La Rioja

La generación atrapada en casa de sus padres: «Es casi imposible»

Jóvenes con empleo y estudios ven cómo el precio de la vivienda bloquea su emancipación

Durante mucho tiempo se dio por hecho que el camino era casi automático: estudiar, trabajar, esforzarse y, tarde o temprano, poder independizarse. Pero esa promesa se ha roto para una parte enorme de los jóvenes. Los precios de la vivienda y de los alquileres —a veces directamente imposibles de encontrar o de pagar— han convertido la salida del hogar familiar en una carrera llena de obstáculos. Hoy son muchos los que, pasados los 25, los 30 o incluso los 35 años, siguen viviendo con sus padres no por comodidad, sino por falta de alternativas reales.

La paradoja golpea especialmente a los millennials y a la generación Z. Son dos generaciones más formadas que las anteriores, con estudios, idiomas, experiencia fuera y empleo. Pero tener trabajo ya no garantiza poder pagar una casa. Los sueldos no avanzan al mismo ritmo que los alquileres, la capacidad de ahorro se estrecha y la entrada para comprar una vivienda se convierte en una montaña casi imposible de escalar sin ayuda familiar.

Los datos dibujan el mismo bloqueo que relatan sus protagonistas: cerca del 70 por ciento de los jóvenes menores de 34 años vive con sus padres; la tasa de emancipación entes de los 30 años ronda apenas el 16 por ciento, muy por debajo de la media europea; y, en términos generales. Es fácil encontrarlos, pero no siempre quieren hablar. Hay frustración, cansancio y también una culpa que no les corresponde. Han hecho lo que se les pidió: formarse, trabajar, intentar ahorrar. Pero la vivienda, hoy, es otro cantar.

Esther:»Tienes la sensación de que todo te arrolla»

Esther está a punto de cumplir 40 años, es licenciada en Ciencias del Deporte, hizo el máster de Profesorado y ahora trabaja como profesora de Educación Física. Desde los 18 hasta hace unos años ha vivido de alquiler, compartiendo piso para abaratar gastos, lo que le permitió mantenerse fuera de casa, pero no ahorrar lo suficiente. «Ha sido bastante complicado ahorrar porque tenía que pagar el piso de alquiler todo el rato», resume.

Hace año y medio volvió a casa de sus padres porque era, en la práctica, la única forma de empezar a guardar dinero. Lo agradece porque la vivienda familiar es grande y le permite cierta independencia, pero no deja de vivirlo con frustración. «Tengo 40 años, he hecho lo que se suponía que tenía que hacer», lamenta. Aún ahorrando más que nunca, sigue lejos de poder dar la entrada para una vivienda en Rincón de Soto, donde busca casa. «Es bastante frustrante porque sientes que llevas muchos años trabajando en mil trabajos, en varios a la vez», explica. Y el horizonte tampoco ayuda: si ahora logra ahorrar, teme que dentro de unos años los precios hayan vuelto a subir y tenga que empezar de nuevo. «Es como que nos va arrollando un poco la vida», resume.

Dani: «Estás bien pero llega un momento…»

Daniel está a punto de cumplir la treintena. Estudió Derecho, cursó el máster de Abogacía, lleva años trabajando y ahora está empleado en la administración pública. Sobre el papel, su trayectoria debería permitirle iniciar una vida independiente, pero la realidad es otra. “Me parece imposible en estos momentos poder independizarme”, resume. Sigue viviendo con sus padres porque el alquiler en Logroño se ha convertido en una barrera casi infranqueable.

El problema, explica, no es la falta de empleo, sino el precio y la escasez de vivienda. “He vivido en ciudades más grandes en otros países y el precio del alquiler no tiene nada que ver con lo que estamos viendo aquí”, señala. No encuentra nada por debajo de los 700 euros, una cantidad que supone prácticamente la mitad de un sueldo. Comprar tampoco le parece una salida sencilla, porque su vida laboral puede cambiar en cualquier momento: hoy está en Logroño y mañana podría acabar trabajando en Madrid. Por eso, como muchos jóvenes, ve el alquiler como la opción lógica, aunque ahora mismo resulte casi imposible.

