La carretera de vuelta de Torrent parece no terminar nunca. O quizás somos nosotros los que no queremos que termine. Han pasado ya tantos años que uno empieza a mezclar imágenes, conversaciones y derrotas como quien rebusca fotografías antiguas dentro de una caja de zapatos. Pero hay otros recuerdos que siguen intactos. Como el calor pegajoso de aquella tarde valenciana, con el bochorno final dentro de aquel recinto deportivo.
La sensación de que algo raro estaba pasando perdura: Félix Revuelta comprando agua para sus jugadores; el 0-1; la extraña lesión de Pulido Santana; la decisión de seguir jugando (de todo se aprende); ese otro árbitro que surge desde la grada como si aquello fuera una película de Berlanga rodada entre descampados y cabinas de teléfono abandonadas. Los penaltis pitados. El desconcierto. Los insultos. La certeza, mientras arreciaba la tormenta, y finalmente la sensación de que a la UD Logroñés no le había eliminado únicamente el Huracán Valencia, sino una de esas tardes grotescas que el fútbol reserva para los sitios donde parece que nunca puede ocurrir nada normal.
Y sin embargo, ahí empezó algo, un nuevo camino. Está claro que la historia de la UD Logroñés no la escriben sus ascensos. Más bien lo hace la extraña capacidad que está teniendo este club para fabricar recuerdos colectivos incluso en medio del desastre. Ahí reside probablemente su mayor victoria. Mucho más importante que cualquiera de las que aparecen en los balances deportivos de los últimos años.

La larga ovación tras la eliminación ante el Hércules CF. Foto: Eduardo del Campo
Este domingo, comienza, otra vez, un nuevo playoff. El séptimo en diecisiete años. Y resulta fascinante detenerse un momento a pensar lo que significa eso para un club tan joven y al mismo tiempo tan viejo emocionalmente. Porque la UD Logroñés nació hace relativamente poco, pero arrastra sobre sus espaldas varias vidas futbolísticas, demasiadas nostalgias y una presión histórica aceptada por un proyecto que todavía sigue intentando descubrir exactamente qué quiere ser de mayor.
El rival ahora es el Getafe B. Otro filial. Otra ciudad deportiva. Otra eliminatoria lejos de los grandes escenarios que durante un par de décadas ocuparon el imaginario del fútbol riojano. Apenas sesenta entradas para la afición visitante. Otra vez muchos viendo el partido desde casa. Otra vez esa sensación de provisionalidad permanente que acompaña a este club desde hace años, como si nunca acabara de asentarse del todo en ninguna categoría, en ninguna realidad competitiva, en ninguna emoción estable.
Aun así, Las Gaunas volverá a empujar, su estadio será decisivo. La UD Logroñés lleva un lustro acumulando decepciones deportivas. Cinco años sin alcanzar los objetivos que ella misma se ha marcado como todo club referente. Tres temporadas consecutivas en Segunda Federación. Entrenadores que van y vienen. Directores deportivos que llegan con prestigio y se marchan erosionados. Plantillas construidas para ascender que acaban tropezando en campos imposibles, sumergidas en el barro competitivo, afectadas por una ansiedad que ya parece estructural.
Y pese a todo, la gente sigue ahí. Quizás porque el aficionado de la UD Logroñés ya no acude únicamente al estadio para ver fútbol. Va para reencontrarse consigo mismo. Con los recuerdos acumulados durante todos estos años. Con el amigo que conoció en un desplazamiento. Con el hijo al que llevó por primera vez a Las Gaunas. Con aquella noche interminable en Castellón después de eliminar al Villarreal B mientras el Real Madrid celebraba una nueva Copa de Europa ante el Atlético. Ha llovido desde entonces. Recodar la ovación eterna en Las Gaunas tras caer ante el Hércules, o la pantalla gigante del Palacio durante el playoff ‘secuestrado’ en Ferrol. Reencontrarse con el silencio fantasmal de La Rosaleda durante la pandemia mientras Miño detenía aquel penalti que devolvía a La Rioja al fútbol profesional.

