Durante mucho tiempo, hablar de educación sexual en la infancia parecía una conversación incómoda, algo que se aplazaba hasta que la adolescencia llamaba a la puerta. Sin embargo, ya no se puede esperar tanto. La exposición temprana a contenidos sexuales, la presión de las redes sociales y la irrupción de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial están adelantando situaciones para las que muchos menores aún no tienen herramientas emocionales, éticas ni críticas suficientes.
Así lo señala un reciente estudio impulsado por investigadores de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y publicado en la revista científica Sexuality Research and Social Policy, que insiste en la necesidad de incorporar una formación preventiva desde la etapa de Primaria anticipándose a los riesgos antes de que aparezcan.
«Esperar a los 12 años para empezar a educar en sexualidad es como tratar una rodilla cuando ya se ha roto», explica Alejandro Villena, psicólogo general sanitario, sexólogo clínico e investigador de UNIR. «A esa edad muchos menores ya han tenido su primer contacto con la pornografía, han vivido algún riesgo online o utilizan redes sociales».
Para este especialista, la clave está en entender la educación sexual como parte de la promoción de la salud: «Igual que cuidamos la salud dental para evitar las caries, debemos trabajar antes para prevenir problemas en el desarrollo afectivo y sexual».
Y es que, biológicamente, la adolescencia sigue siendo la misma que hace décadas. Lo que ha cambiado radicalmente es el entorno en el que crecen los menores. «El cuerpo sigue teniendo los mismos ritmos y etapas de desarrollo, sin embargo, antes esas experiencias llegaban poco a poco, dentro de un contexto social más cercano. Ahora, los jóvenes reciben estímulos desde fuera que rompen ese proceso natural».
Gran parte de esos estímulos proceden del entorno digital. Internet se ha convertido en un espacio donde conviven oportunidades y riesgos en una mezcla difícil de gestionar para quienes todavía están aprendiendo a entender el mundo. «Internet es como un océano. Hay peces muy bonitos de colores, pero también hay tiburones. Lo que tenemos que hacer es enseñar a los niños a nadar».

Alejandro Villena
En este caso, nadar significa aprender a moverse en ese entorno, saber pedir ayuda cuando algo no va bien y desarrollar las herramientas necesarias para no perderse en él. Porque, como bien explica Alejandro, el problema no es solo el acceso a la tecnología, sino la velocidad con la que ese acceso se produce. Muchos menores empiezan a utilizar el móvil cuando su cerebro aún está en pleno proceso de desarrollo.
En muy poco tiempo se han multiplicado los casos de imágenes manipuladas con Inteligencia Artificial, de fotos íntimas difundidas sin consentimiento o de situaciones de acoso que empiezan como un juego y terminan con consecuencias devastadoras. «Muchas veces los jóvenes no son conscientes del daño que pueden causar ni del impacto que estos actos pueden tener en la vida de otra persona».
Parte de esa falta de conciencia tiene que ver con la ausencia de una educación que les ayude a comprender las implicaciones éticas y emocionales de sus decisiones. Por eso, «la educación afectivo-sexual no debería a reducirse a una explicación sobre el cuerpo o la prevención de embarazos o infecciones, sino que debería ayudarles a desarrollar la empatía, el respeto y la capacidad de relacionarse con los demás».
Una conversación ¿incómoda?
Y aquí llega uno de los mayores retos de las familias, es de cómo abordar esta conversación en casa. «Llevo diez años trabajando con familias y cada vez noto que hay más conciencia e interés por hablar de este tema. El problema es que muchos padres creen que educar en sexualidad es hablar únicamente de prácticas sexuales, pero no de desarrollo emocional».
Para iniciar estas conversaciones, el experto propone aprovechar situaciones cotidianas. Una noticia en la radio, una conversación durante el trayecto al colegio o un caso de actualidad pueden convertirse en oportunidades para hablar de respeto, consentimiento, privacidad o empatía. «No hace falta tener un máster en sexología para empezar a hablar con los hijos», insiste. No se trata de grandes discursos ni de largas lecciones. A veces basta con una pregunta.
Uno de los factores que más preocupa a los investigadores es la exposición temprana a la pornografía. Villena lleva ocho años estudiando este fenómeno y los resultados apuntan a consecuencias preocupantes.»La pornografía transmite estereotipos de género, fomenta el sexismo y presenta una visión del sexo centrada en el placer físico, sin ninguna dimensión afectiva».
Además, puede favorecer conductas sexuales de riesgo y expectativas irreales sobre las relaciones. Pero uno de los datos más alarmantes es el relacionado con la adicción. «Según los últimos estudios, uno de cada cinco adolescentes desarrolla adicción a la pornografía». El motivo está en el impacto que este contenido tiene en el sistema de recompensa del cerebro. «Yo suelo decir que la pornografía es un manual de destrucción».
Ante este escenario, la escuela aparece como un espacio clave para trabajar la prevención. El estudio de UNIR propone programas educativos estructurados que comiencen antes de los 12 años y se mantengan en el tiempo, impartidos por profesionales especializados y en coordinación con las familias.
La colaboración entre escuela y hogar resulta fundamental, aunque no siempre es fácil. En algunos casos, los centros educativos se encuentran con la resistencia de padres que temen que hablar de sexualidad demasiado pronto pueda resultar inapropiado.
Para Villena, esa preocupación suele estar ligada al desconocimiento, porque «se trata de enseñar algo tan esencial como la capacidad de sentir. Y es que el sexo no tiene que ver con rendir, sino con sentir». Y quizás ese sea el verdadero desafío educativo de nuestro tiempo: «ayudar a una generación que crece rodeada de pantallas a no perder la capacidad de conectar con los demás».


