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Hielo Rioja: siete años enfriando el verano riojano

Cuando el termómetro se dispara y las terrazas se llenan hay negocios que entran en su periodo más intenso del año. Sudan de lo lindo para que otros se refresquen. Mientras miles de riojanos buscan una sombra, alguna piscina y por supuesto una bebida fría para sobrellevar las altas temperaturas, desde una nave frigorífica situada a pocos kilómetros de Logroño, en la entrada de Oyón, sale cada día una mercancía tan discreta como imprescindible: hielo.

Hielo Rioja cumple este año siete temporadas de actividad. Desde marzo de 2019 distribuye hielo por buena parte de La Rioja, Miranda de Ebro, Briviesca y numerosas localidades del entorno, prestando servicio principalmente a hostelería, alimentación, eventos y celebraciones privadas. Lo hace además en una época en la que el consumo de hielo ya no se limita únicamente a los bares.

«Cada vez nos llaman más para bodas privadas, eventos privados y conciertos», explica Iñaki, el responsable en esta empresa de que nadie se quede sin hielo cuando más aprieta la calor. Un crecimiento que ha ampliado el perfil de sus clientes tradicionales, históricamente vinculados a la hostelería y la distribución alimentaria.

Desde sus instalaciones pueden almacenarse cientos de palés de producto congelado. Allí trabajan habitualmente con tres variedades diferentes: hielo en cubito macizo, hielo picado y hielo en escama. Este último se ha convertido en una de las apuestas más recientes de la empresa.

Aunque en otras zonas de España su uso está ampliamente extendido, en el norte todavía está ganando terreno. Se utiliza para enfriar vino en fiestas populares, preparar champaneras o incluso para procesos industriales como el enfriamiento de masas en panaderías. «Este año ha sido el que más hemos vendido para fiestas donde antes utilizaban exclusivamente cubitos», explica. «El de escamas dura más para enfriar las cubiteras», reconoce.

La actividad de Hielo Rioja se apoya en una fábrica ubicada en Asturias, donde se produce el hielo mediante un proceso lento de congelación. A diferencia de otros sistemas industriales más rápidos, el cubito macizo necesita alrededor de doce horas para completarse. «Cuanto más lenta es la congelación, mejor aguanta el producto», señala Iñaki.

No todos los consumidores saben además que el hielo también tiene fecha de caducidad. Aunque puede conservarse durante largos periodos en condiciones adecuadas, los minerales y componentes presentes en el agua obligan a establecer límites temporales para garantizar la calidad del producto. «Máximo dos años», apunta.

La llegada del calor multiplica la actividad logística. La empresa cuenta con varios vehículos refrigerados y una red de reparto que cubre diariamente decenas de kilómetros. En muchos casos, además de suministrar hielo, proporciona arcones congeladores para facilitar el almacenamiento a bares, asociaciones y organizadores de eventos.

Las bodas constituyen uno de los ejemplos más curiosos. Frente a la improvisación que suele rodear otros pedidos, quienes preparan un enlace suelen planificarlo con meses de antelación. «Quien se casa te llama desde marzo», comenta entre risas Iñaki, acostumbrado a recibir reservas para celebraciones estivales mucho antes de que llegue el buen tiempo.

El verano de 2026 apenas acaba de comenzar oficialmente, pero las altas temperaturas registradas durante junio ya han adelantado parte del trabajo habitual de julio y agosto. Fiestas de fin de curso, reuniones familiares, eventos al aire libre y los primeros fines de semana plenamente veraniegos han disparado la demanda.

Una situación que obliga a estar preparados para responder con rapidez. Porque cuando aprieta el calor, hay productos que pasan desapercibidos… hasta que faltan. Y entonces se convierten en imprescindibles.

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