Sabía que tenía que subir hasta la cuarta planta del Hospital San Pedro de Logroño. Tenía la cita y la hora controlada, sabía a lo que iba, pero lo que no sabía era con qué me iba a encontrar al cruzar esa puerta.
Las visitas a un hospital nunca son agradables. Uno entra con el estómago encogido, con esa sensación de vulnerabilidad que provocan los pasillos largos, el olor a desinfectante y comida y el ir y venir de sanitarios. Pero al salir de esta visita, la sensación fue inesperada: optimismo, bienestar y una profunda admiración por Guillermo y por su familia.
Guillermo Rivas Esteban tiene 22 años. Podría estar hablando de exámenes, de planes de futuro o de cualquier cosa propia de su edad. Sin embargo, desde el pasado 2 de enero su vida ha dado un giro radical. «Yo vine pensando que tenía una bronquitis o cualquier cosa que no fuera esto», cuenta. Arrastraba desde hacía semanas una sensación de ahogo, sudores nocturnos, cansancio extremo. «Pasé de ir a coger olivas con mi padre a no poder subir las escaleras de casa porque me ahogaba».

Ese 2 de enero, tras una mañana de pruebas y una tarde interminable, llegó el diagnóstico: leucemia aguda linfoblástica. «En ese momento se me vino el mundo encima. No era miedo, era estar asustado por no saber qué iba a pasar. La palabra cáncer impone y te llena la cabeza de ideas negativas».
Los primeros días fueron durísimos. Para él y para todos los que le rodean. Pero algo cambió muy pronto. «La segunda noche pensé: no me puedo quedar así. Es lo que me ha tocado y hay que afrontarlo con el mejor ánimo posible». Desde entonces, Guillermo repite una frase que se ha convertido casi en un lema familiar: «Me han dicho que el 50 por ciento es el tratamiento y el otro 50 por ciento la actitud».
Hoy, ingresado y en plena fase de inducción de la quimioterapia, mantiene una rutina sencilla pero firme: ver series con su hermana, juegos, sudokus, algo de pintura, visitas controladas de amigos y, por supuesto, su novia. «Es coger una rutina y buscarte cosas para pasar el día lo mejor posible». Y sobre todo, sonreír, y eso a este joven se le da de perlas. «Cada pequeño síntoma de que todo va bien se celebra. Y yo no dejo de pensar que siempre hay un mañana».
Una familia y su fuego de campamento
Si Guillermo mantiene esa actitud, hay una razón clara: no está solo ni un segundo. Nicole, su madre, recuerda perfectamente aquel día. «Yo le cogí cita en el médico porque andaba fatigado. Le hicieron un electro y la médica dijo: ‘No me quedo tranquila, vais directos a urgencias'». A partir de ahí, todo se precipitó. «Cuando nos dieron el diagnóstico pensé: ‘¿Por qué nos tiene que tocar a nosotros?'».

Los primeros días fueron devastadores. «El primer fin de semana fue durísimo. Subes a la habitación, se pone el pijama y ya no hay vuelta atrás». Pero Jesús Mari, padre de Guillermo, destaca algo que ha sido clave: «Como él está animado, nos lleva a todos en volandas».
Raquel, su hermana pequeña, tiene 20 años y una relación inseparable con Guillermo. «Para mí mi hermano es la persona más importante que tengo. Nos llevamos año y medio y hemos pasado toda la vida juntos». Aquel día, cuando entró en la habitación y su familia le dijo que tenía cáncer, «se me cayó el mundo encima».
Hoy, Raquel pasa todas las mañanas con él. «Vengo para que no esté solo y para que mis padres puedan descansar un poco». También reconoce cuánto admira a su hermano. «Yo no tendría la actitud que tiene él. Lo admiro muchísimo».

La familia se organiza como puede. Ya no hay cenas de cuatro. «Es un poco caos. Unos están aquí, otros en casa. A veces cenamos por separado, pero cuando podemos intentamos coincidir», explica Raquel. Aun así, no dudan: «Somos uno, siempre lo hemos sido y siempre lo seremos». Nicole lo resume con orgullo: «Hacemos lo que llamamos ‘fuego de campamento’. Si hay un problema, nos sentamos los cuatro y hablamos. Muchas veces con mirarnos ya sabemos que algo pasa».
Jesús Mari destaca que lo más duro no es solo la enfermedad, sino los daños colaterales que puede provocar en Guillermo y en la familia. «Pero ese miedo ya se me ha ido. Guillermo va bien y nosotros estamos bien, dentro de lo que se puede». Y cada día repite el mismo ritual. «Por la noche le digo:’Guillermo, un día menos’ y por la mañana: ‘Un día más'».
Este joven de El Redal es muy consciente de la suerte que tiene. «Cuando te das cuenta de que hay gente que pasa esto sola, valoras muchísimo tener siempre a alguien al lado». También reconoce que su actitud no es casual: «Si yo estoy bien, ayudo a mis padres, a mi hermana, a mi novia… y eso me dio fuerzas desde el minuto dos».

Su mensaje es claro y directo, pensado para quienes puedan verse reflejados: «Que se refugien en la familia y los amigos, que no se queden de brazos cruzados. El ánimo ayuda muchísimo. Que no busquen nada en internet y que hagan caso a los profesionales».
En esa habitación también hay palabras de agradecimiento. Muchas. Para el personal sanitario que «nos está dando un trato, una amabilidad y un cariño inmensos. Para nuestros familiares, amigos y vecinos de El Redal que nos están demostrando lo mucho que nos quieren y, sobre todo para Guillermo, que es el que nos está dando la fuerza necesaria para afrontar semejante situación».
Y aquí es donde te das cuenta de que no siempre se va al hospital a encontrar tristeza. A veces sales de esas puertas con una lección de vida aprendida, con la seguridad de que la unión familiar, la actitud y el acompañamiento son la mejor medicina y de que personas como Guillermo tienen el don de cambiarle la cara a la vida.


