En la estación de autobuses de Logroño, la Peregrinación a Lourdes ha comenzado a primera hora de este jueves entre maletas, flores, pañuelos conmemorativos, despedidas familiares, sillas de ruedas, nervios y una fe fácil de reconocer en las miradas. Tres autobuses han partido rumbo al santuario francés con enfermos, personas mayores, voluntarios, hospitalarios y familiares en una peregrinación que «es mucho más que un viaje de cuatro días».
La Hospitalidad de Nuestra Señora de Lourdes de La Rioja lleva más de treinta años organizando esta peregrinación. Este jueves ha puesto en marcha su XXXII Peregrinación Diocesana con Enfermos a Lourdes, en la que participan unas 350 personas, entre peregrinos, voluntarios y enfermos. De ellos, alrededor de 80 son personas enfermas o con necesidades especiales de acompañamiento. Ellos son el centro de todo.

María José Nestares, secretaria de la asociación riojana, se incorporó a esta experiencia en 2016 y desde entonces solo ha faltado en los dos años de pandemia, cuando tuvo que suspenderse el viaje. Para ella, regresar cada año a Lourdes supone «una forma de renovación de su sentimiento religioso. Es reafirmarme en pensar en lo que verdaderamente nos mueve: vivir para servir».
Un servicio que no se entiende sin la participación de los hospitalarios que acompañan, empujan sillas, asean, visten, levantan, acuestan y cuidan pero también reciben. «Que los enfermos, los mayores y las personas con discapacidad nos den la oportunidad de dar lo mejor de nosotros es muy importante», explica Nestares. A Lourdes «cada no llegamos con nuestra mochila de inquietudes, problemas y circunstancias y allí se abre un paréntesis. La sensación es de que te vacías».

Para muchos de los enfermos, esta peregrinación es el único momento del año en el que salen de su residencia o de su entorno habitual. «Es como si fueran sus vacaciones. Junio está marcado en sus calendarios. Saben que durante cuatro días habrá compañía, misas, rosarios, procesión de antorchas, conversaciones y una atención constante. Allí se encuentran felices».
La palabra que más se repite en la estación de autobuses de Logroño es salud. Salud física, pero también mental. La piden quienes viajan, quienes acompañan y los familiares que se quedan en Logroño despidiéndose desde el andén. Ana María Leo acompaña a su madre, que vive en una residencia y afronta el viaje con emoción y algo de nervios. «Para ella es salir unos días de allí, conocer gente, airearse un poco y desconectar. Esperamos un milagro. A ver si vuelve andando», sonríe mientras le coge de la mano.

La escena se repetía en distintos puntos de la estación. Familias que entregaban a sus mayores a manos conocidas. Hijas que organizaban hasta el último detalle. Acompañantes que sabían que el viaje exigirá esfuerzo, pero también que ese esfuerzo tiene sentido. «Estoy tranquila. No tengo ninguna duda de que la van a tratar y la van a cuidar muy bien».
Rosana Lumbreras sabe bien lo que significa cuidar en Lourdes. Esta será, «si Dios quiere», su peregrinación número 27. Tiene una carnicería y lleva 48 años trabajando de cara al público. «Yo creo que Dios me ha hecho para servir». Por eso, cuando encontró en la Hospitalidad una forma de dedicar su tiempo libre a las personas mayores y enfermas, supo que aquel era su sitio: «Es una forma de ser feliz».

Desde su experiencia, Rosana confiesa que en este viaje «nosotras somos las manos de la Virgen. La Virgen se sirve a través de nosotras para que la gente con mucha fe pueda ir a un viaje como este». Personas mayores, con discapacidad, enfermos con un alto grado de dependencia e incluso personas que han viajado en camilla. «Nosotras tenemos que ser sus manos y sus pies».
Los voluntarios no solo entregan tiempo. También se costean su propia peregrinación. El viaje ronda los 400 euros para ellos, una aportación que permite abaratar el coste para los enfermos. Durante los cuatro días, los enfermos se alojan en el hospital del recinto de Lourdes, mientras los hospitalarios duermen en hostales y pasan la jornada acompañándolos en todos los actos. «Estamos en un hospital trabajando 24 horas», explica otra de las Hospitalarias, Lorena Pérez.
Auxiliar de enfermería y hospitalaria desde hace 26 peregrinaciones, Lorena empezó porque siempre le había gustado ayudar y porque la fe también tiró de ella. «La Virgen me llamó y hasta hoy». En la Hospitalidad «uno va adquiriendo compromisos. Uno de ellos es regresar cada año, estar disponible, cuidar a quienes ya conocemos y abrir los brazos a quienes llegan por primera vez».

Uno de los grandes motivos de alegría este año es la participación juvenil. La Hospitalidad lleva tiempo trabajando para hacerse más visible entre los jóvenes y el resultado se ha notado en esta edición: alrededor de 80 voluntarios de entre 15 y 18 años se han sumado a la peregrinación. Proceden de colegios como Alcaste, Marianistas, Escolapias y Maristas, además de parroquias como la de La Vid. Para los hospitalarios veteranos, ellos son el relevo necesario. Pero también algo más: una chispa.

Marta García, de 28 años, es una de esas jóvenes que un día fue invitada y no ha dejado de volver. «Me encanta ir a Lourdes porque no es un voluntariado al uso. Vamos a ver a la Virgen y a cuidar a nuestros enfermos». Para ella, poder compartir ese momento con ellos «es maravilloso». Reconoce que visto desde fuera puede sorprender que los jóvenes se impliquen en una actividad centrada en mayores, enfermos o personas con discapacidad pero «quien lo pruebe entiende pronto que es increíble darse a los demás sin esperar nada a cambio. Muchos ni siquiera te pueden dar las gracias, pero tú sabes que para ellos, tu ayuda está significando mucho».

En el andén también hay personas que se estrenan. Es el caso de María Elena, que acompaña a Ana, a quien cuida desde hace años y «es casi como familia». Las dos participan por primera vez. «Hacen años que quería hacerlo pero no había tenido la oportunidad y ahora por fin ha surgido». Ambas esperan que estos días sean «un encuentro con la madre del cielo pero también una experiencia de fraternidad junto a otros enfermos. Ana, algo nerviosa y con lágrimas en los ojos lo expresa con pocas palabras pero con una sonrisa: «Va a ser muy bonito».


