El Rioja

La encina mágica de Laserna

Hay una encina junto al río Ebro donde todo es posible. Un lugar mágico. Sólo apto para soñadores. Locos. Idealistas. Bajo sus ramas descansan dos mesas de madera que invitan a la utopía. Y a vivir los ‘momentos Villota’. Disfrutar. Reír. Comer. Beber. Descansar. Bailar. Cantar. En ese pequeño escondite frente al barrio de El Cortijo, los secretos están a buen recaudo. Ni siquiera el vino puede sacarlos a la luz. De hecho, el vino guarda sus propios secretos para hacerse también enigmático. Misterios que sólo una familia conoce y que Carmen Pérez Garrigues transforma en líquido elemento.

Bajo la protección del Cerro de la Mesa en Laserna se encuentra el meandro de San Rafael. Y en él, una finca que desciende terraza a terraza desde los 420 metros de altitud hasta los 380. En su parte más baja, donde Carmen bajaba a bañarse junto al resto de su familia cuando era una niña, está esa encina mágica donde todo es posible. Si Pedro Sánchez, Pablo Casado, Pablo Iglesias, Santiago Abascal e Inés Arrimadas coincidieran en ella una tarde, tendríamos pactos de Estado para los próximos cien años. Y es que la diversidad es otra de las características de esta finca que abarca cerca de cien hectáreas y tres tipos de suelos: arena junto al río, calcárea en la parte alta y cantos rodados y arcilla en el resto.

Carmen podría dibujarla con los ojos cerrados. En esas mesas bajo la encina de su vida, iría pintando sobre un folio cada parcela con precisión milimétrica. «El mazuelo está en las terrazas superiores y aireadas». «Esta parcela fue plantada con garnacha en el año 74». «Aquí hay cinco hectáreas de graciano. Mi abuelo (Ricardo Pérez Calvet) diseñó la mezcla varietal y aprovechó para esta variedad la parte baja de las terrazas medias porque los cantos rodados acumulan más el calor por el día y se lo devuelven a la planta por la noche». «Aquí hay otras ocho hectáreas de blanco, aunque en todas hay blancos disperos». «Esta parcela también es del 74».

Un paseo por este meandro de la mano de Carmen es como dar un paseo por todo el Rioja. «¿Has pensado alguna vez en cuántas vueltas al mundo has dado sin salir de aquí?». Y ríe. «Seguro que muchas». Uno siempre vuelve allí donde fue feliz. Por eso dejó Madrid hace casi treinta años para dedicarse al campo en cuerpo y alma. Tuvo suerte, reconoce, aunque también pequeños recelos. Primero porque su marido no dudó en embarcarse también en la aventura. Segundo porque la familia le hizo esa clase de preguntas que sólo te hacen en casa. «¿No será un capricho?». En aquel momento tenía «buenos proyectos» entre las manos y este significaba empezar de cero. El «no» que respondió se escuchó desde Madrid hasta esas faldas de la Sierra de Cantabria donde esta familia ha asociado sus apellidos al vino y a tres nombres: CVNE, Viñedos del Contino y Viña del Lentisco.

La historia se remonta al año 1930. No nos extenderemos demasiado. Ricardo Pérez Pérez (bisabuelo de Carmen) compra la finca a su regreso de Chile. Ricardo Pérez Calvet (abuelo de Carmen), criado a caballo entre Ortigosa y Logroño, estudia agrónomos en Madrid y en 1945 planta más viña en la ‘parcelita’ para hacer vino propio. «Era algo familiar. Un punto de encuentro cada verano, donde también venían muchas familias del pueblo, había ovejas pastando por aquí… teníamos esa conexión con la gente», recuerda Carmen, aunque luego la cosa se pone ‘seria’. Ricardo Pérez Villota (padre de Carmen) y su padre fundan Viñedos del Contino en 1974. «La finca familiar pasa a convertirse en una finca vinícola». Palabras mayores. Villota aportaba la viña y CVNE la comercialización. Matrimonio perfecto hasta su reciente divorcio.

Un joven emprendedor y una apasionada del campo

«Yo siempre he estado muy bien acompañada por mi padre», reconoce Carmen, dando ese paso necesario hacia atrás para coger impulso y salir hacia delante. «Él tiene la historia de haber creado Contino, uno de los primeros chateaux en Rioja junto a Marqués de Murrieta, y con él he vivido toda su experiencia. ¿Era arriesgado? Sabía que tenía buenos mimbres para hacer la cesta. No me quito mérito, pero también están mi padre y mi familia. Siempre vamos todos muy juntos». Y una pregunta clásica. «¿Qué porcentaje hay entonces de cada uno en una botella de Villota?». Ríe entonces pensativa. «No podría decirlo. A veces, la persona que menos te esperas es la que más influye. Es algo de toda la familia. Tengo un hermano que trabaja en un banco y que me hace una promoción fantástica, una hermana arquitecta que diseña las etiquetas y así no las pienso yo… mi marido, que no dudó y ayuda con las cuentas. Ahora tengo 52 años, pero cuando di el paso mi abuelo se reía como diciendo ‘dónde te metes’. Iba a trabajar con mi padre y no era una decisión fácil».