FOTO: EFE/ Raquel Manzanares.
Ascender a Segunda División después de veinte años justo cuando nadie podía salir de casa tiene mérito. Lograr el sueño colectivo en el momento menos colectivo imaginable es muy de la UD Logroñés, a buen seguro puro fútbol riojano. Las calles vacías. El estadio vacío. Los abrazos prohibidos. Como si este club estuviera condenado incluso en sus mayores alegrías a convivir con cierta melancolía. El fútbol no debe nada a nadie. El fútbol, fútbol es. Pero la UD Logroñés sí que debería cobrarse alguna deuda pendiente que tiene con este deporte.
A veces pienso que la UD Logroñés se parece muchísimo a La Rioja. Muchísimo más de lo que parece. Tiene ambición. Tiene orgullo. Tiene memoria. Tiene cierta necesidad constante de validación exterior. Y también arrastra un complejo difícil de gestionar entre lo que fue el viejo Logroñés, lo que se cree capaz de ser y lo que realmente es hoy. La UD Logroñés existe, pero no es…
Seguimos discutiendo demasiadas veces sobre el pasado mientras en otros lugares construyen el futuro. Pesa muchísimo. La UD Logroñés ha pasado diecisiete años intentando construir una identidad propia mientras convivía con la nostalgia de una ciudad incapaz de cerrar del todo el duelo por la desaparición, también en silencio, del Club Deportivo Logroñés. Y aun así, poco a poco, lo ha ido consiguiendo. No del todo. Nunca de manera completa. Le falta la división, no la categoría. Lo suficiente para movilizar a miles de personas incluso en la cuarta categoría del fútbol español.

Lo fácil habría sido desaparecer emocionalmente después del descenso de Primera Federación. Lo lógico, incluso. Que la gente se cansara. Que abandonara. Que dejara de creer. Pero ocurrió justo lo contrario. Ahí siguen casi cuatro mil personas empeñadas en acompañar a este club por ciudades deportivas imposibles, por eliminatorias enredadas -como la próxima- desde un principio, a través de domingos heladores recorriendo la Segunda Federación como si en ello les fuera algo más importante que un simple ascenso.
Porque el fútbol, cuando de verdad importa, habla de pertenencia. De sentirse parte de algo reconocible en un mundo cada vez más líquido, más rápido y más desarraigado. Por eso los playoffs dejan imágenes tan poderosas. Aquel sonido a estadio de verdad cuando la UD Logroñés eliminó al Badajoz en un nuevo intento de ascenso a Segunda División. Los trescientos riojanos sufriendo bajo el sol de Villarreal. La tormenta ante el Guijuelo en forma de expulsión de Titi en la primera jugada del partido. La grada llena frente al Marbella. La gente esperando un ascenso como quien espera una pequeña reparación sentimental después de demasiados años de incertidumbre.
Quizás por eso emociona tanto este nuevo intento. No importa únicamente la categoría. Lo que realmente está en juego es otra cosa. La posibilidad de volver a ilusionarse colectivamente. De reconstruir una cierta autoestima futbolística regional. De sentir, aunque solo sea durante unas semanas, que el fútbol riojano todavía puede generar un relato propio y reconocible.
El Getafe B será dificilísimo. Claro que lo será. Como lo fue el Villarreal B. Como el Sevilla Atlético. Como el Hércules. Como todos. Los filiales juegan bien. Corren. Atacan. Parecen laboratorios modernos del fútbol contemporáneo frente a clubes históricos que cargan sobre sus hombros demasiada memoria. Y sin embargo, a veces, el fútbol sigue permitiendo pequeñas rebeliones sentimentales.

FOTO: Riojapress.
La UD Logroñés ya ganó una vez en Villarreal cuando parecía imposible. Ya llenó Las Gaunas cuando muchos aseguraban que eso jamás volvería a ocurrir. Ya regresó al fútbol profesional cuando el fútbol riojano parecía definitivamente condenado a la irrelevancia.
Por eso este playoff importa tanto. Porque en realidad no va únicamente de ascender a Primera Federación. Va de seguir creyendo que merece la pena intentarlo otra vez. Incluso después de tantos golpes. Incluso después de tantas decepciones. Incluso cuando la lógica invita al cansancio.
Y quién sabe. Quizás dentro de unos años alguien recuerde lo que pueda suceder este próximo domingo en Getafe como hoy seguimos recordando Torrent, Villarreal, Badajoz, Alicante, Málaga, Ferrol o Guijuelo. Así funcionan los clubes de fútbol. Así se construyen las memorias colectivas. A través de pequeños momentos que terminan explicando épocas enteras.
La carretera de regreso de Torrent no acaba nunca. Aquí seguimos. Esperando llegar a algún sitio.


