Nadie ve el momento exacto en el que una persona empieza a reconstruirse. No ocurre cuando sale de prisión ni cuando encuentra trabajo, sino mucho antes. Se trata de un proceso lento y a menudo invisible en el que alguien tiene que estar al lado.
Ese es el espacio en el que se mueve Cáritas La Rioja, donde conviven personas que han pasado por prisión con otras que han decidido acompañarlas en el proceso más difícil de todos: aprender a vivir fuera. Porque salir no es únicamente cruzar una puerta y recuperar una rutina, es enfrentarse a algo mucho más complejo: volver a tomar decisiones, organizar el tiempo, sostener relaciones y habitar una libertad para la que, después de años de institucionalización, no siempre se está preparado.
La falta de iniciativa, las dificultades para enfrentarse a situaciones nuevas o para construir vínculos no se escriben en ninguna sentencia, pero condicionan el regreso a la vida en comunidad y sitúan a estas personas en desventaja respecto al resto de la sociedad. En ese punto intermedio, entre lo que se deja atrás y lo que todavía no se sabe cómo construir, es donde aparece CEOSIC, el Centro Educativo de Orientación y Seguimiento para la Inclusión Comunitaria, un nombre largo que, en realidad, encierra una idea sencilla: acompañar.

Nere lleva cuatro años haciéndolo. Desde que está en Cáritas va cambiando de proyecto cada cierto tiempo convencida de que ese movimiento también forma parte del cuidado, tanto personal como personal. Cuando habla de acompañamiento, habla de «sentarte con ellos y decir: ‘Vamos a ver qué quieres tú en tu vida'». Y, a partir de ahí, empieza el proceso. La familia, la salud, el empleo, las adiciones… Cada uno marca sus objetivos y el equipo ayuda a ordenarlos, a ponerlos en palabras y, sobre todo, a sostenerlos en el tiempo.
A veces no es un proceso amable o exento de conflictos.»Aquí hay devoluciones muy duras», porque acompañar también implica confrontar, señalar decisiones equivocadas y marcar límites cuando es necesario. No todo el mundo está preparado para cambiar en el momento en que llega, y en esos casos el respeto no excluye la exigencia. «Respetamos que no sea su momento, pero aquí hay gente que sí quiere hacerlo». Ese equilibrio, siempre frágil, es el que permite que el proceso tenga sentido.
Sin embargo, con el paso del tiempo, aparece algo que no está en ningún protocolo: el vínculo. Nere lo nombra sin rodeos, aunque enseguida lo traduce a algo más tangible. «Al final llego a quererlos», dice, y explica que para ella querer significa preocuparse y ocuparse, estar presente, pero también intervenir. No todos los recorridos terminan como se espera. «Hay recaídas, abandonos, decisiones que rompen lo construido. Aun así, en el equipo pensamos que incluso en esos casos queda algo. No es un fracaso, algo se llevan, y nosotros también».
Esa misma idea es la que empieza a intuir Sara, que apenas lleva tres semanas en el centro como estudiante en prácticas de Integración Social. Llegó con una imagen previa marcada, en parte, por el estigma que sigue pesando sobre este colectivo, pero la experiencia ha sido distinta a lo que esperaba.
«La gente te acoge con mucho cariño y con muchas ganas de que les escuches». En poco tiempo ha comprendido que no existe un perfil único ni una forma cerrada de intervenir: «Cada persona necesita algo distinto, y es precisamente en ese ajuste donde se construye el trabajo».
Lo que sí se repite es la necesidad de ser escuchados sin juicio. Cuando eso ocurre, Sara destaca que se genera una confianza que permite abrirse, compartir, dejar ver lo que hay detrás de la etiqueta. «Se abren de una forma muy bonita, y en esa apertura aparece también otra dimensión más compleja que tiene que ver con la reconstrucción personal».

Muchos llegan con la autoestima deteriorada, atravesados por la culpa o por la sensación de haber fallado de manera irreversible. Por eso, parte del proceso pasa por algo tan difícil como necesario: aprender a perdonarse. «Hemos trabajado mucho el perdón a uno mismo», explica Nere, consciente de que la mirada social no cambia al mismo ritmo que el proceso individual. Puede que fuera sigan encontrando desconfianza, rechazo o distancia, pero el objetivo es que, aun así, puedan sostenerse. «Tienen que estar fuertes para vivir con eso».
Esa fortaleza no se construye únicamente dentro del centro, sino también en el contacto con el exterior. Talleres, cursos, espacios comunitarios en los que empiezan a relacionarse con personas que no conocen su historia y donde, poco a poco, dejan de ser definidos por su pasado. Cuando alguien reconoce lo que hacen bien, ese reconocimiento tiene un peso transformador.
Una relación directa
Carlos lo observa y comparte desde su lugar de voluntario. «Al jubilarme quería un sitio donde trabajar y sobre todo, ayudar», y en ese deseo encontró algo muy especial: una relación directa con las personas. «Cocinar juntos, salir a pasear, conversar sin un objetivo definido. Muchas veces lo que necesitan es compañía, y en ese estar sin más, sin la pretensión de salvar a nadie, se construye también una forma de apoyo».
Acompañar, sin embargo, no es inocuo. Hay historias que remueven, que se quedan, que obligan a encontrar una distancia que permita seguir sin romperse. Carlos reconoce que «hay momentos en los que es necesario extraerse un poco, tomar aire, recolocar lo vivido». Nere lo formula desde la experiencia acumulada: «Hay días de disgusto y días de alegría, y aprender a transitar ambos forma parte del trabajo».
Nada de esto se sostiene de manera individual. El CEOSIC es, ante todo, un equipo en el que conviven educadoras, voluntarios y personas en prácticas, y donde ese entramado humano se convierte también en parte del proceso. La convivencia, el respeto de normas, la organización de la vida cotidiana no son solo herramientas, sino un ensayo de lo que ocurre fuera.
Y fuera, las dificultades no desaparecen. La falta de vivienda, la precariedad laboral, la ausencia de redes familiares o los problemas de salud mental complican un camino que ya de por sí es frágil. Por eso, más que ofrecer soluciones cerradas, el CEOSIC funciona como un puente, un espacio intermedio que permite sostener el paso entre la cárcel y la vida.
Al final, la pregunta siempre es la misma, aunque no siempre se formule en voz alta: si realmente se puede salir. Aquí no se responde con discursos, sino con trayectorias concretas, con historias que avanzan despacio, con procesos que se construyen día a día. «Claro que se puede», dicen orgullosas Nere y Sara, y no lo plantean como una convicción teórica, sino como algo que han vivido.