Y más confesiones de esta «riojana en Madrid y madrileña en La Rioja». Tras dar uno de esos paseos que tantas veces ha dado Carmen por el viñedo donde está cumpliendo el sueño de su vida, una botella de Villota blanco nos acompaña en una charla en la que ella se define como «viticultora» y no como «empresaria». «Creo que ahí está la diferencia. Saber qué quieres, tener la idea del vino y elaborarlo. A mí me gusta ponerme las botas, levantarme pronto… el campo tiene que gustarte. Luego está el proceso de elaborar el vino, donde participo en todo porque no lo entiendo de otra manera». «El propio trabajo es el que me ha llevado a esta vocación», prosigue, destacando que ahora va ‘quemando’ fases dentro de este nuevo proyecto.

«Ahora a va salir el 2018. En el vino las etapas son muy largas y para mí llegan como una cosa más de mi casa». No es para menos. En la pequeña casita que hay junto a la viña donde hemos parado a charlar descansan varias parrillas y gavillas dispuestas a darle ese toque mágico a las chuletillas, pero también en ella hacen los deberes los hijos de Carmen. «No nos hace falta ni ir al parque». Una finca como forma de vida para hacer los sueños realidad. «Mi padre ya cumplió su sueño con Contino, pero ahora tiene uno nuevo. Él se define como un joven emprendedor y lo es. Nuestro objetivo es llegar a la excelencia y lo estamos cumpliendo con más de noventa puntos en todas las guías». La filosofía se convierte entonces en palabras serias. «No quiero bajar la exigencia ni siquiera en el hermano pequeño de nuestros vinos», aunque eso «te obliga aún más». ¿A qué? A todo. «El sueño familiar es tener un vino de referencia».

La salida de Villota al mercado

Bajo la filosofía de «más calidad» y «menos rendimiento» en la viña, Carmen define el Villota como un reflejo del conjunto del viñedo y la finca. Por el momento, el proyecto cuenta con 75.000 botellas aunque estas irán creciendo en número seguro. El paso de una gran empresa a un proyecto personal cuesta, pese a que el equipo no puede estar más involucrado. «Hay más improvisación en el día a día y aprender a tomar decisiones en tiempo real. Hay que hacer mucha selección en el campo y ser honesto». ¿Por qué? Porque las mejores uvas de cada tipo van destinadas a los monovarietales que saldrán en pequeñas producciones. Y sólo así, seleccionando y seleccionando, llegan los resultados. El buen producto de origen lo damos por supuesto, claro.

Las primeras añadas de los Villota Selección (2016, 2017, 2018 y 2019) llevan detrás la mano de Basilio Izquierdo como enólogo, aunque desde el año pasado hay un nuevo fichaje en el plantel como áseles porque las instalaciones de este amigo de la familia se quedaban pequeñas: Maribel Bernardo. Y otro paso más: elaborar en instalaciones propias. «Esta vendimia ha tenido mucho trabajo y dedicación al final del ciclo, aunque no hemos tenido grandes problemas con el milidu», explica Carmen, detallando que ha sido un año «largo». «Las noches han sido frías y ha hecho poco calor, pero nos cayeron veintitrés litros en septiembre y eso ha hecho la vendimia más larga. Hay parcelas que hemos hecho mucha selección».

Sin apenas problemas con el mildiu ni con el COVID-19. «Con nosotros han estado unos vendimiadores de Jaén que vienen cada año con sus familias. Fue tremenda la organización en las casas, aunque empezamos tranquilos con los test PCR que se hicieron en Laguardia y cada día hacíamos tomas de temperatura», afirma. Con la vendimia ya casi terminada a primeros de octubre, sólo puede pensar en sus sueños, esos vinos como el ‘Selvanevada’ con «más fruta y más del día», ese que «abres cuando llegas a casa porque te mereces un vino». Es el único Villota que no está dieciocho meses en barrica y siete en botella. «Quiero que bebas un Villota y sepas que es un Villota con la personalidad de la finca y la variedad de sus suelos. Desde el momento en que eliges el momento de la vendimia ya imprimes tu personalidad al vino porque no es baladí»

Monovarietales y un viñedo singular

La finca de Viña Lentisco tiene viñas ‘viejas’ -más de la mitad de las cepas tienen más de 35 años- con más tipos de uva que las que el consumidor medio es capaz de recordar: tempranillo (tinto y blanco), garnacha (tinta y blanca), mazuelo, maturana tinta, viura, graciano y malvasía. Por el momento, sólo necesitas conocer dos. Garnacha y graciano. De ambas surgirán próximamente dos monovarietales que todavía evolucionan en bodega. Pequeña producción para acompañar a los ya «conocidos» Villota Selección Tinto y Blanco. Selección, selección y selección. Nunca se había escuchado tanto esa palabra desde que Luis Aragonés dejó fuera a Raúl González Blanco del combinado nacional.

Entre las viñas viejas sobresale una parcela plantada en 1930, justo cuando el bisabuelo de Carmen volvió de Chile, muy cerquita de esa encina que los sueños se hacen realidad. De ella sale una uva de tempranillo que da nombre al Viñedo Singular de la familia: Viña Gena. «En honor a mi abuela, Genara Villota, quien estaría encantada de tener un vino de la parcela más vieja de la finca. Nuestra experiencia es el conocimiento que ha ido pasando por toda la familia». Y así, esta Navidad llegará al mercado la primera añada (2018) con 7.000 botellas para homenajear a esa mujer que acompañaba a Carmen cuando bajaba a bañarse al Ebro mientras su abuelo y su padre trabajaban en las cepas. Unos en la viña, otros en el río, todavía no sabían que estaban junto a un árbol que iba a convertir sus sueños en realidad.

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