Lección aprendida esta semana: los asistentes a un congreso lucen sus acreditaciones colgando del cuello como si fueran medallas de guerra. Recordatorio de esta semana: no hay nada que le guste más a un periodista que hablar de periodismo. Ni siquiera escribirlo. Hablarlo. Diseccionarlo. Retorcerlo. Desmenuzarlo. Incluso destrozarlo. Como si fuéramos personajes secundarios de ‘The Newsroom’, pero sin presupuesto y con más barra de bar. El congreso de editores de CLABE en Logroño fue exactamente eso. Un parque temático de la profesión. Allí estábamos, felices, escuchando a gente que ha conseguido lo que todos perseguimos: que esto funcione, el invento no se caiga y las noticias paguen las facturas.
Aprendí de Marc Basté y su maquinaria catalana bien engrasada, donde medios como ‘Nació Digital’ o el ‘Diari de Sabadell’ parecen haber encontrado la fórmula de la Coca-Cola en versión CMS. Vi cómo Eric y Virginia manejaban una tecnología que multiplica páginas vistas en un abrir y cerrar de ojos. Escuché a Saúl y Daniel hablar de publicidad programática con esa mezcla de fe y resignación del que cree que el algoritmo manda más que el director. Y de fondo siempre aparecía Luis Collado, el hombre de Google en España presentado poco menos que como la persona que susurra al oído de Discover, esa criatura caprichosa que hoy te eleva y mañana te ignora.

Cuando la primera noche comenzaba a acariciar los corazones y los pensamientos, Juan Checa confesaba su sueño en forma de plan sin fisuras: abrir un bar en la playa de Miami -el verdadero proyecto de negocio de todo periodista cansado-. Todo cabe porque todo es válido y todo es periodismo. Sin embargo, la conversación giraba siempre hacia el mismo lugar: la inteligencia artificial. Como esas cenas familiares que empiezan hablando del tiempo y acaban en política. «Todos son iguales».
La IA ya está aquí. Ya no es una promesa ni una amenaza: es una herramienta. Una más. Como lo fue la rueda, la electricidad, el internet, el email y después Twitter, que ahora es un bar con las luces encendidas a las seis de la mañana. La diferencia es que esta vez el cambio no es de forma, sino de fondo. No es cómo contamos las cosas, sino quién -o qué- las cuenta. En Logroño, entre intervención e intervención, el consejero José Luis Pérez Pastor lanzó la frase que resume el momento: hay que estar en el bando de los integrados, no en el de los apocalípticos. Y uno, que a pesar de su juventud ha visto ya muchas veces morir al periodismo -y resucitar al día siguiente-, tiende a creerlo.
Porque la IA, como resumió mi compañero Sergio Moreno, te cuenta cuántos ponentes hubo en una jornada, pero no sabe que el alcalde Conrado Escobar llevaba unos zapatos con más brillo que un titular de domingo. Ni que los del sur ya iban en modo primavera mientras los del norte seguían aferrados al abrigo como si fuera un editorial. No entiende de miradas incómodas ni de silencios en los corrillos. No detecta quién escucha y quién espera su turno para hablar. No sabe, en definitiva, de qué va esto. Y mientras discutimos si la inteligencia artificial nos quitará el trabajo, el verdadero riesgo sigue siendo el de siempre: hacer mal periodismo. O peor, hacer periodismo sin alma. Ese que confunde visitas con influencia, ruido con relevancia y eventos con contenido. Porque la tecnología no corrige la mediocridad, sino que la amplifica.
Y en eso, la política y los medios se parecen más de lo que nos gusta admitir. Ambos viven obsesionados con el corto plazo, el titular rápido y la métrica inmediata. Ambos han confundido comunidad con audiencia y relato con propaganda. Y ambos miran a la inteligencia artificial como quien mira a un nuevo asesor: con cierta esperanza y con miedo a que acabe tomando decisiones. Mientras tanto, en La Rioja -ese lugar donde todo pasa más despacio pero se entiende mejor- seguimos debatiendo cómo sostener medios pequeños en mercados pequeños contando historias que, a veces, son más grandes que nosotros. Lo llamamos «glocal» para que suene moderno, pero no deja de ser lo de siempre: contar bien lo que tenemos cerca.

Con piel, como diría Marc Basté. Porque piel es saber a qué huele la plaza del Mercado en martes, saludar por la calle al vecino, recibir a niños en tu redacción o conocer el nombre del concejal que lleva cinco meses evitando la pregunta incómoda. Piel es lo que no se puede escalar, automatizar ni subcontratar a ningún modelo de lenguaje. Y hablando de lenguaje, al día siguiente viajamos a San Millán de la Cogolla, donde nacieron las primeras palabras en castellano. Un idioma que nació local y se hizo universal. Justo lo que estábamos intentando descifrar el día anterior, con menos pergamino y más wifi. La historia, cuando quiere, tiene sentido del humor.
Quizá por eso salí optimista. Consciente de que el futuro del periodismo no se decidirá en Silicon Valley ni en ninguna mesa redonda con PowerPoint. Se decidirá en algo mucho más sencillo y mucho más difícil: la capacidad de seguir mirando de verdad. Porque el día que nos olvidemos de los zapatos… dará igual quién escriba la noticia.


