Firmas

Sólo una mujer puede salvarnos, ¿y si fuera ella?

No nos quedan fuerzas. No sentimos ni las piernas. Si nos pinchan, no nos sale sangre. A duras penas podemos seguir respirando. La legislatura nos ha consumido a todos poco a poco. Lentamente. Gota a gota, como en esa tortura china que te lleva a la locura hasta que mueres presa del delirio. Puede que también hayan sido las últimas fiestas de San Mateo, tan próximas y tan lejanas, aunque menos de medio Parlamento sea de Logroño.

Sólo una mujer puede salvarnos: Catalina Bastida. Alcaldesa. Ella. De Autol. Ella. ¿Y si fuera ella? Ella se desliza y me atropella. Y, aunque a veces no me importe, sé que el día que la pierda volveré a sufrir por ella, que aparece y que se esconde; que se marcha y que se queda; que es pregunta y es respuesta; que es mi oscuridad, estrella. Un soplo de aire fresco llegado el pasado mes de febrero.

Caty es el oasis en el desierto, el agua cuando el sol más aprieta entre la arena y estás a punto de caer rendido, arrodillado, tapándote la cabeza y hundiendo la nariz en el suelo. “Por favor, Dios, acaba con esto”. El resto es un mazapán en ese mismo desierto, una ayuda para terminar la agonía cuanto antes, aunque sufriendo en el último aliento. Sus formas campechanas, su discurso directo y su convicción aterrorizan hasta los más (se supone) radicales. El líder de Podemos, Germán Cantabrana, acabó pidiendo clemencia: “Para tirarse los trastos a la cabeza, mejor con un café”.

Café, ¿para qué? A Caty le encanta el olor del Napalm por la mañana, le huele a victoria como a Robert Duvall en la película Apocalypse Now. No jodamos, hombre. Si hay que decir barbaridades, mejor a cara de perro como si fuera una pelea a navaja de dos monos en aguas internacionales. Sin reglas. “Y amén, Jesús”, que dijo Bastida después de apuntar a Podemos y PSOE como alguien de quien no se podía fiar uno por vaya usted a saber qué cosas. En ese Parlamento apenas se escucha nada. Y menos, se entiende.

Salvo cuando Ana Santos (PSOE), Concha Andreu (PSOE), Ana Carmen Sainz (Podemos) o Diego Ubis (Ciudadanos) echaban la bronca a Jesús Ángel Garrido (PP), el resto de la sesión era como una cinta de cassette a la que se le había borrado el contenido. Quizás mejor. O quizás es que nadie decía nada y la propia política se encargaba de silenciar iniciativas que nunca verán la luz del sol cuando salgan de esas paredes.

El post-it de nuestro Rafa Hernando de marca blanca le va a costar caro. Contó Garrido que había encontrado un papelito en una comisión donde un diputado del PSOE le decía a Ana Carmen Sainz que había que paralizar el tema del Estatuto porque eso sólo beneficiaba al presidente José Ignacio Ceniceros (o algo así). “Es usted una lástima de portavoz”, le dijo Andreu al popular, antes llamarle “Señor Villarejo Garrido” por su labor en las cloacas del Parlamento. Los papeles de Garrido.

Ubis cerró el carrusel de hostias diciéndole que sólo hablaba para los “borrokas de la causa peperiana” que él representa, aunque la primera ración de Ana Santos tampoco se quedó atrás. Recibió de todos. La última fue la aludida por el post-it. En el pasillo. Bronca, bronca. Lo buscó y se le encaró. “Está feo”. Y se apartaron lejos de las miradas y los oídos de cualquier plumilla. Para entonces, ya habían aprobado comenzar a reformar el Estatuto de Autonomía. Ay, angelitos, ya no nos quedan fuerzas para entender este cacao. A Caty nos encomendamos. Amén.

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