Tinta y tinto

Corrupción

La corrupción es el mejor culebrón para echarse en el sofá a ver cómo se desarrolla el asunto y, al precio que están actualmente las producciones audiovisuales, hasta nos sale barato: tiene suspense, giros de guión, traiciones, bolsas con dinero, amistades peligrosas y, en ocasiones, incluso finales inesperados. «Mi Españita». Para los periodistas es un maná. Un caso gordo te alegra una semana entera de titulares como esta, aunque llevamos ya meses en los que casi no se habla de otra cosa. ¿A quién no le va a gustar ver caer a un buen gobierno? (léase con la voz de la señora del baptisterio romano). Que se desmonte pieza a pieza un castillo que parecía indestructible es uno de los placeres más perversos de esta sociedad. Y si hay audios, fotos comprometedoras y comisiones en metálico, mejor que mejor.

Por eso ‘disfrutamos’ tanto con el serial que protagonizan José Luis Ábalos, su escudero Koldo García y el (hasta ahora) todopoderoso Santos Cerdán. Una historia de altura —también de altura moral, entiéndase la ironía— que presuntamente lo tiene todo: contratos inflados en plena pandemia, maletas con dinero, chanchullos varios, espías de partido y hasta un puñado de amigos que caen uno a uno como fichas de dominó. Todo, por supuesto, aliñado con declaraciones tanto en el Congreso como ante los medios de comunicación (gran homenaje de José Luis a Chenoa) que no resisten ni un repaso somero del historial de llamadas. Y como broche, una trama que salpica al Gobierno de España en la adjudicación de contratos de obra pública.

Y aquí, en nuestra apacible tierra con nombre de vino, también tenemos nuestro pequeño trozo de serie (lejos nos quedan ya ‘Gran Reserva’ y ‘Olmos y Robles’ de TVE). Una foto de 2017 en Aldeanueva de Ebro con los tres protagonistas —Ábalos, Koldo y Cerdán— en plan visita institucional. Y, más recientemente, unas presuntas comisiones por obras en la A-12 y la Ronda Sur de Logroño. Nada de eso nos convierte en epicentro del escándalo, pero al menos nos otorga un cameo. La Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (UCO) ya ha pedido información sobre esos contratos y sus adjudicaciones. Poco más. Un capítulo menor en una gran serie nacional.

Porque lo cierto es que en esta tierra vivimos muy tranquilos. A veces, demasiado. El mayor escándalo reciente fue la compra de unas mascarillas que no valieron ni de adorno, y eso a duras penas generó indignación más allá de cuatro titulares. Lo de aquí son siempre errores administrativos que acaban en carpetazo (salvo un pequeño caso que ha afectado al Ayuntamiento de Soto en Cameros). Ya ni siquiera Conrado Escobar nos regala titulares sobre los carriles bici, lo del chalé del tío Pedro ya (casi) se nos ha olvidado y en el Gobierno de Gonzalo Capellán no hay carrusel de ceses o dimisiones como en la legislatura pasada. Con el paso del tiempo se nos han vuelto todos muy formales e incluso aburridos. ¡Queremos carnaza para llenar titulares y columnas!

Todo esto sería muy gracioso si no fuera porque hablamos de cosas serias. Porque la corrupción, con todo su magnetismo narrativo, no es una broma. Cada contrato amañado, cada comisión bajo cuerda, cada mordida, sale del bolsillo de todos. La corrupción no solo daña al que la comete. Daña la confianza, la credibilidad y, sobre todo, los servicios públicos que se pagan con ese dinero. El nuestro. Así que reímos, sí. Comentamos el último escándalo entre la indignación y la sorna para utilizarlo de meme o como munición política según sople el viento. Pero no olvidemos que la corrupción es, también, una forma de violencia. Y que cuanto más la normalizamos, más nos acercamos a convertirnos en los protagonistas de la próxima serie.

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