Francisco José Caparroso y Argui ya han vuelto a España. Atrás queda Venezuela, La Guaira, el polvo pegado al cuerpo, las comunicaciones imposibles y esos días en los que cada vídeo que llegaba desde el terreno parecía abrir una pequeña ventana a una misión durísima.
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El binomio riojano, perteneciente a la Unidad Canina de Rescate de La Rioja, se integró en el dispositivo internacional coordinado para apoyar las labores de búsqueda tras la catástrofe. Venezuela supera ya los 2.600 fallecidos y los 11.200 heridos, y la magnitud del desastre ha obligado a movilizar a equipos de distintos países con un objetivo tan frágil como necesario: seguir buscando supervivientes bajo los escombros (ahora ya prácticamente imposible). Caparroso y Argui viajaron hasta La Guaira junto a la ONG Búsqueda y Rescate Integral en Emergencias, Briegal, formada por bomberos de A Coruña y Ferrol y técnicos sanitarios.

Los primeros días estuvieron marcados por la llegada al terreno, la organización de los equipos y el reconocimiento de unas zonas completamente quebradas. Edificios colapsados, estructuras inestables, hierros retorcidos, polvo, cascotes y accesos complicados fueron el escenario de trabajo desde el inicio. La misión consistía en entrar donde una persona no podía hacerlo con seguridad, avanzar sobre ruinas y localizar señales de vida o restos. Ahí, Argui volvió a ser imprescindible. Su olfato, su agilidad y su capacidad para marcar puntos concretos en medio del desastre la convirtieron en una pieza clave dentro del operativo.
Con el paso de las jornadas, la búsqueda se hizo cada vez más dura. Las posibilidades de encontrar personas con vida disminuían, pero la esperanza no desaparecía del todo. Los equipos seguían trabajando porque, incluso cuando el tiempo juega en contra, los rescates milagrosos también se producen. En La Guaira hubo operaciones que mantuvieron viva esa mínima posibilidad, como la localización de un hombre con vida después de varios días atrapado bajo toneladas de escombros, un rescate que movilizó durante horas a decenas de efectivos y recordó por qué nadie quería abandonar demasiado pronto.

Pero el trabajo también dejó huella en Argui. Durante la misión, la pastor belga malinois sufrió varias heridas al moverse entre cristales, ferralla, cemento roto y superficies irregulares. Las imágenes difundidas mostraron cómo tuvo que ser atendida antes de continuar, ya con una extremidad vendada. No fue una incidencia extraña en este tipo de emergencias, donde los perros de rescate trabajan con una intensidad enorme y en terrenos especialmente agresivos. Tras la cura, Argui pudo seguir junto a Caparroso y con otros perros del equipo, como Kenia y Sidny.
A medida que han avanzado los días, el calor extremo, la humedad y el desgaste físico empezaron a hacer mella tanto en los rescatistas como en los animales. La Guaira seguía marcada por el caos, con desplazamientos lentos, zonas de difícil acceso y edificios que aún podían venirse abajo. Los vídeos que llegaban desde allí mostraban a los equipos moviéndose entre ruinas, organizando nuevas búsquedas, protegiendo a los perros y tratando de ganar seguridad en un entorno que cambiaba a cada paso. No había descanso fácil. Tampoco margen para bajar la guardia.

En medio de la destrucción, también aparecieron gestos profundamente humanos. Vecinos que habían perdido casi todo ofrecían agua, comida o cualquier ayuda posible a quienes habían llegado desde miles de kilómetros para buscar a los suyos. Esa imagen, pequeña pero poderosa, acompañó también la misión de Caparroso y Argui: la de una tragedia inmensa sostenida por manos que seguían tendiéndose unas a otras, incluso cuando alrededor apenas quedaban paredes en pie.
Argui no llegaba nueva a un escenario así. Junto a Caparroso ya había intervenido en emergencias de enorme dificultad, como los terremotos de Turquía y Marruecos o la dana de Valencia. Venezuela ha sido una nueva página en esa trayectoria de primera línea silenciosa, la que no siempre ocupa grandes titulares pero trabaja donde el suelo todavía cruje y cada hora pesa. Ahora, de vuelta en España, ambos regresan con el cansancio de una misión extrema y con la certeza de haber hecho lo que fueron a hacer: buscar, insistir y no rendirse mientras quedara una mínima posibilidad.
La historia de Caparroso y Argui en Venezuela no deja una épica fácil. Deja polvo, calor, vendas, cascos, correas y una perra riojana olfateando entre los restos de una tragedia. Deja también el relato de unos días que se sucedieron entre la esperanza y el agotamiento, entre la urgencia de encontrar vida y la dureza de asumir la magnitud del desastre. Ya están de vuelta, sí, pero lo vivido en La Guaira queda como una de esas misiones que no se cierran del todo al aterrizar.


