El verano comienza oficialmente cuando se reactiva el grupo de WhatsApp del equipo de fútbol del pueblo para jugar el torneo de agosto contra el resto de las 7 Villas. Un día indeterminado de julio, sin saber muy bien ni cómo ni por qué, alguien lanza el primer mensaje. Normalmente, con las fechas del siguiente campeonato. «Se juega la semana de fiestas». Y empieza el ritual. ¿Quién está? ¿Quién viene? ¿Quién juega? ¿Quién se ha lesionado jugando al pádel?
Y entonces, como por arte de magia, empieza a pasar. Las casas cerradas durante todo el año, con sus persianas hasta abajo y su hiedra descontrolada, se llenan de vida. Primero un coche. Luego dos. De pronto, niños en bici por las calles, ropa tendida en los balcones, ladridos, saludos cruzados. ¡Ya están aquí los veraneantes!
Nos ven llegar, año tras año, puntuales como los vencejos. Profesores que aprovechan julio y agosto como si se acabara el mundo. Jubilados que recuperan la infancia rural que nunca tuvieron. Teletrabajadores que sufren porque la fibra óptica todavía no llega hasta Villavelayo y el 5G se satura, sorprendidos al comprobar que no se vive tan mal a decenas de kilómetros de cualquier tienda del grupo Inditex ni grandes teatros. Llegan con sus agendas de verano a reventar de planes («hoy toca andar hasta Manzanar, mañana partida de mus») y ese entusiasmo de quien viene a reencontrarse con la autenticidad. Y con el huerto del tío aunque ya sea tarde para plantar tomates.
Pero aquí viene lo curioso. Porque en cuanto llevan dos semanas en el pueblo, los veraneantes de larga duración empiezan a mirar por encima del hombro. No mucho, pero lo justo. Porque entonces, llegan ellos: los veraneantes de fin de semana. Los que suben sólo para las fiestas de Santa Áurea, o los que se escapan el viernes por la tarde y ya están bajando el domingo antes de cenar. Y claro, para los que llevan quince días respirando aire puro, bebiendo de la fuente o yendo al bar del Félix «como Dios manda», esos son los veraneantes de verdad, los de temporada corta, los de postureo rural.
La pirámide social veraniega en los pueblos tiene sus jerarquías. En la base, los forasteros: amigos, parejas o familiares de los veraneantes, que vienen como quien pisa terreno sagrado. Luego están los veraneantes de fin de semana, siempre con prisa y con mucho movimiento de bolsas (comida, ropa de por si acaso, raquetas, bicis…). Un escalón más arriba, los veraneantes estables, los que duran todo julio y casi todo agosto, los que saludan a los del finde con un «¿ya estás por aquí?» que lleva implícito un «yo llegué antes».
Y en la cumbre, intocables, los vecinos de todo el año, que por desgracia cada año son menos por ley de vida. Esos sí que merecen reverencias. Los que aguantan el invierno sin apenas ver a nadie mientras fuera de casa arrecian frío y nieve, los que conocen todos los setales de perrochicos, los que distinguen el aullido del viento del de un lobo. La gente dura de la sierra.
Así, el verano en los pueblos de montaña no se mide por las temperaturas, ni por el calendario escolar. Se mide por el número de coches aparcados en la plaza, por cuántos saludos se cruzan en la calle y por el ruido de fondo en la terraza del bar. Y todo empieza cuando se reactiva ese grupo de WhatsApp que nos recuerda que aquí no venimos a ganar -ni siquiera a competir, aunque alguno lo olvide-, sino a reconocernos, a reencontrarnos, a volver a ser pueblo.
Porque veraneantes, al final, lo somos todos. Aunque unos lo sean más que otros.


