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Crisis del Coronavirus

Cuando el virus llenó de silencio las calles arnedanas

La localidad vive su primer día de confinamiento y cierre total de la hostelería

Silencio. Es viernes, son las once de la mañana y, sin embargo, en las calles de Arnedo el silencio es el protagonista. La gente ultima los recados de la mañana. Unos están en la fila del banco, otros en la de una tienda de telefonía, pero todos están en silencio. Como si hablar fuese una actividad de riesgo. Quizás el problema es que ya no saben qué decir. La ciudad de las asociaciones, de la cultura, del turismo, del cine, está sumida en el silencio como en una película muda. Desde hoy, Arnedo se ha sumergido en un nuevo cierre perimetral. En este momento no hay controles de accesos de entrada. Serán aleatorios, pero la gente sabe que no puede salir ni entrar. Además, los bares ha echado la verja y se nota.

Tres señores hablan delante de la puerta de uno de ellos. Uno lleva la mascarilla en la frente, el otro se lo recrimina. «Hombre, que ya somos mayorcitos para saber lo que tenemos que hacer», le dice señalando la suya. «Si nos dicen que hay que llevar mascarilla, es por evitar el contagio y no para evitar la multa», dice el mayor de los tres, quien no entiende qué moda es esa de llevar la mascarilla en un sitio que no sea la boca y la nariz. «Vamos hombre, que ya está la cosa mal para que la empeoremos nosotros haciendo sandeces». Palabra bella donde las haya. El que pasa de la mascarilla se va contrariado, pero sigue con ella en la frente.

Dos mujeres que vienen de hacer la compra se cruzan con él y lo miran con como si pasase un bicho raro por la calle. Ellas van separadas. A metro y medio. Se han encontrado un poco más adelante y continuan juntas el camino a casa. Juntas, pero no revueltas. El pan asoma por una de las bolsas. «Hay que hacer caso a los que saben más que nosotros. No podemos seguir así», dice una de ellas. La resignación reina en el municipio. «Qué le vamos a hacer, es lo que hay. Tenemos muchos casos. Cada día te cuentan que otra persona ha dado positivo. En marzo casi no conocíamos a nadie con la enfermedad y ahora es raro a quien no le ha tocado alguien en la familia o entre los amigos», dice la otra. Siguen camino a casa. Saludan a una amiga de acerca a acera. Ninguna cruza. Con un saludo de lejos es más que suficiente. Una se lleva la mano a la mascarilla y hace el gesto de lanzar un beso. Son todas las muestras de afecto que ahora son aceptables.

Los carteles aún asoman en las vidrieras de los bares con las recomendaciones que regían hasta ayer. «Es obligatorio el uso de mascarilla». El gris de las verjas se contrapone con los maravillosos colores que se ven de fondo cerca del río Cidacos, donde el otoño sigue pasando de puntillas con sus ocres, sus rojizos y sus verdes de todas las tonalidades. «Sabíamos que el otoño podía ser complicado, pero es que en Arnedo está siendo complicadísimo», nos dice una joven que pasea a una señora mayor en silla de ruedas. «Hay que intentar evitar que nos vuelvan a meter en casa. Tenemos que hacer todo lo que esté en nuestra manos, pero hay que reconocer que estamos cansados».

Dar una vuelta por el municipio supone ver el día a día de una ciudad en pandemia. Caras serias. «No es para menos, la ciudad está sufriendo mucho», nos dice Mari Carmen, que ha salido a hacer una gestión en el banco. «Arnedo es una ciudad muy dinámica, ahora tendríamos que estar inmersos en el Octubre Corto. No te puedes ni imaginar cómo se pone Arnedo en estas fechas, todo son actos, la gente sale, se relaciona… da mucha pena ver así nuestro pueblo», nos cuenta.

Javier acaba de darse un paseo. Está sentado frente al bar donde ahora debería estar almorzando. «Es increíble que el cierre de los bares se note tanto en la ciudad. Ya ves. No hay prácticamente nadie. A ver si con esto conseguimos bajar los casos y empezar de cero otra vez». Se palpa la preocupación entre los vecinos.

El candado de un bar es el símil perfecto de lo que está pasando en Arnedo. El cierre de la hostelería supone en gran medida el cierre de la vida social y eso debe reflejarse también en las huertas y en los bajos si el objetivo es bajar las incidencias. Es complicado. La gente está cansada. Hay que hacer un esfuerzo más. Los que sean necesarios para que la gente deje de morir. «Son ya muchos meses de medidas. Es verdad que en verano todos nos relajamos bastante, pensábamos que habíamos salido de esta y ahora ya ves más problemas en Arnedo que en el mes de marzo. ¿Quién nos lo iba a decir?», nos dice Manuel, quien después de disfrutar de un paseo en solitario decide irse a casa.

Arnedo sufre especialmente esta segunda ola y, con esta localidad, el resto de los municipios que lo miran de reojo pensando si serán ellos los siguientes. El otoño sigue su curso y hay que ir por delante del virus. Los esfuerzos son ingentes, pero hay que conseguir que merezcan la pena.

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