Tinta y tinto

Sobrevivir a la selectividad

Ya casi ni me acuerdo de la selectividad que hice en 2008. O quizás sí me acuerdo, pero de una versión que el tiempo ha ido puliendo hasta dejarla brillante. Las cervezas de la tarde anterior en el Cervantes, frente al IES Sagasta, con esa mezcla de miedo y euforia que solo existe cuando tienes dieciocho años y crees que todo está a punto de empezar. El tren a Salou a las tres de la mañana el mismo día que acabamos, con música de Makoki a todo volumen y la sensación de que habíamos sobrevivido a algo enorme. Puede que lo fuera. O puede que la memoria sea eso: un editor generoso que recorta lo malo y enmarca lo demás.

Al fin y al cabo, a esa edad todo gira en torno a no perder la cabeza por enamorarte cada tarde y en esa prueba para la que te pasas preparándote un par de años. Y cuando tutto passa te das cuenta de que ni el amor ni la prueba eran para tanto. Incluso el fútbol. O eso creemos los que ya hemos olvidado lo suficiente ambas cosas como para idealizarlas.

Para los chavales que acaban de terminar la PAU en La Rioja, sin embargo, la sensación está siendo diferente. No porque la vida cambie de un día para otro al conocer la nota, que tampoco. Sino porque este año el examen de Matemáticas II ha dejado una herida que no se cierra tan fácilmente como la de la chica que no te hace caso en las fiestas del pueblo de al lado. La nota media en La Rioja se ha desplomado casi dos puntos respecto a años anteriores, quedándose en un 5,2. No es un mal dato estadístico abstracto: es una profesora que explica que ninguno de sus alumnos podía aspirar a más de un seis con ese examen, es una alumna de matrícula de honor que se ha quedado en un cuatro en la única asignatura que le fallaba y es otra que quería estudiar Medicina en Logroño y que ha tenido que cambiar de planes. Son familias que describen algo que no cuadra.

Y aquí viene la paradoja que duele especialmente este año. La Rioja estrena en septiembre su primer Grado de Medicina. Éramos, hasta ahora, la única comunidad autónoma de España sin esa titulación. Un logro real, una noticia buena. Pero de poco sirve tener la facultad en casa si el sistema de acceso está trucado desde la salida. Porque mientras en La Rioja un examen extraordinariamente duro castigaba a sus mejores alumnos, en otras comunidades los criterios de corrección, la dificultad de las pruebas y, sobre todo, la inflación sistemática de las notas de bachillerato funcionan como un doping silencioso y perfectamente legal. Todos compiten por las mismas plazas universitarias, pero no todos salen del mismo punto de partida.

España tiene diecisiete selectividades distintas para un único sistema universitario. Es como organizar una carrera con una sola meta pero con diecisiete circuitos diferentes, algunos con cuestas y otros en llano, y pretender que el resultado es justo. No lo es. Y todo el mundo lo sabe. El debate sobre el examen único lleva décadas sobre la mesa y décadas sin resolverse, porque tocar la educación en este país significa tocar el modelo territorial, y eso paraliza a cualquier gobierno con independencia del signo político. El consenso existe en las palabras. En los hechos, no llega.

La solución no es complicada de enunciar, aunque sea políticamente improbable: una prueba común, corregida con los mismos criterios, que mida lo mismo en Logroño que en Bilbao, en Sevilla o en Barcelona. Y si de paso esa prueba pesara más en la nota final de acceso que el expediente de bachillerato, mejor todavía. Porque la inflación de notas en los institutos —que también existe en La Rioja, y en todas partes— es el otro extremo del mismo bucle: los centros suben las calificaciones para compensar la dureza de la prueba, la prueba se endurece para compensar las notas altas, y al final el sistema gira sobre sí mismo sin que nadie sepa muy bien qué está midiendo.

Los chavales de 2026 no tienen la culpa de haber nacido en una región pequeña. Demasiados condicionantes pone ya la vida —el dinero de la familia, el barrio, la suerte— como para que la política añada uno más: el código postal. Una prueba única no resuelve todas las desigualdades del sistema educativo, pero al menos garantizaría que la puerta de entrada a la universidad mide lo mismo para todos. Que no es poco.

Mientras eso llega, en algún instituto de Logroño hay una alumna que quería estudiar Medicina y que este verano tendrá que repensar su futuro. La facultad, por fin, estará aquí. La plaza, quizás no.

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