Agricultura

El relevo que no llega: la veterinaria rural lucha por sobrevivir

Amanece en el valle, amanece en la sierra, y mientras muchos aún duermen, hay quien ya está en marcha. No van a una oficina ni abren una clínica con horario fijo. Cargan el coche, se ponen las botas y salen al encuentro de vacas, caballos y ganaderos que dependen de una llamada a cualquier hora del día o de la noche. Son las veterinarias y veterinarios rurales, profesionales esenciales para el mundo del campo y, sin embargo, cada vez más escasos.

En La Rioja, Sonia Martínez y María Marín encarnan una profesión que lucha contra la falta de relevo generacional, la dureza del trabajo, un modo de vida que no siempre encaja con los ritmos actuales y que no entiende de festivos ni de horarios. Lo hacen desde lugares distintos, con trayectorias diferentes, pero con un denominador común: la pasión por los animales y el compromiso con el territorio.

Sonia tiene 34 años y es de Munilla. No siempre tuvo claro que acabaría siendo veterinaria. Es más, la decisión la tomó en el último momento, cuando llegó a Bachiller, y hoy no se imagina haciendo otra cosa. Desde 2019 trabaja en la zona del Alto Cidacos, atendiendo explotaciones de Munilla, Enciso y Arnedillo. Vacas, sobre todo. Animales que conoce desde pequeña porque su familia siempre ha tenido.

María Marín, en cambio, lo tuvo claro desde niña. «Siempre me gustaron los caballos. Me encantaba estar con ellos y el veterinario me daba muchísima curiosidad». Lleva desde 2015 trabajando en el campo y, desde Logroño, se desplaza con otra compañera por buena parte de La Rioja y territorios limítrofes. No tienen clínica, su trabajo es ambulante, a pie de explotación, entre caballos y ganadería extensiva.

Un trabajo sin reloj y sin relevo

El día a día de una veterinaria rural no entiende de relojes. «Te pueden llamar a las cinco de la mañana o a las tres», explica Sonia. Las urgencias mandan. «Son animales y cuando pasa algo tienes que acudir. No es un trabajo que puedas tener planificado».

María no le lleva la contraria: «Yo sé cuándo empiezo, pero nunca sé cuándo voy a terminar». El calor sofocante, el frío, la lluvia o incluso el granizo forman parte del trabajo. «Se hace muy duro. No tienes estabilidad y es difícil organizarte. Las urgencias a cualquier hora no son fáciles de asumir».

Esa falta de horarios y de conciliación es una de las razones que seguramente explican por qué cada vez menos jóvenes eligen esta rama de la veterinaria. «Si falta gente incluso en las clínicas, que son relativamente cómodas, imagínate en el campo», apunta María.

Ambas coinciden en que el relevo generacional es uno de los grandes problemas del sector. «Las empresas no encuentran gente que quiera trabajar», señala Sonia. Muchos recién titulados optan por opositar o por clínicas de pequeños animales. María lo ha vivido de cerca. «He visto entrar y marcharse a compañeros muy buenos. No aguantaban los fines de semana, el no parar, la falta de vida personal». Y no lo dice ni mucho menos reprochando, sino con honestidad. «Es normal que la gente quiera otra forma de vida».

En el campo, la relación con los ganaderos va mucho más allá de lo profesional. «Al final hay una confianza de amistad. Te cuentan sus dudas, su día a día, y tú estás con ellos siempre». María añade que esa cercanía marca la diferencia. «Los ganaderos conocen a cada animal, saben su carácter, su historia. Muchas veces te quedas a comer con ellos, hablas de todo. No es como en una clínica, que haces la visita y te vas».

El camino recorrido por Sonia y María demuestra que no todo en la vida es vocación romántica. Hay momentos difíciles. Para María, lo más duro es tener que sacrificar un animal. «Con los caballos se hace especialmente complicado, porque son como animales de compañía». Pero también hay recompensas únicas: «Ayudar en una inseminación, ver que la yegua queda preñada y, once meses después, ver nacer un potro que crece… Eso es increíble». Sonia lo resume de forma sencilla: “Estoy feliz trabajando con las vacas. Me dolería mucho cambiarlas por otra especie”.

Las veterinarias rurales no solo curan animales. Previenen enfermedades, asesoran a los ganaderos, se forman continuamente y lidian con nuevos retos como la aparición de patologías ligadas al cambio climático. «Enfermedades que antes estaban controladas ahora llegan aquí», explica María. Y detrás de cada brote hay pérdidas económicas y personales para quienes viven del campo.

Aun así, ninguna de las dos se plantea abandonar. Sonia lo tiene claro: «Ahora me apasiona totalmente». María sonríe cuando habla de su relación con el oficio: «Es amor-odio. Es durísimo, pero no lo cambio por nada. Yo no sé hacer otra cosa».

Mientras haya profesionales como ellas, el campo seguirá teniendo quien lo cuide. Pero el futuro de la veterinaria rural depende de que esa vocación encuentre apoyo, reconocimiento y condiciones que permitan que no se convierta, definitivamente, en una especie en peligro de extinción.

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