Sabía que iba a entrar en un lugar duro o eso al menos es lo que pensaba. Porque nos gusta anticiparnos y prejuzgar. Pensaba en el estigma, en los silencios incómodos, en historias difíciles de escuchar. Pero lo primero que me encontré al cruzar la puerta fue olor a café recién hecho.
En la cocina, varios hombres preparaban el desayuno. Uno colocaba tazas con cuidado sobre la mesa. Otro leía el periódico. Al fondo, alguien esperaba la furgoneta que en unos minutos lo llevaría al trabajo. La escena era cotidiana, casi doméstica. Y, sin embargo, todos los que estaban allí compartían algo que fuera sigue pesando más que cualquier rutina: habían pasado por prisión.
«Darte cuenta de que has hecho algo mal duele. Duele como fuego por dentro», dice uno de los hombres sentados alrededor de la mesa. No quiere que aparezca su nombre. Ninguno quiere. Han pasado por prisión; algunos aún entran y salen con permisos o terceros grados. Ahora comparten café, bromas, horarios y una idea que se repite en todas las voces: la condena legal termina un día; la otra, la que sigue fuera, tarda mucho más.
En España, la reinserción es uno de los pilares del sistema penitenciario. Sobre el papel, la palabra suena clara. En la práctica, se parece más a una cuesta arriba que a un punto de partida. En el Centro Educativo de Orientación y Seguimiento para la Inclusión Comunitaria (CEOSIC) de Cáritas en Logroño, donde conviven y se acompañan estas historias, esa idea toma forma concreta cada día. Y es que salir, además de empezar de cero, es empezar cargando con todo.
Uno de los residentes recuerda la soledad con la que llegó. Había pasado años en prisión y no sabía muy bien qué hacer con lo que venía después. «Aquí encontré una familia». Ahora vive fuera, pero vuelve como voluntario. Cuando le pregunto si cree que alguien que ha estado en la cárcel puede reinsertarse, responde sin dudar: «Eso depende de uno. Porque que estés en la cárcel no quiere decir que seas mala persona».

Paulino estuvo en la cárcel varios años y ahora vuelve al centro para acompañar y ayudar a los usuarios del CEOSIC
A su lado, otro hombre asiente. Ha entrado y salido varias veces de prisión. No lo disimula y tampoco idealiza el proceso del cambio, es más, habla de recaídas, de decisiones equivocadas, de lo difícil que es sostenerse cuando uno lleva años rompiéndose por los mismos sitios. Pero insiste en algo que los demás repiten de distintas formas: nadie cambia si no quiere. «Si tú no estás por la labor, no hay nadie que te saque». Y, afortunadamente en su caso, «esta vez sí».
En ese «sí» caben muchas cosas: aceptar ayuda, someterse a normas, dejar atrás hábitos, aguantar días malos sin volver a lo de antes. También aprender a vivir con otros. El centro no funciona como un refugio sin exigencias. Hay horarios, tareas, seguimiento. «No te dejan hacer lo que te da la gana, pero en el buen sentido», explica uno de los recién llegados que apenas lleva unos días allí. Durante años pensó que podía salir solo. «Me equivoqué», reconoce. Ahora cree que el primer paso no fue entrar en el recurso, sino aceptar que necesitaba ayuda.
Ese reconocimiento aparece una y otra vez. También el peso de las adicciones y la salud mental. Uno de los hombres cuenta que durante años llevó una vida estable hasta que la muerte de su padre desencadenó una depresión profunda. Después llegaron los problemas, la ruptura familiar y, finalmente, la cárcel. «Se juntó todo». Hoy habla de recuperar poco a poco lo perdido y una sonrisa ilumina su cara. «Estoy recuperando el contacto con mi hijo, con mi hermana, con mi madre, y eso era impensable hace un año. Ahora, sin embargo, ven mi cambio».
La ludopatía es otra de las causas que lleva a la cárcel a muchos presos. «Todo lo que hice estuvo atravesado por esa adicción. Incluso mi propia familia llegó a denunciarme». El relato de este joven es duro, y más cuando echa la vista atrás. «He estado a esto de perderlo todo». Ahora vive con sus padres, colabora en casa y sigue vinculado al centro. Es más, vuelve por lo menos tres veces a la semana para utilizar el gimnasio y «charlar con mis antiguos compañeros y conocer a los nuevos. Esto es un apoyo que a veces alguno no encuentra ni en su familia».

