Firmas

Sábado por la tarde en Yoque Light

Hasta cierto punto de la vida adolescente, los sábados por la tarde en Logroño eran de quedar con los amigos, dar una vuelta, comer una palmera de bollo, quizá, o unos flashes con el buen tiempo, gastar algo de dinero en los recreativos… Empezar a aprender a ser mayores, a saber que hay un mundo enorme lejos de nuestras narices y nuestro acné. Un mundo también con sus rincones prohibidos, como esa tarde en la que alguno llegaba con un cigarro recién robado a sus padres. Un mundo, ya entonces, en el que te preguntabas dónde demonios se metían las chicas guapas los sábados por la tarde. Y de pronto, nacía un plan distinto a estar sentados en un banco de madera en el Chile u otro parque. Se abría una ventana hacia esos rincones oscuros, un camino por explorar, un lugar en el que, ahora sí, sentirse mayores. Había llegado el día de ir a Yoque.

Cada uno tuvo su primer día. El mío, seguramente algo precoz, fue a los 12 años. La razón, como la de tantas cosas en esa edad, fue una chica. Una chica a la que yo le gustaba. Que se gustaba de mí, como decía la gente peor hablada de la pubertad. Así que allí que me fui, sin saber muy bien dónde me metía. En un alarde de modernidad, alguien me recomendó que pidiera para beber la bebida azul de Rives. Rives, ya se sabe, los licores sin alcohol. El azul, el Blue Tropic en nombre de coctelería barata, era dulce como solo pueden serlo diez azucarillos disueltos en sirope de caramelo. Más o menos. Pero era azul. ¿Quién iba a querer una vulgar Coca-Cola pudiendo elegir Blue Tropic de Rives? Normal que costara dos entradas, dos consumiciones, o una entrada más una cantidad extra de dinero, no recuerdo si 200 pesetas.

Así que allí nos acodábamos en la barra, sintiéndonos Bogart sin saber todavía quién era Bogart. Observábamos el paisaje, ensayando sin saberlo lo que iba a ser costumbre en años venideros. Porque ya había quien bailaba, y no solo en las lentas. Los más osados se animaban a subir a los pódiums, a las tarimas. Los tipos duros no, los tipos duros nunca hemos bailado (hasta que en una edad ya más avanzada te ves metido en clases de salsa, pero esa es otra historia). También había quienes bailaban rap y Yoque de pronto parecía Brooklyn. Algún rap de Vanilla Ice o de Snow, su mítico Informer, porque en esa época el rap en español aún no había llegado al gran público. Como mucho, aquella canción de Gil y tal y tal, Gil superstar.

También estaba el momento de las lentas. Esos minutos que Yoque destinaba a que los púberes se amarraran a la cintura en la pista, con la luz tenue. El rato de los románticos. Para entonces, los más rápidos ya andaban brazos en cintura ajena, pero en el pasillo que iba desde la entrada al baño masculino o en los sofás que había entre las dos barras del fondo. ¡Cuántos amores de 15 días empezaron allí! En la barra pequeña, junto a los sofás, solíamos echar horas mientras en las teles nos ponían el canal alemán VIVA y mi amigo Eduardo pulía a pulsos desde al camarero a cualquier valiente que se atreviera a retarle. Siempre el mismo camarero, Roberto, que hacía malabares con los batidos de chocolate o vainilla que agitaba antes de servir.

También estaba el momento de Ismael Toure, entonces MC Junior. Ismael hoy es presidente de la asociación de vecinos de El Cubo, entre otras cosas. Pero aquellas tardes de sábado era maestro de ceremonias en ese show que servía de descanso para toda una tarde de temazos (cómo olvidar aquella mítica canción que decía “¡Ecuador!”). Un espectáculo que patrocinaba alguna que otra tienda como Irama, con desfile de modelos incluido.

Y así íbamos echando la tarde, rodeados de chicas con mochilas: en ellas llevaban los tops y las minifaldas que se cambiaban ya fuera de casa, lejos de la vigilancia de los padres. Ay, los padres. Se encendían las alarmas cuando algún adulto entraba a Yoque Light: alguien la había liado y habían tenido que ir a buscarle. Un padre en Yoque Light quedaba tan fuera de contexto como un pingüino en el Ebro.

Me contaba hace poco mi sobrino que ahora van a Concept Light y que después cenan una hamburguesa y se van a casa. Nosotros si queríamos hamburguesa teníamos que ir a Don Burger, célebre pionero en la comida rápida logroñesa. Aunque lo cierto es que no recuerdo que cenáramos. Ni siquiera recuerdo qué solíamos hacer los primeros años después de Yoque. Los más afortunados se irían a acompañar a casa al ligue. Los menos, esperábamos a que nos llegara la edad de ir a la Zona. Las primeras veces, a sentarnos en un coche a charlar y ver a la gente pasar, todavía no nos dejaban entrar en el Big Bang o en el M30. Pero esa es otra historia que habrá que contar algún día… Era el siguiente paso hacia la edad adulta. Para entonces ya teníamos chamizo. Todo un signo de distinción.

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