Me disponía a preparar la cena hace un par de viernes cuando noté una vibración en la pierna. Por suerte o por desgracia, era el móvil, ya que nos hemos acostumbrado a llevarlo en modo silencio para no dejarnos un dineral en politonos. En la pantalla aparecía un teléfono fijo y a esas horas sólo podía ser algún tipo de desgracia noticiosa de última hora: un accidente de tráfico, un problema familiar o una investigación de la UCO. Fue mucho peor. Una encuesta de SIGMA Dos. Me preguntaron por mi edad y lugar de residencia. Creo que acerté y pasé el corte.
— ¿Tiene cinco minutos?
Miré de reojo la careta, el salchichón y la panceta.
— Pueden esperar. Todo sea por la democracia.
Ladeé la cabeza para apoyar el teléfono sobre el hombro, liberé la mano derecha y procedí a abrir la segunda —y no última— botella de vino de la velada. Los exámenes necesitan inspiración y las preguntas difíciles requieren calma. Respiré profundamente y pensé en qué hacía ese pobre muchacho un viernes a las ocho de la tarde preguntando a los riojanos por las políticas del PP, su confianza en el presidente o su grado de conocimiento de Henar Moreno.
El tufillo olía a encuesta regional. Y también me imaginé la típica broma del pequeño Logroño del poder —ya lo adelantamos aquí en 2022— para saber qué opinión real tenemos los periodistas sobre la actualidad. «Confirmamos, NueveCuatroUno ya pertenece oficialmente a la fachosfera». «Vaya, vaya, menudos rojazos estos del medio del prefijo».
Porque según el día y el pie con el que apoyemos en el suelo, nos levantamos más o menos fascistas, más o menos comunistas… y eso, un viernes por la noche, con el peso de toda la semana, se nota. Lo mismo pedimos la cabeza del ministro Óscar Puente —en La Rioja esto no es novedad con los responsables nacionales del transporte— que confiamos en Gabriel Rufián para liderar la izquierda estatal o pensamos que frenar el avance de la ultraderecha es posible antes de que demuestren en diferentes gobiernos lo torpes, mentirosos y autoritarios que pueden llegar a ser.
Al finalizar la encuesta, el gentil muchacho me invitó a participar en un “focus group” en los próximos días. Qué pena que la encuesta hubiera sido tan breve y no fuéramos por la cuarta botella para haberle dicho que sí, que me presentaba en su cuartel general.
Imaginé entonces que estas cosas se hacen en una habitación con luz muy fuerte, pero varios pisos bajo tierra, cuya entrada está en un guardaviñas con apariencia de abandonado en mitad de un viñedo. Dentro, un ascensor. Y al otro lado de un cristal —ese espejo que no es espejo— varios dirigentes políticos analizando nuestras respuestas como si estuvieran ante el VAR electoral.
— ¡Cómo se nos ha podido colar un periodista!
Supongo que me invitarían porque di las respuestas que buscaban. O porque no las di y necesitaban estudiarme como especie protegida. Y ahí llegó la reflexión de la noche: empieza la precampaña. Cojamos posiciones y abrochémonos los cinturones. La tensa calma dará paso a los primeros codazos. Luego vendrá el respiro vacacional, esa pausa estratégica en la que todos son moderados, sensatos y dialogantes. Y a la vuelta comenzará el delirio.
Por intuición —sin necesidad de guardaviñas subterráneos— el auge de Vox en La Rioja no parece tan alto como en Extremadura, Aragón o Castilla y León. Su falta de implantación territorial les penaliza para gobernar ayuntamientos o captar voto local, aunque el tirón nacional de Santi casi basta para hacer saltar mayorías absolutas como quien pulsa un botón rojigualdo. Génova toma nota y ajusta el tono.
En el PSOE intentan reencontrarse con un relato que no suene a eco nacional mientras el tablero regional se mueve más por inercia que por entusiasmo. El PP mira de reojo a la extrema derecha sabiendo que gobierna con comodidad, pero sin margen para relajarse: el campo está hasta los mismísimos y la inmigración se ha convertido en bandera electoral de las que activan las bajas pasiones.
La izquierda y el PR luchan por sobrevivir con los suyos, conscientes de que cuentan con apoyos casi suficientes, pero sabiendo que si el tablero sigue girando o los votantes se quedan en casa pueden quedarse fuera del siguiente partido. Porque en política, como en el fútbol, el empate técnico solo existe hasta que alguien marca en el último minuto.
Sobre candidatos y nombres —que es lo que realmente nos gusta— hablaremos en la siguiente entrega. Por ahora estamos acomodándonos en el sillón, mirando la pantalla, oliendo las palomitas. Todavía no han empezado a explotar. Pero el microondas ya está en marcha. Y alguien, en algún guardaviñas subterráneo, ya sabe exactamente qué sabor nos gusta más.


