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Colgados sobre Matapiñonera: el doble ascenso de dos aficionados de la UD Logroñés

Dos estudiantes riojanos sin entrada acabaron viendo la final de la UD Logroñés desde la azotea de un edificio, a unos 50 metros del altura, junto a Matapiñonera

No se llaman Unai ni tampoco Eduardo. Pero en honor al entrenador de su equipo y al goleador que ha pasado a la historia de la UD Logroñés, y por salvaguardar sus respectivos anonimatos -quieren ser personas de provecho-, a estos dos futuros ingenieros riojanos les vamos a llamar por los nombres de dos de los héroes del ascenso, que en el caso de estos dos aficionados fue doble: el que precisaron para ver el partido en una escalada de casi 50 metros de altura y el que consiguieron junto a su equipo que jugará la temporada que viene en Primera Federación.

Unai (por Mendia) estudia Ingeniería Civil; Eduardo (por Cabetas) cursa un máster de Ingeniería Industrial. Tienen 23 y 24 años, respectivamente. Y hasta el pasado sábado no sabían lo que era ascender. «No pudimos ir al ascenso en La Rosaleda». Y tenían claro, que «éste no nos lo íbamos a perder por nada en el mundo». Al final, tras una aventura repleta de ingenio y algo de fortuna, vieron el partido desde un lugar privilegiado y único: el cielo de Madrid a sus espaldas y el ascenso de su equipo a sus pies.

Vistas que tuvieron estos dos aficionados durante el partido del sábado.

Lo primero es que no consiguieron entrada para Matapiñonera. Tampoco es que madrugaran para conseguirlo. Llegaron al estadio sobre las 18:00 horas, cuando el partido comenzaba a las 19:00 horas. Rechazaron comprar abonos revendidos por 40 ó 50 euros. Descubrieron que algunos aficionados estaban pagando entre 150 y 200 euros a vecinos de la finca que hace de fondo sur de la instalación para ver el partido desde terrazas y áticos.

«Somos estudiantes», y no tienen un clavel, mucho menos para el nivel de Madrid. «Salvo para una botella de vino blanco y otra de vino tinto». Así que decidieron buscarse una alternativa por su cuenta. «Fuimos a la zona donde había otros seguidores riojanos sin entrada, pero se veía por una rendija tan diminuta que coincidimos los dos en que eso no era ver el partido más importante de nuestras vidas». Había que resolverlo. «Desde ahí, justo enfrente, al otro lado del campo, se veían camisetas blancas y rojas en los balcones y dijimos: joder, qué envidia». Y sus cabezas de ingenieros se pusieron a cavilar.

Hueco por el que dicen accedieron a la azotea para ver el partido.

Dieron una media vuelta al estadio, y agudizaron sus sentidos. «Llevábamos ya una botella de blanco para el cuerpo». Bajo el poder revitalizante de la uva riojana, su capacidad de observación mejorada y su decisión inquebrantable vieron clara su oportunidad. «Un repartidor del KFC llamaba para entrar en la finca». Le siguieron. Así es como entraron en el enorme complejo residencial junto al estadio en el que su equipo se estaba jugando un ascenso.

Subieron sin pensarlo hasta la azotea. «La puerta del cuarto de ascensores tenía la llave puesta». Menuda suerte. Además, saben de estructuras, conocen los edificios, y analizaron sus debilidades -estaban de obras-, para así sacar partido a sus puntos de acceso. De algo deben servir ahora mismo sus estudios. Estaban convencidos de que iban a poder ver a su equipo. Pero las cosas hay que hacerlas bien. Inspirados en Mortadelo y Filemón, tomaron prestados los cascos de obras y unas mangueras que los operarios habían dejado ahí hasta el lunes. «Pretendíamos pasar desapercibidos para el resto de vecinos». En su cabeza sonaba genial, pasado el tiempo reconocen que ver a un operario trabajar un sábado a esas horas sí que era raro, quizás incluso más que «si veían a dos aficionados intentando colarse en un edificio para ver a su equipo». Es más, «una vez arriba algún vecino nos saludó desde la ventana tan sorprendido como sonriente».

Se colaron a través de una pequeña apertura junto al cuarto de ascensores. Casi estaban arriba del todo. A unos 50 metros. «Desde arriba se veía el ‘skyline’ de Madrid y el atardecer. Era muy bonito». Desde ahí siguieron el partido, desde la cubierta del edificio, rodeados de máquinas de aire acondicionado. Brindaron con la botella de vino tiento. Vieron todo el encuentro, aunque no pudieron ver ninguno de los dos goles porque se marcaron en la portería que quedaba oculta. «Tampoco os podemos decir si fue o no penalti», reconocen.

Eso sí, celebraron el ascenso ondeando sus camisetas desde la azotea. Aseguran que probablemente nadie vio el partido desde una perspectiva igual. «Modo película de Misión Imposible». «No vamos a olvidar nunca este partido». Para que luego digan que si el fútbol… No es solo fútbol, es la vida. «Vamos a poder contar una historia cojonuda cuando seamos mayores».

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