El Espolón se convierte este fin de semana en una oda al trabajo artesano. Los puestos que inundan el paseo de talento hecho a mano, con artesanos que hacen sus ideas realidad con mimo, tiempo y trabajo que nace del corazón.
Marga Barrio llegó a La Rioja desde Burgos en el año 90. Recién llegada, vio una exposición de almazuelas de Lola Barasoain y pensó que tenía que hacerlo. Hasta ese momento, no había cosido nunca: «Me parecía algo imposible». Buscó un curso y desde entonces, más de 30 años después, no ha parado.

«Siempre he pensado que las almazuelas me estaban esperando. De haberme ido a vivir a otro sitio no las hubiera conocido», cuenta. Cosas del destino.
Marga cree que en los tejidos se queda el alma de las personas. Por eso, uno de los momentos que más le gustan de todo el proceso es el de elegir las telas y, si son de segunda mano, mejor: «Son una inspiración para mi porque les doy un valor más allá de lo material».
Las primeras y las últimas puntadas también son de sus momentos favoritos, aunque disfruta del proceso al completo. «Todo tiene su aquel, pero verlo terminado… el poder decir, aunque suene infantil, que ‘esto lo he hecho yo’, da orgullo», explica. «Sobre todo si te queda como tú quieres, que no siempre pasa», añade bromeando.
A Marga la inspiración, simplemente, le viene: «Hay una chispa en la cabecita y de repente hay una idea que hay que llevarla a las manos, pero siempre pasa por el corazón, porque una almazuela no es solo coser. Es muchísimo más».
María Victoria Martín también es artesana textil, pero sus manos lo que hacen son bolsos, bolsas y mochilas. Eso es lo suyo. Lo de coser es algo que le viene en la sangre. Su madre era modista, aunque a ella eso de coser ropa no le iba. Necesitaba otra forma de expresarse, una forma más artística. «Empecé cosiendo pequeñas bolsas y a utilizar mi imaginación», recuerda.

«No me gustaba llevar el mismo bolso que todo el mundo, me gustaba darle vueltas, si compraba algo lo tuneaba, ponerle pegatinas o pintarlos. Y así empecé». Y así lleva ya doce años. También su hija fue uno de sus principales impulsos para empezar a dedicarse a esto: «Siempre me pedía. Me decía ‘he visto esto, pero me gusta esto de este bolso y esto de este otro’ y yo se lo hacía».
Lo que sí le gusta es innovar: en telas, materiales, colores, formas… «No soy nada discreta», bromea. María Victoria encuentra la inspiración en todas partes: en la calle, las jóvenes, en su hija, en internet, en la televisión. También en sus clientas, que muchas veces le piden cosas y ella se pone manos a la obra.
«No sé si le pasará a todo el mundo, pero yo veo una tela y me voy haciendo mis componendas. Me encanta el darle vueltas, el cómo plasmar eso que tengo en la cabeza», cuenta, aunque nada iguala la satisfacción que siente cuando ve un nuevo modelo terminado: «Ver que ha sido posible, que se ha hecho realidad, para mi es una cosa…»
En el puesto de Josefa Vargas puedes encontrar pendientes de porcelana de todas las formas, colores y tamaños que te puedas imaginar. «Como me gustan muchísimo los pendientes, empecé a hacerme para mi, para mis amigas, para mis hermanas…», cuenta. Y, como al final siempre había de más, pues decidió empezar a venderlos.

En su caso, es el propio proceso lo que le inspira: «Te pones en la mesa, empiezas haciendo una cosa y terminas haciendo otra. A lo largo del proceso va cambiando todo, cambia totalmente como yo me siento».
Para hacer cualquiera de sus pendientes, lo primero que hace es elegir el color y visionar un poco qué es lo que quieres (aunque luego lo cambies). «Por ejemplo», dice señalando unos pendientes verdes que hay cuidadosamente colocados sobre la mesa, «estos en un principio eran un cuadrado, pero luego decidí ponerles relieve y luego decidí abrirles un agujero en el medio». En resumen, la clave de Josefa es fluir.
El puesto de María Pilar Pérez o Lady Okira, como se la conoce en el mundo de la artesanía, tiene un olor especial. El del cuero es uno de esos aromas inconfundibles que impregnan allá donde van. En su caso, lo que le llevó a dedicarse a esto fue el renovarse o morir. Tuvo que cambiar de trabajo y decidió apostar por esto.

«Probamos con unas máscaras, con unos collares, con algo diferente y, poco a poco, nos hemos hecho un hueco», cuenta. «Trabajamos para moteros, para medievales, BDSM y salones eróticos, llevamos bastantes cositas», añade. También arreglan y hacen cosas a medida por encargo, eso sí, «con tres meses de espera», advierte. Y es que las cosas de palacio van despacio y las de la artesanía, también: «Hay mucho trabajo detrás, es mucho curro, pero a la larga merece la pena».
En su puesto puedes encontrar de todo (siempre y cuando se pueda hacer de cuero): llaveros, guardallaves, fundas para el tabaco de liar, máscaras… De todo, menos ropa. «Eso para otro queda», bromea.
La inspiración viene de todas partes: «Es una locura, depende de donde vayas haces una cosa u otra. Vamos fuera y vemos que hay gente disfrazada de dragón y decidimos hacer una hombrera de dragón. Dependiendo de donde vayamos, vamos sacando unas ideas, pero los diseños son nuestros».
Al final, entre telas, cuero y porcelana, queda claro que la artesanía no solo se hace con las manos, sino también con el alma.


