Tinta y tinto

El silencio

Foto: Fernando Díaz (EFE)

El otro día, en plena rutina de redacción, nos saltó una noticia que nos dejó con mal cuerpo y forzó el clásico debate entre periodistas. No por el titular —que ya era duro de por sí—, sino por la escena: un periodista plantándole un micrófono a la hermana de la chica de 13 años fallecida en Logroño junto a su pareja. En la puerta de su casa. En caliente. En el peor momento imaginable. ¿Qué necesidad hay?

No era información ni contexto ni servicio público. Era morbo y hurgar en una herida recién abierta y de dimensiones inimaginables buscando una frase, un gesto o una lágrima que justificara un directo. Y lo peor no es solo que lo hagan, sino que les da igual (al menos a los directores de esos programas). Las televisiones nacionales llegan, desembarcan, ocupan el espacio como si fuera suyo, pasan por encima de vecinos, familiares y silencios, rascan todo lo que pueden —rumores incluidos— y cuando ya no hay más carne que exprimir se marchan al siguiente punto rojo del mapa. ¡A por la siguiente desgracia! Como una plaga itinerante del dolor ajeno.

Un rato después, como si el día no hubiera sido suficiente, me apareció una conexión de ‘Espejo Público’. Otra periodista «de visita» por Logroño y Lardero, recreando los hechos, caminando por el entorno, incluso entrando en la obra donde ocurrió todo. Como si el escenario aportara algo más que escalofríos. Como si acercar la cámara al lugar fuera una forma de entender lo incomprensible. Spoiler: no lo es. La guinda llegó con la tertulia. Mesa montada. Opinadores mediáticos al rescate. Juan Soto Ivars, Rubén Amón, Cristóbal Soria y algún otro. ¿Pero qué demonios tienen que opinar esta gente sobre esto? ¿Qué análisis se espera? ¿Qué conclusión? ¿Qué valor añadido aporta convertir una tragedia íntima en un debate televisivo de sobremesa?

No hace falta tertulianizarlo todo. No todo necesita opinión ni merece una mesa redonda. Hay hechos que no se explican mejor por acumulación de palabras, sino con información y respeto. Hay historias que no ganan nada cuando se estiran hasta romperlas y hay silencios que informan más que cualquier directo con prisas. Porque el problema no es solo el periodismo. El problema es el morbo. Ese que lo devora todo y que nos arrastra como sociedad al convertir cualquier tragedia en espectáculo. Y que funciona —porque no nos engañemos— porque alguien lo consume. Nos hemos acostumbrado a contemplar el dolor ajeno como entretenimiento en tiempo real y hay días en los que eso da miedo.

Lo hemos visto tras el accidente de tren en Córdoba. No habían pasado ni 24 horas, aún con algunas víctimas sin identificar, y ya estábamos otra vez tirándonos los trastos a la cabeza. Que si la vía, la seguridad, el ministro, el presidente… El mismo patrón de siempre: los hechos aún calientes y las culpas ya repartidas. Todo sin esperar, sin saber y sin pensar. Sin margen para el respeto, ni para la prudencia, ni para esa pausa mínima que exige cualquier tragedia humana.

Nos hemos olvidado de que, en los días de luto, lo que toca no es buscar culpables en Twitter ni construir relatos políticos sino acompañar, comprender y dejar espacio, como recordó fenomenalmente la reina Letizia al visitar a las víctimas de la tragedia. Ya habrá tiempo para exigir responsabilidades, pero no todo vale ni todo puede ser inmediato. Hace falta mesura, reflexión y, sobre todo, una ciudadanía que no se conforme con trincheras sino que aspire a entender las cosas en su complejidad. Porque el pensamiento crítico no consiste en opinar más fuerte, sino en saber callar cuando no se tiene aún toda la información.

Ojalá fuéramos capaces de recordarlo antes del siguiente golpe, porque el negocio de la polarización viene muy bien a unos cuantos, tanto políticos como medios como empresas. Y hace tiempo que hemos caído en ello como sociedad. Una masa enfadada, hiperconectada y permanentemente activada que ha perdido la capacidad de parar, de digerir y de reflexionar. Nos hemos olvidado de que a veces no es necesario tener una opinión formada al minuto sobre cada cosa que sucede. Que hay explicaciones que tardan. Igual que las soluciones. Igual que el duelo. Ojalá nos lo recordáramos más a menudo. Hay días —como estos— en los que el silencio no es falta de compromiso sino el mayor acto de respeto.

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top