La convivencia con sus padres es buena, pero Daniel reconoce que llega un punto en el que uno necesita su propio espacio. “Logroño siempre ha sido casa y con mis padres estoy bien, pero llega un momento en el que quieres independencia”. No se trata solo de tener una habitación, sino de no dar explicaciones, entrar y salir con libertad, decorar a tu manera o sentir que hay un lugar verdaderamente propio. Su diagnóstico es claro: “Estamos dejando las ciudades para viviendas turísticas y así nos va a los jóvenes”.

Marina: «Mis padres a mi edad ya nos tenían a las tres hermanas»

Marina estudio Magisterio y ha ido combinando estudios y empleo siempre que ha podido, especialmente en verano, para sacar algo de dinero extra. Ahora continúa formándose con máster, títulos de inglés, menciones educativas y la preparación de oposiciones. Aun así, lo ve claro: “Ahora mismo veo imposible independizarme, y menos sola”.

Su diagnóstico resume muy bien la paradoja actual: para muchos jóvenes resulta más fácil encontrar trabajo que encontrar un piso. Marina vive con sus padres y eso le permite ahorrar algo, pero sabe que sin esa red familiar sería mucho más difícil plantearse una compra o incluso un alquiler. Ha empezado a mirar viviendas en Logroño, donde le gustaría vivir, pero la conclusión ha sido rápida: “Está todo carísimo”. En su entorno ocurre algo parecido. Las amigas que se han independizado, en su mayoría, lo han hecho en pareja; hacerlo con un solo sueldo parece prácticamente inasumible.

La situación genera también una carga emocional difícil de explicar. Marina mira a la generación de sus padres y ve una distancia enorme: ellos, con poco más de veinte años, ya habían iniciado una vida independiente y habían formado una familia. Ella, en cambio, no se imagina dando ese paso ni ahora ni dentro de pocos años si el mercado sigue igual. «Con 30 años se supone que la gente empieza a formar su vida y cada vez es más complicado», lamenta. La convivencia en casa es buena, pero crecer también implica necesitar espacio propio, libertad para entrar y salir, tomar decisiones y no tener que dar explicaciones por todo. Ahí aparece otra forma de frustración: no solo no poder pagar una casa, sino sentir que una etapa vital se queda en espera.

Ángela: «Es imposible comprar»

Ángela trabaja por cuenta propia, está especializada. Trabajo no le falta. El problema es que eso, hoy, ya no garantiza casi nada. «Mucho trabajo sí que hay, pero aun así llega fin de mes y estás ahogada», resume. Vive de alquiler con su pareja desde hace poco tiempo y, pese a que ambos trabajan, la posibilidad de comprar una vivienda les parece directamente «inviable». El alquiler, la luz, el gas, la compra semanal y el resto de gastos dejan un margen mínimo: «Igual llegas a ahorrar al mes cien euros. Con eso no haces nada».

El problema, explica, no es solo pagar una casa, sino todo lo que se queda por el camino para poder hacerlo. En su caso, quiere montar su propia clínica, pero sabe que quizá tenga que dejar el alquiler y volver a casa de sus padres para ahorrar lo suficiente. «Tienes que elegir entre a lo que quieres llegar laboralmente o tener una casa», lamenta. A su alrededor ve situaciones parecidas: amigas que ni siquiera se plantean emanciparse, jóvenes que trabajan pero siguen en el domicilio familiar para poder guardar algo de dinero, parejas que llegan justas a final de mes y personas solas para las que un alquiler medio de 700 euros en Logroño resulta inasumible.

