Uno, dos, tres… a lo sumo diez pasos. Es la distancia que tienen Alba y Xavi desde la puerta de su casa hasta un pequeño arroyo del deshielo, canalizado hasta un pequeño puente de piedra que da la bienvenida a los visitantes que se topan, casi por casualidad, con esta aldea riojana.
La puerta holandesa -típicamente serrana con la parte superior separada de la inferior que llega hasta la cintura- se abre sin prisa. Surge del interior el calor del hogar, posible gracias a una chimenea que lleva cinco meses encendida. Xavi y Alba ya pueden presumir de haber superado su primer invierno serrano, a los pies de la Demanda. Lejos queda Terrassa.
Huele a lumbre, a té recién hecho. A casa habitada. Y no es poco en una aldea que hasta hace cinco meses contaba con seis vecinos. En el interior de este espacio hogareño nada huele a provisional. Hay asentamiento. Como si aquí el tiempo hubiera vuelto a ponerse en marcha.
Estos dos catalanes recién llegados a La Rioja parecen empeñados en jugar con el tiempo. Como si sus vidas anteriores les debieran minutos. Muchos minutos. Resoplan al recordar aquel ritmo autoimpuesto que les acompañaba hasta hace apenas unos meses. Han parado ese viejo reloj que les restaba vida.
Ahora han puesto en marcha otro. Uno que suma. Minutos, horas, días, semanas. Justo enfrente de su casa, al otro lado del arroyo que baja en invierno con el deshielo del San Lorenzo, un viejo pajar les recuerda el reto que han decidido asumir juntos: donde otros se marcharon hace años porque el tiempo parecía detenido, ellos han llegado para avanzar de otra manera. Más despacio. Más conscientes. Para, por fin, mirar el reloj sin ansiedad ni frustración.

Foto: Fernando Díaz/RIOJAPRESS
«Buscábamos un cambio de vida», dicen. Está claro. De lo contrario parece complicado acabar en Zaldierna. Xavi y Alba llegaron a esta aldea de cuento el pasado 26 de diciembre. Compraron la casa en octubre, casi sin conocer el pueblo. «Fue bastante casualidad», reconocen. Venían de Barcelona, de trabajos exigentes, de días que se encadenaban unos con otros. Ella gestionaba un restaurante. Él mantenía parte de su actividad en remoto. Rutinas llenas. Horas ocupadas. Vivir para trabajar.
Los ojos de Alba reconducen la conversación, quiere mirar al presente: «Necesitaba desconectar». Y empezó por una buena pregunta: «¿Dónde me siento en casa? Ezcaray», recuerda ella. A partir de ahí, la búsqueda. Las casas. La intuición. Y una decisión que, vista desde fuera, todavía hoy genera preguntas entre sus allegados: «¿Dónde se han ido estos?»

Foto: Fernando Díaz/RIOJAPRESS
Zaldierna no estaba en el plan inicial. Apareció por el camino. «Nos enseñaron dos casas y nos gustó una». Y con ella, sin saberlo del todo, llegó el resto. Parece que no les asusta el silencio. Han hecho las paces con el ritmo vital. “Este invierno no se nos ha hecho duro: hemos vuelto a vivir con la luz del sol”.
«Hay días que no sales de casa, pero la mayoría de ellos es un no parar». Y por la tarde, ya de noche: «Leer. Pensar». Y así reconocer partes de uno mismo que, en la ciudad, quedan diluidas. «En la multitud de Barcelona no te das cuenta».
Aquí, el tiempo no empuja. Acompaña. Les mece. Y en ese cambio, casi imperceptible al principio, empieza una transformación. También en la forma de relacionarse. «El primer día nos trajeron el desayuno», recuerdan. Al siguiente, otro vecino apareció con pan. Luego, ayuda con la mudanza. Gestos pequeños que, sumados, construyen algo que en la ciudad parece excepcional. «En Barcelona llevábamos cuatro años con vecinos enfrente y no habían abierto la puerta».

Foto: Fernando Díaz/RIOJAPRESS
Aquí sí. «Aquí tenemos mucha más vida social con mucha menos gente», resume Xavi. Es el resumen de su nueva vida en contraposición a lo que han querido dejar atrás: «Para conocer a tanta gente como aquí, en Barcelona nos costaría un año».
La vida, de repente, sucede de otra manera. Sin agenda. Sin planificación excesiva. “Todo surge”, dicen. Una cerveza un martes. Una cena improvisada. Una conversación que se alarga sin mirar el reloj. «Él sale a correr», dice Alba, «y ahora estoy bajando a Santo Domingo a jugar a padel», apostilla Xavi. Como en Barcelona, pero a diez minutos. Sin tener que planificarlo tanto. Ganarle muchos minutos a su reloj vital.
En Barcelona, cada minuto parecía restar. Jornadas largas, desplazamientos, cansancio acumulado. Llegar a casa y no tener energía para nada más. «No nos daba tiempo», reconocen.
Aquí, lo cotidiano se suma a su reloj. Y desde ahí empiezan a tener ideas. Sin urgencias. «¿Animales?». «A ver, yo quiero ovejas», dice ella. «Gallinas», remarca él, como queriendo empezar por algo más pequeño, quizás más manejable. Juntos.

Foto: Fernando Díaz/RIOJAPRESS
Pero su idea es trasladar a este nuevo contexto lo que ya venían trabajando: experiencias en torno al vino, a la gastronomía, a las personas. «Que mi casa sea la tuya», resume Alba. Encuentros pequeños, producto cercano, historias detrás de cada botella. Un proyecto que encaja casi de forma natural en el lugar en el que han decidido quedarse.
Tampoco tienen certezas absolutas. Apenas llevan unos meses. Pero sí una sensación compartida. «Estamos súper a gusto», repiten. «Los días pasan súper rápido». «¿Y los suyos, qué opinan de todo esto?».
No les sorprendió, como dicen, que «alucinaran». «Hasta que vinieron a Zaldierna». A celebrar el final de año. Y volvemos al principio, a esos poco más de diez pasos que existen entre la puerta de su casa y el arroyo invernal que baja desde la cumbre buscando el Río Oja. «Sacamos aquí afuera todo lo necesario para hacer un buen arroz». Y brindaron. Y allí, entre la casa y su nuevo arroyo, empezaron a sumar: «Hay noches en las que abrimos las ventanas para escuchar el sonido del agua».


