El primer golpe a la adolescencia lo provoca el desamor. Es cuando te dejan o pones fin a una relación cuando adviertes -a poco observador que seas pese a la fortaleza de tus hormonas- que la vida va en serio. Y que no todo van a ser buenas noticias. Reconoces entonces que por muy bien que pienses que estás haciendo las cosas, al lado puede haber una persona que de un día para otro te mira con desdén, que de repente vea todas tus torpezas y que ese granito tan gracioso hace un par de días ahora pasa a estar lleno de pus. La vida, chico. Y conviene adaptarse a ella cuanto antes para superar el reto diario de ser feliz.
Y quizás por sentido común o por los golpes mentales que uno recibe en su juventud, finalmente se aprende eso de que las rupturas conviene siempre empezarlas con buenas palabras. «No eres tú, soy yo». Y a partir de ahí comienza la magia, el festival de hostias que te ponen en tu sitio. Y al final uno acaba por agradecer el tiempo compartido y en las muchas conversaciones se acaba deseando lo mejor al otro… Hay que pasar página.
«Hablé la semana pasada con Unai Mendia y él me dio su opinión de la decisión que había tomado». Quizás fue una frase más en la rueda de prensa de despedida de Quique García. Adiós en una separación no tanto de la UD Logroñés como sí del técnico que seguirá peleando, como el curso pasado en Teruel -sin su director deportivo- por un nuevo ascenso a Primera Federación.
Quiero pensar que Quique le dijo eso tan famoso de «no eres tú, soy yo…», y a partir de ahí defendió una decisión que por comprensible no deja de ser contraproducente en esta fase tan importante de la temporada. Uno espera que Mendia mostrara su sorpresa, fingiera cierto nivel de comprensión y al mismo tiempo le indicara en qué situación le deja a él la situación que estaba a punto de provocar.
Lo peor no es la ruptura en sí. Lo peor es lo que viene después. Porque cuando una pareja se rompe, no solo se separan dos personas. Se rompe una dinámica, una forma de entenderse, una manera de hacer las cosas. Y, sobre todo, se abre una pregunta que siempre da más miedo que la propia ruptura: ¿y ahora qué?
Algo de eso le ha pasado a la UD Logroñés. Porque más allá de nombres propios, de decisiones personales o de oportunidades profesionales, lo que se ha roto estos días en el club no es solo la etapa de Quique García. Lo que se ha roto es una pareja. Una de las pocas que, en los últimos años, había conseguido transmitir la sensación de que había un plan compartido entre el despacho y el banquillo. Y que ya fuera esta temporada o la siguiente, se estaban poniendo los cimientos de un proyecto que se barruntaba ganador.
Quique García y Unai Mendia no eran solo director deportivo y entrenador. Formaban un tándem. Venían de construir juntos en Teruel, compartían una idea de juego, una forma de entender la plantilla, un camino. Y, lo más importante en un club como la UD Logroñés, parecían alineados.
Y eso, aquí, no es poco. De hecho, probablemente era lo más valioso del proyecto. Más que los resultados puntuales, más que la posición en la tabla, más incluso que las sensaciones recientes. Porque por primera vez en mucho tiempo daba la impresión de que el club no solo competía, sino que sabía cómo era el camino que comenzaba a transitar. Ni dos malas rachas de resultados (noviembre y enero) provocaron las tensiones que tanto estresan a este club desde que descendió a Segunda Federación.

FOTO: Fernando Díaz
Por eso la salida de Quique García no es solo una baja en la estructura. Es una grieta en ese plan. Y deja a Unai Mendia en una posición incómoda. No para este final de temporada, donde todo parece ya lanzado y donde el equipo dependerá más de lo futbolístico que del trabajo de despacho para lograr el ascenso. Sino para lo que viene después, que es donde de verdad se juegan los proyectos su estabilidad.
Porque el escenario se complica en cualquiera de los dos caminos posibles. Si la UD Logroñés asciende, Unai Mendia seguirá. Su renovación automática así lo establece. Pero lo hará sin la persona que le eligió, que le entendía y que estaba construyendo una plantilla a su medida. Sin esa persona a la que, pese a algunos resultados complicados, le unía un grado de confianza que resultaba inquebrantable. Seguirá el entrenador, sí, pero ya no será el mismo contexto. Y en el fútbol, el contexto facilita mucho el trabajo.
Y si no hay ascenso, la incógnita es aún mayor. El club deberá fichar un nuevo director deportivo. Y ahí aparece la gran pregunta ¿llegará alguien para trabajar con Unai Mendia… o alguien al que le impongan a Unai Mendia? No es un matiz menor. Es, probablemente, la clave.
Porque la UD Logroñés ya ha vivido ese escenario. Ya sabe lo que pasa cuando el despacho y el banquillo no nacen del mismo proyecto, cuando uno hereda al otro, cuando la confianza no es original sino sobrevenida. Y la experiencia no fue precisamente buena. Acabó con los huesos del club en esta Segunda Federación.
Por eso, más allá de entender la decisión de Quique García —legítima, lógica y hasta previsible en el fútbol actual—, lo que realmente debería preocupar es qué decisión toma ahora el club con Unai Mendia, cuyo trabajo es muy valorado en la Ciudad Deportiva de Valdegastea. No si continúa o no. Sino por qué continúa o no.
La UD Logroñés no solo tiene que acertar con el próximo director deportivo. Tiene que decidir si cree de verdad en Unai Mendia como figura propia del proyecto… o si lo que le convencía era la pareja que formaba con Quique García.
Porque las parejas, cuando funcionan, lo hacen por muchas pequeñas cosas que acaban por ser determinantes. Esas cosas que dan equilibrio, ayudan y protegen. Y ahora, en este momento incómodo que llega después de las buenas palabras y antes de las certezas, el club vuelve a estar ahí. Frente al espejo. Preguntándose qué queda cuando se rompe lo que parecía que, por fin, encajaba.


