Menudas Bodegas hizo su puesta de largo este martes en el Centro de la Cultura del Rioja (CCR) con una cata de diez vinos, uno por cada uno de sus asociados, de la mano de la Asociación de Sumilleres de La Rioja. La cata fue toda una declaración de intenciones. Esta nueva agrupación de bodegas, “todas del mismo pelo”, no ha llegado, dicen, ni para arreglar el mundo del vino, ni para salvar la denominación, sino “a enredar, a pisar uvas, y a disfrutar de lo que más nos gusta”. Son artistas del viñedo y filósofos de la vida y del vino que no dejan lugar a los tecnicismos ni a las catas de manual. En Rioja, tierra de grandes vinos y grandes historias, el tamaño de las bodegas tampoco importa. O no debería.

«Cuando a pico nos va gustando, lo sacamos a la botella”. Así de riojano lo dice Jaime Ruiz desde Briones para contar su Troqueao 2021 (75 por ciento tempranillo – 25 por ciento garnacha). La cata de Menudas Bodegas fue una fiesta y un viaje en el tiempo, donde algunos de los calados tienen hasta 150 años de historia, como el de Antonio Larrea en Hervías, La Bodega Escondida, que cerró durante medio siglo para renacer con fincas cuidadas con cariño y paciencia y ahora hace vinos tan ricos como Garnacheando (cien por cien garnacha, claro), con uva procedente de minúsculas viñas (dos fanegas y media en cinco fincas) de Ollauri.
Elena Corzana (cien por cien maturana) es un vino con nombre propio. Elena apuesta por el kilómetro cero en el Navarrete de su vida. “Jugamos a las cocinitas” con la maturana navarreteña, la arcilla de Navarrete y las barricas de roble. “Somos de querer bebernos la botella” y por eso necesita jugar con el vino, hasta que encuentra la mejor fórmula de crianza para cada añada.
La propuesta de Adrián Moreno Llorente fue el fantástico blanco que abrió la cata de Menudas Bodegas. Rulei blanco (sesenta por ciento viura y cuarenta por ciento verdejo) criado en las barricas por las que un año antes había pasado un chenin blanc único en Rioja. La bodega centenaria de Adrián esconde este y otros tesoros procedentes de un par de pequeñas fincas de Badarán y Castañares, que además llevan el nombre de otro tesoro: el del falso rubí de la corona británica supuestamente robado de Nájera por el Principe Negro tras ganar esa batalla. De un padre joyero y natural del Valle de la Lengua no es de extrañar esa inspiración para el bautizo.
Una cosa es vendimiar y otra hablar en público. A Óscar Pérez lo primero se le da mejor que lo segundo. Se siente más cómodo entre las cepas de Briones que hablando de su vino ante una sala repleta, pero se le escapa una gran sonrisa cuando escucha en esa sala “¡Está muy bueno!”. No es un hablador, ni falta que hace. Al Zaruga 2021 (75 por ciento tempranillo, veinte por ciento garnacha y cinco por ciento mazuelo) le sobran las palabras.
Aparece entonces en la cata un filósofo de San Asensio. Rufino Lecea plantó hace 44 años una viña en su pueblo y marchó para ser profesor en el sur de España. Luego, esperó 20 para volver. Para él, el vino es como la vida, con su propia filosofía. Cada sorbo, una reflexión. Y Reminde 2020 (cien por cien tempranillo) el resultado de esa apuesta de una fanega convertida hoy en Viñedo Singular.
Hubo un tiempo en el que la uva se pagó cara y eso sirvió para que Jairo Morga estudiara periodismo, aunque lo que a él le gustara de verdad fuera la viña. El periodismo y el vino tienen algo en común: ambos requieren paciencia y dedicación. Algunos dirán que, además, se pagan mal. Pero entre una cosa y otra, Jairo pudo meterle mano a sus viñas de Badarán hasta lograr el Jairus 2020 en el que se mezclan tempranillo y algo de garnacha, vieja, y de maturana. Un vino bien escrito.
La familia Hornos Olave se embarcó al completo a cuidar sus fincas de Baños de Río Tobía y Alesón, algunas de ellas centenarias, y a homenajear a las abuelas: Horola Isabel (cien por cien garnacha) fue su apuesta para la cata inaugural. La otra abuela, Mila, le da nombre al Horola Tempranillo.

La garnacha fue gran protagonista en la presentación al público de Menudas Bodegas. Pero la de Octogenarius 2017 (cien por cien garnacha) es, así lo exclamó José García de Pablo, “garnacha, garnacha, ¿eh?”. Esa que se salvó de la ‘tempranillización’ de la región. En 2013 la maloláctica no llegaba y el enólogo consultado por Bodegas Gama dijo: «No tenéis ni idea del vino que tenéis aquí”. Y hasta ahora.
Cerró la cata Caudum 2017 (cien por cien tempranillo) uno de los viñedos singulares de la primera hornada. En el alto de San Antón, a 630 metros, y en el término municipal de Cenicero, Bodegas Larraz se erige como un templo del tempranillo. La viña, situada en una ladera a dos vertientes, da lugar a vinos que evolucionan en la copa y que, como dicen sus creadores, mejoran al decantarse. Porque el vino cambia cada minuto que pasa, como la vida misma.


