«Un puñado de cerezas y luego me pones media docena de patatas. ¿Te queda aún alguna coliflor?». Pili va llenando el carro de la compra con algún que otro albaricoque también. Mucho color y mucha variedad. Es verano y la clientela sabe que la huerta está en su máximo esplendor, así que en el comercio de Frutas García el tránsito de personas es constante desde primera hora de la mañana.

Rubén García, a las puertas de su comercio en Avenida de Colón.
Rubén García, el responsable de este establecimiento logroñés ubicado en Avenida de Colón, recalca que además de vender su labor se centra en «asesorar al cliente para garantizar su confianza».

«En este tipo de comercios prima la calidad y el producto diferente porque buscas lo mejor de lo mejor. Pero, sobre todo, prima el trato con tu público porque lo más importante es la cercanía. No estamos aquí para un día, así que creamos esa relación de confianza en la que el cliente sepa que le ofrecemos el mejor producto. A partir de ahí tu ya fijas tu margen de precios en función de los productos, ahí está tu valor», explica.

En ese propósito de aconsejar al cliente de aquello que de verdad merece la pena siempre chocan con las demandas que no siguen los ritmos de las temporadas agrícolas: «Tenemos clientes que comen todo el año mandarinas, pero es que ahora esta fruta llega de Turquía, de Sudáfrica o de otros países, mientras que tenemos cerezas o albaricoques que son de aquí, de La Rioja. O melones y sandías nacionales, con estos días de calor… Ahora puedes comer prácticamente de todo durante todo el año, pero nosotros seguimos apostando por un consumo sujeto a la estacionalidad de los productos y, cuanto más próximos, mejor».
La huerta de la ribera riojana y navarra es su principal proveedor, aunque la huerta de Varea es su origen. Allí, con la herencia de una familia agricultora, decidieron dar el paso a la venta directa como una opción para dar salida a toda la fruta y verdura que producían. Y así, tres décadas después, han consolidado el negocio.

«Ellos depositan su confianza en nosotros y nosotros hacemos lo propio aconsejándoles aquello que es de temporada o no. ‘Mira, no te lleves esto, llévate mejor lo otro’. Ahora, por ejemplo, es buena época para comprar alubia verde, calabacín o pimiento, que tenemos de aquí», apunta García mientras sigue despachando a los clientes que se van agolpando alrededor del mostrador.

Florín Alin Salistean, en el interior de su establecimiento en Logroño.
A pocos metros de distancia, Florín Alin Salistean rellena parte de las barcas que han ido vaciándose a lo largo de la mañana. Su jornada ha comenzado de madrugada con la primera visita a Merca Rioja y otros almacenes mayoristas para cargar género. Para cuando abre su comercio de Avenida de la Solidaridad, a las nueve de la mañana, ya lleva media jornada de trabajo. «Y aún queda por delante todo el día, atendiendo a la clientela, reponiendo y, al final, volviendo a recoger todo en las cámaras».
Son días de ajetreo desde las primeras horas de mañana. «El calor de estos días hace que la gente venga a primera hora; algunos aparecen aquí incluso media hora antes de de la apertura». Además, el tradicional ‘éxodo’ que se produce en verano hacia los pueblos obliga a muchos vecinos de la capital a proverse de género para varios días, así que a veces las compras ganan en volumen.

Salistean lleva 15 años regentando el negocio de frutas y verduras, doce de ellos ocupando el local del número 22 de esta céntrica calle logroñesa. Coincide con García en que la clave de que este tipo de comercios de barrio sigan sobreviviendo es la calidad del producto y el trato al cliente. «Conozco a la mayoría de gente que entra a comprar, son público habitual, así que casi siempre sé lo que quieren y, lo más importante, cómo lo quieren. Pero esta relación de confianza se forja con el paso de los años».
Incide en que su modelo de negocio no puede competir con las grandes superficies porque «no ofreces lo mismo que ellas, por lo que los precios tampoco pueden ser iguales». Apuesta por un «término medio» para mantener en funcionamiento la tienda: «Ni tirar los precios ni todo lo contrario, porque si no cierro en dos días. Al final si tienes buen género lo tienes todo porque la gente que viene es lo que demanda. Yo traigo a diario verdura de la huerta de aquí, de La Rioja, y soy yo quien va al mercado a elegir el género que me gusta, nadie me lo trae a la tienda, así que lo que vendo es lo que previamente he seleccionado yo».

Por si fuera poco, este comerciante mantiene una de las prácticas habituales de los comercios de barrio: ejercer como recepcionistas de los paquetes que sus vecinos (y clientes) no pueden recoger en el momento en que el repartidor llega a sus casa. Algo irónico, si cabe, y es que la compra ‘online’ convive en este caso en estrecha relación con la compra local. «Me ha dicho Maite que te deje aquí este paquete, que luego se pasa a por él». Y así, «prácticamente a diario», asegura Salistean. «Ya me ofrecieron poner un punto de recogida de paquetería, pero bastante trabajo tengo yo aquí atendiendo a los clientes que vienen a por fruta y verdura como para encargarme también de los que vienen a recoger paquetes», ríe.
Reconoce que estos quince años dedicados al negocio «han pasado muy rápido». «Si pienso ahora en empezar otra vez, creo que me lo pensaría dos veces porque fíjate la cantidad de comercios que cierran a diario. Cada vez es más complicado, así que toca meter horas y estar siempre al servicio del cliente para darle lo mejor».