En todas las historias que voy escuchando hay algo en común: ninguna es lineal. Hay avances, retrocesos, decisiones acertadas y, sobre todo, errores que se van arrastrando. Por esto mismo, el ejemplo de otros resulta primordial. «Ver a alguien que ha estado igual que tú y ahora está mejor te da mucha fuerza. Ves que se puede y sigues luchando».
Y hay más experiencias compartidas que se comentan. Cuando hablan de la cárcel, también aparecen las condiciones del día a día. «Ahora mismo, médico no hay», dice uno de ellos. Explican que la atención sanitaria no siempre está garantizada y que, en ocasiones, depende de videollamadas o de que haya suficientes consultas acumuladas para que acuda un profesional.
El transporte es otra dificultad, especialmente para quienes están en régimen de semilibertad. Algunos recuerdan trayectos largos, combinando autobús y caminatas bajo la lluvia o el frío. «Tienes que buscarte la vida para llegar».
También la comida ha cambiado. Según cuentan, ahora son los propios internos quienes cocinan, lo que se traduce a veces en menús repetitivos o poco elaborados. «Si no quieren cocinar, pues hay lo que hay», comenta otro. Son detalles que rara vez se ven desde fuera, pero que forman parte de la experiencia y del desgaste diario dentro de prisión.
Lo que les espera fuera
Pero, todo no depende de ellos. Fuera, la sociedad no está preparada para recibir a quien vuelve de ese infierno. El estigma aparece en casi todas las conversaciones. Miradas, comentarios, desconfianza… «La vida sigue y tú tienes que afrontarla. Eso sí, la condena se paga una vez, lo demás, muchas más».
Ese peso se nota especialmente al salir. Varios lo hacen con el mismo miedo, el de no saber por dónde empezar. «Sientes que no encajas y piensas que la sociedad no te va a dar una segunda oportunidad real». Y es que volver a ser ‘libre’ implica enfrentarse a todo lo que en el pasado quedó en pausa: el trabajo, la familia, las amistades rotas…

Ahí es donde el acompañamiento se vuelve clave. No es una solución mágica, pero sí la base de una estructura que tiene que empezar a recomponerse de nuevo. Y eso es precisamente el CEOSIC, un lugar donde hay normas, pero también apoyo. Donde alguien te pregunta cómo estás y espera una respuesta honesta. Donde no hace falta explicar desde cero lo que significa haber estado dentro.
Pero también donde ocurren cosas inesperadas. Uno de los hombres con los que comparto desayuno llegó sin demasiada convicción. Hoy está convencido de que ese paso le salvó la vida. Un reconocimiento médico detectó un problema cardíaco grave y acabó con un marcapasos. “Si no estoy aquí, no lo cuento», dice. Desde entonces, además, ha recuperado el contacto con parte de su familia tras años de distancia. «Yo era toxicómano y tuve que elegir: la cárcel, el cementerio o salvarme».
Lo curiosos es que nadie en la mesa habla como un héroe. Hablan de responsabilidad, de consecuencias, de errores propios. Pero también cuestionan una idea que fuera sigue muy presente: que una persona queda definida para siempre por lo peor que ha hecho.
Cuando acabamos el café todos ayudan a recoger y empiezan con sus tareas o trabajos. Básicamente, lo que todos hacemos en casa cuando tenemos visita. Porque la reinserción no ocurre en grandes gestos, sino en cosas pequeñas: levantarse, cumplir un horario, no recaer hoy, llamar a un hijo, pedir ayuda y sostenerse un día más.


