Cultura y Sociedad

Paca, 107 años y una lumbre encendida: «Si te paras, se acabó»

Paca va camino de los 108 años, vive sola y con el convencimiento de que la clave para llegar a su edad es estar activa

En la cocina huele a leña. La pared, recién pintada en agosto, vuelve a estar «negra como el tizón», dice María Jesús entre risas. Paca la enciende igual. La lumbre no es solo calor, sino compañía, rutina, y, en esta historia, vida. Y a sus casi 108 años, los cumplirá el 17 de septiembre, la torrecillana Francisca Castañares Ibáñez, Paca para todo el mundo, sigue empeñada en que la vida no se apaga mientras una siga moviéndose.

«El secreto es estar activa siempre», dice ella, con voz firme, aunque haya que repetirle las preguntas un poco más alto por eso de que, con 107 años, ya va perdiendo audición. «Si te paras, se acabó. De esa forma se llega hasta aquí, ese es mi consejo».

María Jesús, su sobrina, es uno de sus grandes apoyos, ya que Paca no tiene hijos. «Tiene una naturaleza y unas ganas de tirar para adelante…», explica. Tanto es así que Paca ya está pensando en ir pidiendo leña para el invierno que viene y deseando que lleguen los ‘tenderetes’ de verano para comprarse otro vestido. «Es increíble cómo piensa siempre en futuro y en lo que va a hacer». Pensándolo bien, puede que esa sea la clave.

De joven imponía. «Yo era pequeña y me daba respeto», recuerda María Jesús. «Tenía carácter». Era la mayor de siete hermanos. Trabajó 22 años en un bar en Torrecilla, ayudó en las huertas recogiendo fruta y pasó por una fábrica de muebles. Después cuidó de sus padres. Y cuando murió su madre, hace ya 42 años, Paca se quedó sola en su casa. «El único hermano que le queda, de 90 años, vive en Vitoria».

Hoy se mueve con andador dentro de casa y con bastones cuando sale a la calle. Tiene ayuda a domicilio unas horas al día, pero el resto lo hace ella. Se levanta, se prepara el desayuno, calienta su comida, friega su plato. «Vale un valer», resume su sobrina. «Esa autosuficiencia es oro».

A los 95 años se rompió una cadera. A los 102, la otra. «El día que cumplía 102 por la mañana ya se había teñido el pelo ella sola», cuenta María Jesús, todavía incrédula. «Y cuando la gente decía ‘ya con esto, poco le queda a Paca…’, al mes estaba en su casa y tan campante».

Paca no es mujer de grandes fórmulas mágicas, pero eso no quita para que tenga sus secretillos. Mucha miel. Siempre miel. Cambia el azúcar por la miel. Y para el catarro: agua caliente, miel y limón. «Eso es mano de santo», dice siempre la sabia Francisca.

En cremas tampoco se complica. «Me lavo la cara y me doy una crema y estoy todo el día bien». La misma crema de toda la vida. «Se lava la cara como los gatos», bromea María Jesús, «un aguadillo y ya está».

Paca es de esos seres extraterrestres que con su edad no ha tomado medicación prácticamente hasta rozar los cien. Y aun ahora, apenas nada. «Es increíble», insiste su sobrina. «Cualquier persona mayor toma más pastillas que ella».

Pero, sin duda, además de pasear por su Torrecilla natal cuando el tiempo lo permite, lo que más le gusta es ver la televisión. «El Pasapalabra me entretiene mucho, y qué decir de las telenovelas de La Nova… Eso sí, cuando cuentan cosas malas, cambio o apago porque eso ya no me gusta».

Hace años también era de echar la partida con las amigas, por supuesto, mucho más jóvenes que ella, «pero ahora ya no veo bien la baraja». ¿Hacía trampas?, le pregunto. «¡Qué va, de ninguna manera!», responde, indignada pero con humor.

De su infancia no presume de grandes recuerdos. «Para eso tengo mala memoria», dice. Pero sí se acuerda de ir con su padre a las huertas a coger las cestas de fruta. Y de que la vida, entonces, era la calle.

Paca en su 100 cumpleaños

Cuando cumplió 107 le hicieron un chocolate popular en el pueblo. Ella lo agradece todo. A los vecinos. A los alguaciles que durante la pandemia le llevaban los recados. A la familia. «Yo me llevo muy bien con todo el mundo. Date cuenta que todos me conocen», dice orgullosa. Eso sí, «yo ya no conozco ni a la mitad del pueblo».

En su cocina no hay calefacción central. Hay lumbre. Y hay decisión. Aunque le digan que no la toque, aunque la pared vuelva a mancharse, ella la enciende. «Le entretiene», explica su sobrina. «Y mientras se entretenga, mientras se mueva, mientras piense en mañana… ahí sigue».

Porque Paca no vive instalada en la nostalgia. Vive en el presente con un ojo puesto en el próximo invierno, en la próxima blusa, en la próxima primavera. «Muchos años viviré, si Dios quiere» , suelta cuando se despide. No lo dice como un deseo, sino como quien hace planes.

Tiene 107 años. Ha superado dos caderas rotas, ha visto marcharse a casi todos sus hermanos, ha vivido guerras, cambios, pérdidas y pandemias. Y, aun así, cada mañana se levanta con la misma convicción sencilla: no parar. Quizás no haya más secreto que ese. Ni miel milagrosa ni crema eterna ni fórmulas imposibles. Solo una mujer que decidió hace mucho tiempo que la edad no es una meta, sino un camino que se anda, aunque sea con bastón.

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