Tinta y tinto

Cuando el domingo deja de doler

La Carmela se jubiló el pasado martes después de cincuenta años trabajando. Medio siglo. Ya vale. Mi padre le compró un naranjo para plantar en Villavelayo, el pueblo que aquí llamaremos el nuevo Benidorm sin que nadie se lo crea del todo. Yo le llevé un ramo de flores. La tía Nieves se nos había adelantado con otra planta que nadie ha sabido identificar todavía. La recogimos en sus últimos minutos en la oficina de FIACT, junto a la Fuente Murrieta, y cuando entramos por la puerta seguía al teléfono, atendiendo un último siniestro, como si el mundo necesitara asegurarse de que ella iba a cumplir hasta el final. Después nos fuimos a comer a un restaurante de la calle Laurel y pusimos broche con un buen vino y una conversación mejor todavía. Y ya estaría. Ella feliz y nosotros más.

No lo he consultado con nadie, pero sospecho que la mayoría de los citados en esta columna (con la salvedad del maestro Lorenzo) son de la generación del 61 como mi madre, y eso, más que una teoría, empieza a parecerme una evidencia estadística. Esta primavera y este verano se han jubilado, casi en fila, Colo Cortés del Café Bretón, Mari Carmen Pablo de la Huerta de Sarramián, Blanca la carnicera del Mercado de Abastos, Fernando de la colchonería Doré, Juanjo del quiosco de la Glorieta, Javier Bañales el peluquero de Siervas de Jesús, Santi del bar Virginia, Ricardo García de Los Cucharones en Pradillo, Lorenzo Cañas de La Merced, los hermanos Mediavilla del Brieva, los dueños de toda la vida del Neira y, cómo no, Achuri, Gargonich, la Librería Bécquer, La Espiga de Oro. Da igual que se jubilaran ellos por su cuenta o que lo haya hecho mi madre por la suya: es la misma cuadrilla generacional bajando la persiana casi a la vez, sin haberse puesto de acuerdo, aunque lo parezca.

La Carmela hizo memoria en la sobremesa, que es donde de verdad se hace memoria. Recordó sus treinta años en la joyería Pedro Cárdenas, en el Espolón, donde ahora está el restaurante Tondeluna, y cómo tanto ella como todos sus compañeros se fueron a la calle «con una mano delante y otra detrás» cuando se jubiló Don Pedro. Ninguno se lo esperaba tan de golpe. Es la misma sensación, sospecho, que ahora mismo tienen los clientes de la Huerta de Sarramián o los parroquianos del Brieva, que llevaban meses implorando al cielo que alguien cogiera el relevo antes de que los hermanos Mediavilla se jubilaran de una vez. Luego habló de Helvetia, donde conoció a Fran, un tercer hijo con el que perdió el miedo a la informática, maldijo el CRM que nunca llegó a usar y con el que cambió de compañía porque antes que las empresas están siempre las personas. Fran se fue demasiado pronto porque a veces la vida jubila a la fuerza y sin avisar.

La de mi padre llegó hace más de una década, y no por la gracia de cumplir años sino por la desgracia de un trabajo físico en varias fábricas que le reventó los tendones de las muñecas, los brazos y los hombros. Hay jubilaciones que se celebran con un naranjo y un vino en la Laurel, y hay otras que llegan en la puerta de atrás de una clínica de Bilbao, con el cuerpo pidiendo la baja antes de que lo pida el calendario. Conviene no olvidarlo cuando hablamos de «la generación que se retira» como si todos llegaran a la meta con el mismo paso.

Lo que se nos va, más allá de las estadísticas y las proyecciones a diez años vista, es una manera concreta de llevar un bar, una carnicería, una frutería, una peluquería, un quiosco. Se nos va gente que sabía tu nombre antes de que lo dijeras, que te fiaba sin preguntarte, que te guardaba el último cruasán. Nuestros bares, nuestro comercio, nuestras calles van a cambiar, y no hace falta que nos guste para que lo asumamos: el tiempo no negocia con nadie, ni con los que se van ni con los que nos quedamos mirando cómo se van.

Porque el tiempo tampoco distingue entre el que baja la persiana y el que la ve bajar desde la acera de enfrente. Nosotros también cambiamos, aunque nos cueste más verlo en el espejo que en el escaparate del vecino. Cada jubilación ajena es un pequeño aviso: el que hoy te sirve el vermú, el que te corta el pelo, el que te guarda la fruta más madura, también envejece contigo, aunque solo lo notes el día que cuelga el delantal. Se hace mayor la ciudad entera a la vez, en fila, sin ponerse de acuerdo, igual que se ha jubilado esta generación del 61 casi al unísono, como si hubieran quedado hace cuarenta años para bajar la persiana el mismo verano.

A mi madre, ahora, le toca lo que a todos: el descanso merecido y una lista de planes que suena a promesa incumplible pero que, por una vez, tiene todas las papeletas para cumplirse. Viajar por España sin la excusa de las vacaciones cortas. Ir a Villavelayo sin la prisa de bajar el lunes a primera hora. Las visitas pendientes que llevan años pendientes, esas que uno siempre deja para «cuando tenga tiempo» y que ahora, de repente, tiene todo el tiempo del mundo para hacer. El naranjo, con suerte, dará sus primeras naranjas cuando ella ya se haya acostumbrado a no mirar el reloj los domingos por la tarde, que es el verdadero indicador de que una jubilación ha cuajado: el día que el domingo deja de doler.

Que lo disfruten todos. Que lo disfrute Colo Cortés, que se lleva el Café Bretón pero deja el premio literario en marcha. Que lo disfrute Mari Carmen Pablo, de la Huerta de Sarramián, aunque no haya encontrado quien coja el relevo. Que lo disfrute Blanca, que colgó la bata blanca en el Mercado de Abastos después de casi treinta y cinco años. Que lo disfrute Fernando, de la colchonería Doré, que se adelantó un año a su propia jubilación porque ya le apetecía vivir con su horario y no con el del comercio. Que lo disfrute Juanjo, del quiosco de la Glorieta, que al menos deja el negocio en manos de un joven que seguirá vendiendo periódicos donde él los vendió durante cuarenta y tres años. Que lo disfrute Javier Bañales, que llevaba peinando Logroño desde 1982. Que lo disfrute Santi, del bar Virginia, que se despidió con un cartel escueto y sin discursos. Que lo disfrute Ricardo García, de Los Cucharones de Pradillo, que llegó tarde a la hostelería y aun así se hizo un nombre en la montaña. Que lo disfrute Lorenzo Cañas, el padre de la nueva cocina riojana, que deja La Merced tras sesenta y ocho años de oficio. Que lo disfruten los hermanos Mediavilla, del Brieva, aunque se lleven con ellos la mochila azul y los machacaos de toda una generación de la Mayor. Que lo disfruten los dueños de siempre del Neira, que se han ido dejando la receta de los calamares en buenas manos. Que lo disfrute Juan Carlos al bajar la persiona del Achuri, aunque tengamos otro clásico menos en la Laurel, como ya hicieron Mila y Lourdes, de Gargonich. Y que lo disfrute, sobre todo, mi madre.

Que lo disfruten todos, vamos, que ya veremos nosotros si llegamos.

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