La sensación que deja su relato es la de una generación atrapada entre dos exigencias: sostener el presente y preparar el futuro. Para acceder a un alquiler se piden fianzas, ingresos suficientes y garantías; para comprar, una entrada que obliga a años de ahorro; para emprender, otro colchón económico que casi siempre exige renunciar a la independencia. «Si digo que no a dos pacientes, ya se me ha fastidiado el mes», explica Ángela, que incluso reconoce haber tenido que pedir ayuda puntual a sus padres durante estos meses. La vivienda deja así de ser solo un problema inmobiliario y se convierte en un freno vital: condiciona el trabajo, la salud mental, la maternidad, el ocio, la capacidad de montar un negocio y hasta la posibilidad de imaginar un proyecto propio sin miedo a que todo se caiga si falla un ingreso. «Cuando me fui a Barcelona a estudiar hace unos años un alquiler en Logroño costaba unnos 400 euros, unos años más tarde no encuentras nada por debajo de los 700», cuenta.

Marta: «Me han tenido que pagar hasta el teléfono»

Marta tiene 27 años. Estudió un grado universitario, vivió un año en el extranjero y, nada más regresar a España, encontró un trabajo fijo. Sobre el papel, su trayectoria encaja con ese relato que durante años se repitió a toda una generación: formarse, salir fuera, aprender idiomas, volver, trabajar y empezar una vida propia. Pero el último paso, el de encontrar una vivienda para independizarse, ha resultado bastante más complicado que todo lo anterior.

En unos meses le darán las llaves de su piso, pero para llegar hasta ahí ha tenido que pasar tres años viviendo en casa de sus padres y destinando prácticamente todo su salario al ahorro. No ha sido una elección cómoda ni una etapa especialmente deseada, sino la única forma realista de reunir una entrada suficiente para comprar. Durante ese tiempo, sus padres asumieron buena parte de sus gastos cotidianos para que pudiera guardar cada mes la mayor cantidad posible. «Me han pagado hasta el teléfono, me daba vergüenza», reconoce.

Después de tres años “ahorrando el sueldo íntegro”, Marta ha conseguido meterse en una vivienda. Lo cuenta con alivio, pero también con una cierta sensación de injusticia. Porque no habla de una persona sin empleo, sin estudios o sin estabilidad, sino de una joven con trabajo fijo que aun así ha necesitado una red familiar muy fuerte para poder dar el paso. Sin ese apoyo, admite, «probablemente seguiría sin poder acceder a una casa propia».

Eduardo: Dos trabajos, dos personas y casi imposible

Eduardo tiene 36 años y su caso demuestra que el problema de la vivienda no afecta solo a quienes acaban de empezar su vida laboral. Es autónomo, trabaja en el sector audiovisual y cuenta además con un empleo estable en el Teatro de San Adrián, pero hasta pasados los treinta no pudo plantearse salir de casa de sus padres con cierta tranquilidad. «No había un colchón ni una solvencia para decir: me puedo ir sin preocuparme», resume.

La situación se complica porque tanto él como su pareja son autónomos. Durante un tiempo vivieron de alquiler, pagando unos 500 euros al mes, una cantidad que sentían como dinero perdido porque no les acercaba a tener una vivienda propia. Ahora han encontrado una opción de alquiler con compra, aunque también con condiciones muy exigentes: plazos más cortos y una carga económica que, sumando cuotas, comunidad y gastos, se lleva prácticamente uno de los dos sueldos.

La pareja ha podido dar el paso porque ambos trabajan mucho y combinan varios empleos. Aun así, Eduardo reconoce que han tenido suerte al encontrar lo que considera «un chollazo», porque el mercado ofrece pocas alternativas asumibles. «Si hubiese alquileres como antaño, baratos, dices: me meto un par de años de alquiler y voy ahorrando. Pero ahora eso es imposible», lamenta. Su historia resume otra cara del problema: hoy no basta con trabajar, ni siquiera con tener varios ingresos; acceder a una vivienda exige ayuda familiar, pareja, estabilidad, suerte y una oportunidad que no siempre aparece.

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