Hay pueblos que tienen iglesia, frontón, fuente y ayuntamiento. Pero no tienen bar. Y eso, queridos veraneantes, es como tener cuerpo sin alma. Como tener fiestas sin zurracapote. Como tener verano sin río. Como tener pueblo… sin pueblo.
Villavelayo hace unos años tenía varios: el pub joven, la Matilde, el del Manolito, el de la Florencia y el Amado, que fue el último en cerrar. Con su barra, su vermú con gaseosa, sus copas raras de botellas aún más raras (Calisay, Licor de Oro, Veterano con tónica) y sus dueños de los de antes (la Angelines y el Ángel): currantes, pacientes, acogedores, todoterreno. Un bar con historia de familia que era también historia del valle. Más de 130 años sirviendo cafés, comidas, chiquitos, copas, consejos y calor. Un bar que aguantó inviernos, nieves, veranos, crisis y olvidos. Hasta que en 2020, por cansancio, por edad, por soledad y por lógica, bajó la persiana para siempre. «Para siempre». Qué dos palabras tan feas y duras cuando hablamos de lo que queremos.
Y entonces, como en tantas cosas en los pueblos, la solución llegó sin plan pero con cierto ingenio. Y con ruedas. Lo que iba a ser un parche provisional se convirtió en centro neurálgico. Aparcamos una salchicheta en mitad de la plaza. De esas que hacen perritos calientes a las tantas de la mañana cuando el cuerpo ya solo pide algo caliente y grasiento. Una especie de altar callejero a medio camino entre el food truck y la furgoneta del feriante. Que algún Dios (el de los kebabs, probablemente) la bendiga.
Desde entonces, esa salchicheta es nuestro bar. Ahí pedimos el primer café de la tarde y la última copa de la madrugada. Ahí nos contamos las batallas, calentamos motores antes de cualquier verbena, arreglamos el mundo en voz alta y solucionamos (mal) el amor en voz baja. Tiene todo lo necesario: barra, freidora, risas y altavoz portátil. No tiene paredes, pero sobra techo cuando hay fiesta. La carta es corta, pero la conversación larga. No hay menú del día, pero sí ronda de anécdotas. Y si alguien llega triste, se le da charla, se le pone algo con hielo y se le ofrece una silla. El protocolo no está escrito, pero todos lo conocen.
Porque el bar —el de toda la vida o su versión con ruedas— no es un lugar, es una idea (el Gobierno de La Rioja los ha denominado oficialmente espacios de ocio, convivencia y sociabilidad). Es el sitio al que vas cuando no sabes adónde ir. Donde siempre hay alguien. Donde nadie pregunta mucho, pero todos escuchan. Donde cada ronda es una declaración de amistad (importante pedir de los primeros en llegar para que te toque pagar una de las baratas), cada partida de cartas una ceremonia, cada silencio una compañía. Donde uno se siente parte sin necesidad de decir palabra.
El Amado cerró. Pero no se apagó del todo. Sigue en el recuerdo de quienes lo vivieron, en los veranos de quienes lo heredamos, en las historias que aún se cuentan entre trago y trago. El bar, como el pueblo, se transforma. Se adapta. Resiste. Espera. Y nosotros esperamos también, a que algún día esa obra —que tarda más que la Sagrada Familia— nos devuelva un nuevo bar con paredes, ventanas, barra fija y cafetera que suene al amanecer. O no. Quizá, si nos descuidamos, la salchicheta acabe apareciendo en el inventario del Ayuntamiento como mobiliario urbano permanente.
Mientras tanto, nos encontramos ahí. Con un riojalibre en la mano y las mismas ganas de siempre de estar juntos. Porque lo importante no es el bar. Lo importante es lo que ocurre en torno a él. Y eso, por suerte, no cierra nunca.


