Tinta y tinto

Los tirantes de Superman

El Parlamento de La Rioja acogió el pasado miércoles una escena de película que Cristopher Nolan habría descartado por exagerada. El líder de Vox, Ángel Alda, salió al pasillo, se quitó la corbata, los tirantes de Pedro Jota y la chaqueta del traje para enfundarse una bandera con el «No a Mercosur» a modo de capa. Subido a una valla megáfono en mano y con las pulsaciones en sus hinchadas venas del cuello disparadas a 224 por minuto, improvisó un mitin frente a los agricultores que protestaban con sus tractores. «¡Viva España y viva La Rioja!», dijo para terminar. Y ovación cerrada. Solo faltó que saltara desde la escalinata del Parlamento y aterrizara en la Gran Vía con los brazos cruzados a modo de superhéroe.

La coreografía mereció plano corto y música de Hans Zimmer. Lluvia ya tenía para hacerlo más épico. Primero, los tirantes. ¡Fuera! Luego, la corbata. ¡Afuera también! -léase esto con voz de Javier Milei-. Después, la chaqueta cuidadosamente depositada sobre una silla como si estuviera a punto de entrar en un ring de boxeo. Sólo faltaba Michael Buffer con su «Ladies and gentlemen». Aquello no fue un gesto político sino un momento de camerino. El tipo que decide que ya no es diputado sino Superman. Ya no toca debatir, toca luchar contra los malos (PP, PSOE, comunistas, progres, inmigrantes…) y salvar al mundo. Y si no se puede, al menos España.

La imagen era potente y viral para esas miles de cuentas falsas y bots con los que la extrema derecha enciende los más bajos instintos de la sociedad. Sólo había un pequeño detalle que chirriaba: Superman no empieza por la capa. Empieza por Clark Kent, quien se mete en una cabina de teléfono (cada día está más complicada la cosa de encontrar una), se quita las gafas y se enfunda en su ajustado traje azul con calzoncillos rojos. Y Clark Kent no grita. Clark Kent observa detrás de sus gafas libreta en mano. Porque quizá el problema de nuestra política actual es que todos quieren ser Superman y nadie quiere ser Clark. Todos quieren la foto, el gesto, la frase y la vena marcada en el cuello, pero pocos están dispuestos a ponerse las gafas, sentarse, escuchar y matizar.

Las gafas de Clark Kent no son un accesorio (salvo que se las ponga Isabel Díaz Ayuso y lo diga Yo Dona – El Mundo). Representan la actitud, la discreción y la paciencia. En una época donde todo se resuelve con brochazos gruesos y consignas en mayúsculas, la figura del tipo aparentemente gris que no necesita alzar la voz resulta casi revolucionaria. Recordemos que el bueno de Clark es periodista y trabaja en el Daily Planet, no en un plató de tertulia permanente. Vive de comprobar datos, de hablar con fuentes y de entender que la realidad rara vez cabe en un eslogan. Su disfraz más eficaz no es la capa, son las gafas que le permiten mirar de cerca cuando otros prefieren señalar desde lejos.

La vivienda no se soluciona gritando «¡exprópiese!» o «¡liberaliza!» como si fuera un combate de lucha libre. Se soluciona con planificación urbana, suelo disponible, protección al propietario, acuerdos incómodos y políticas sostenidas en el tiempo. Y eso es algo aburrido que no cabe en un tuit, pero funciona. Llenar la nevera —con los alimentos que producen nuestros agricultores, esos mismos a los que se jalea megáfono en mano— tampoco se arregla envolviéndose en una bandera. Se arregla con negociación internacional, con equilibrio entre mercados y con defensa real de intereses sin convertir cada tratado en una batalla épica de buenos contra malos. El campo no necesita ahora mismo superhéroes de pasillo sino estabilidad, precios justos y reglas claras.

Por dar más ejemplos: la integración de los inmigrantes, ese otro asunto inflamable, tampoco admite soluciones mágicas. No se resuelve ni con el «todos dentro sin condiciones» ni con el «todos fuera en el primer avión». Lo comentábamos la semana pasada: se resuelve con recursos, exigencia, escuela, empleo y ley. Es decir, con políticas de las que no lucen en las redes sociales. Y es ahí donde Clark Kent sería útil.

Clark Kent no necesita parecer fuerte todo el tiempo ni romperse la camisa para demostrar convicción. Él sabe que la fortaleza también puede ser silenciosa y que liderar no es competir por el aplauso más largo sino asumir la complejidad sin simplificarla hasta la caricatura. Por desgracia, hoy la política está llena de Supermans de megáfono y muy escasa de Clarks con gafas. Abundan los gestos que buscan ovación inmediata y faltan los que soportan el desgaste de la gestión callada. Y eso es un problema, porque gobernar no es un cómic: no hay villanos perfectamente definidos ni soluciones de un puñetazo sobre la mesa.

La épica vende y la discreción construye. El verdadero acto de valentía en 2026 no es quitarse la corbata y los tirantes en un pasillo para enfundarse una capa improvisada. Quizá lo valiente sea quedarse dentro de las instituciones con el traje puesto, asumir el debate incómodo y trabajar sin necesidad de convertir cada conflicto en una escena de superproducción. Superman siempre nos impresiona, pero es Clark Kent quien realmente nos sostiene. En estos tiempos de tanto grito y tanta pose, nos vendría mejor un poco más de gafas para leer la letra pequeña y un poco menos de capa agitada al viento.

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