El comercio del centro de Logroño atraviesa uno de sus momentos más delicados. En los últimos meses, y especialmente en este inicio de año, el goteo de cierres se ha acelerado en algunas de las principales arterias comerciales de la ciudad, dejando persianas bajadas y locales vacíos. Sin embargo, a apenas unos metros de ese mapa de clausuras, existe una calle que parece ajena a la sangría comercial y que sigue funcionando como un pequeño ecosistema propio: la calle Galicia.
Apenas alcanza los 150 metros, sin embargo, quien se adentra en ella descubre una calle capaz de funcionar como un barrio entero. En ella conviven carnicería, pescadería, frutería y tienda de comestibles, panadería con cafetería, bares, peluquerías, barbería, zapatero, tienda de informática, un estudio jurídico, un centro de estudios y una de las entradas al colegio Agustinas. «Si cerraran la calle, podríamos vivir perfectamente aquí», resume Óscar Martínez, que lleva casi medio siglo trabajando en la zona.

«Estamos en el centro sin los problemas del centro», añade Pablo Martínez, propietario del Centro de Estudios Quadrivium y además vecino. «Aquí nos conocemos todos, es como un pequeño pueblo». Una idea que se repite en boca de comerciantes y clientes.
María Paleo abrió su carnicería La Riojana hace diez años aprovechando un local que llevaba tiempo cerrado, más concretamente Viandas. El espacio ya estaba preparado y vio su gran oportunidad. «Cuantos más negocios haya en la calle, mejor para todos», afirma. En su mostrador se cruzan vecinos de siempre y padres del colegio Agustinas, ubicado justo enfrente. «El colegio nos trae mucha gente que no es del barrio».

Este flujo constante también sostiene a la pescadería de Víctor Beltrán, abierta hace poco más de un año. Llegó tras cerrar su anterior negocio y reconoce que todavía hay quien no ubica la calle. «Está escondida, sí, pero tránsito hay», dice. Él mismo compra carne o fruta a sus vecinos, mientras el bar le encarga anchoas y devuelve la visita a la hora del almuerzo.

La panadería La Tahona es uno de los comercios con más memoria. Marisa lleva veinticinco años viendo pasar generaciones. «Esto es un barrio pequeño, estamos como en familia», cuenta. La venta ha cambiado, admite, pero el trato sigue intacto. «Tengo clientes que venían de críos a por el pan y ahora son médicos en Madrid». El pan y todo lo que vende sigue siendo artesano, y el café, un complemento para resistir en tiempos más complicados. Tiempos donde los centros comerciales e internet «están haciendo mucho daño».

El zapatero Miguel Ángel Cabezón cumple este año treinta años en la calle. Eligió Galicia por su cercanía al centro y por un alquiler más asumible que en las grandes vías. Ha visto la calle transformarse, adaptarse a la peatonalización y cambiar la forma de trabajar. «Antes los clientes venían en coche y lo dejaban en doble fila; ahora vienen andando, no les queda otro remedio», recuerda. «Esto es una calle, pero funciona como un barrio».

Ese espíritu se repite en la barbería Alexandre, abierta desde hace más de medio siglo. Jesús Moreno ha visto transformarse la calle casi tanto como a sus clientes. «Antes esto era barro, había fábricas y coches aparcados esperando a los críos del colegio», recuerda. Para él, dos decisiones marcaron el cambio definitivo de la calle: la peatonalización y la presencia constante del colegio. «Invita a que haya niños, gente mayor, a que la calle se use».

Sentado en la silla de la barbería, Ángel, cliente habitual desde niño, lo confirma. Vive en el barrio desde siempre y hace toda su vida en la calle. «Yo compro el pan aquí, me corto el pelo aquí, hago la compra aquí… Esto es familia». Recuerda cuando jugaban en la calle, las fiestas del colegio y los años en los que el comercio era parte natural de la vida cotidiana. «Para mí es una calle envidiable. Ojalá hubiera más así».

Los negocios más recientes confirman el diagnóstico. Déborah abrió su peluquería hace dos años atraída por la vida de la calle. «A la gente le sorprende. Vienen a cortarse el pelo y aprovechan para comprar o tomar algo». En el local de al lado, Miguel Ángel Megna abre cada día su frutería y tienda de comestibles y le encanta llamar a los clientes por su nombre. «Aquí sabemos quién es abuelo, quién vive solo, quién necesita que le eches una mano». Durante la pandemia, recuerda, la calle fue una de las más activas del entorno por concentrar todos los servicios básicos.

El bar El Retorno es uno de los puntos de encuentro diarios de la calle. Andrea, al frente del negocio desde hace algo más de cuatro años, lo define sin rodeos: “Aquí pasa todo”. Desde primera hora, el café reúne a vecinos habituales; después llegan los almuerzos, el vermú y las visitas ligadas al colegio, con estudiantes y profesores que convierten el bar en una extensión natural de la vida de la calle.

Aunque reconoce que no es una vía de paso y que quien llega suele hacerlo con un destino concreto, Andrea destaca precisamente esa condición como una de sus fortalezas. «Vienes al bar, compras el pescado, la carne, la fruta y te vas a casa con todo hecho». No hay rivalidad entre negocios: si uno cierra antes, el otro se convierte en punto de reunión. «Si yo cierro antes, me voy a tomar un vino al Morry», el otro bar de la calle, «y si ellos cierran antes, vienen aquí».

La calle Galicia nunca llegó a ser lo que el urbanismo proyectó. No se convirtió en una gran vía ni en un eje de paso. Quizá por eso ha terminado siendo algo más valioso: un lugar donde el comercio de cercanía, el trato personal y la vida cotidiana caben, todavía, en menos de 150 metros.


