Tinta y tinto

Un último concierto

España se despertó el miércoles con un pellizco. Uno de esos que no se ven, pero se notan. Uno de esos que viajan por WhatsApp a primera hora, que hacen que entres a las redes sociales sabiendo ya lo que te vas a encontrar. Había muerto el Robe. Y con él, una parte de todos nosotros. De los que crecimos escuchándolo. De los que aprendimos que la poesía no era sólo cosa de Pablo Neruda sino que también podemos encontrarla en las canciones o en la puerta del baño de un bar. Versos que no entendías del todo, pero que te hacían sentirlo todo. Roberto Iniesta Ojea (Plasencia, 16 de mayo de 1962) nos enseñó a nombrar el dolor, la rabia, el amor y la vida sin necesidad de embellecerlos.

Hace poco más de un año vino a Logroño. Llenó la Plaza de Toros de La Ribera y, sin saberlo, nos dio la oportunidad de despedirnos como mejor salen las despedidas: sin saber que lo son. Cantamos con él, nos dejamos la garganta en cada verso, y durante un buen rato no existió otra cosa que la música. En medio del concierto, me encontré con mis primos. Esos con los que llevo toda la vida compartiendo veranos, verbenas y chamizos. Los mismos con los que descubrí en la plaza de Villavelayo que ‘Jesucristo García’ era más que una de las últimas canciones de la noche.

El Robe siempre estuvo allí. Sobre todo, en el chamizo compartiendo cartel en nuestros corazones con otros poetas de voz rasgada como Kutxi Romero de Marea, