territorio.

Las intervenciones reflejaron la diversidad y la fortaleza de un ecosistema gastronómico que se construye desde la autenticidad. Como evidenció Elena Martínez Somalo, al frente de una empresa centenaria, también reconocida durante esta edición de los premios de la Academia. Mandó un mensaje que mezcla memoria y verdad. Recordó que su familia ya ejercía como carnicería en 1853, un dato que conservan documentado y que reivindica como una parte esencial de su identidad empresarial. «A veces en los ‘storytelling’ hay mucha inventiva, pero nosotros lo tenemos por escrito», dijo, reivindicando la importancia de construir relato desde la autenticidad, no desde la ficción. Explicó que las instalaciones en las que la empresa se industrializó en 1900 siguen en pie y pueden visitarse, porque forman parte de la experiencia que ofrecen a quienes quieren entender cómo ha evolucionado la tradición chacinera riojana. «Es nuestra forma de mostrar un trozo de verdad del territorio», afirmó.

En su intervención, Martínez Somalo defendió con orgullo uno de sus productos más singulares: el jamón pimentonado, «nuestro jamón rojo», cuya receta nació como solución cuando no existían las cámaras de frío. Contó cómo lo han perfeccionado con la raza de cerdo Duroc y cómo funciona muy bien en exportación, siendo un producto que refleja perfecto lo riojano. «Tenemos marcas registradas desde los años cincuenta y un producto con indicación geográfica protegida», remarcó.

Pero su reflexión más comentada llegó cuando habló de la belleza como construcción del destino. «La belleza llama a la belleza», afirmó, lanzando una invitación a mirar con más cuidado aquello que damos por hecho: las terrazas de nuestras ciudades, los bares, los espacios donde recibimos al visitante. Reclamó atención al detalle, no como un capricho estético, sino como parte del relato enogastronómico que La Rioja quiere proyectar. «Ponernos bonitos también es parte de explicar quiénes somos», añadió. Su idea de empezar por lo pequeño -desde una terraza amable hasta un producto bien presentado- encajó con el espíritu del Encuentro Enogastronómico: si La Rioja quiere competir en un mercado global, debe hacerlo desde su autenticidad, pero también desde el cuidado cotidiano.

Sixto Cabezón, presidente de la DOP Pera de Rincón de Soto, defendió el producto singular nacido de un clima extremo e irrepetible. Y Roberto Puras, representante del Barrio de la Estación de Haro, destacó el modelo de cooperación entre bodegas rivales que han aprendido a trabajar unidas en torno a la calidad y la experiencia.

Tres voces distintas que, sin planearlo, coincidieron en lo esencial: La Rioja es pequeña en kilómetros, pero inmensa en singularidad, siempre que crea en sí misma y organice su discurso para contarlo al mundo. La Academia Riojana de Gastronomía escuchó, tomó nota y estuvo donde debe: en el punto de encuentro entre el pasado, el presente y el futuro del sector.

La voz propia de la Academia

Durante su intervención, los académicos Fernando Canals y Javier Pascual fueron claros: «Nuestro proyecto es el que tengáis todos vosotros». La Academia no acudió al encuentro para dirigir ni para protagonizar, sino para reafirmar su función: ser el altavoz institucional del conjunto del sector, el espacio donde convergen la tradición y la innovación, la cocina y la bodega, el productor y el comensal. Su compromiso, explicaron, pasa por consolidar su figura como corporación de derecho público, no para jerarquizar, sino para dar mayor peso institucional a la voz colectiva de la enogastronomía riojana.

Con rigor y humildad, recordaron que la gastronomía no se reduce a los fogones: también es memoria, criterio y reconocimiento. Y esas son las tareas silenciosas que la Academia desempeña desde hace años, con constancia y sin necesidad de focos, aunque una vez al año reconoce los mejores trabajos. Es el impulso a la cultura gastronómica riojana y a iniciativas como sus premios, que cuentan con el apoyo del Gobierno de La Rioja, el Ayuntamiento de Logroño, la Acción Social de Caja Rural de Navarra y la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), entidades colaboradoras que comparten con la Academia el compromiso de preservar y proyectar la identidad gastronómica de La Rioja al mundo.

FOTO: Academia Riojana de Gastronomía

Lo pequeño que explica lo grande

La gastronomía riojana es una red de proyectos que se reconocen entre sí, donde el tiempo, el esfuerzo y la autenticidad son los verdaderos ingredientes de la excelencia, de ahí que en esta edición de sus premios la Academia reconociera la singularidad y trayectoria centenaria del Blanco y Negro, el bar más antiguo de la famosa calle Laurel. Así ayudan a tejer una red que se ensanchan con todos. Es el retrato coral de una región que se mueve, innova y se arriesga, pero que mantiene como brújula su identidad.

Al cierre, Virginia Borges, directora general de Turismo del Gobierno de La Rioja, resumió el espíritu de la jornada con una frase que quedó suspendida en el aire: «No podemos vender lo que no es verdad». Esa verdad es la que defiende la Academia Riojana de Gastronomía: una gastronomía honesta, arraigada, rigurosa y comprometida con su territorio. Una cocina que nace del campo, del viñedo, de la huerta, de la bodega, del horno y de la barra; que se nutre de la memoria y del trabajo diario de quienes mantienen viva la mesa riojana.

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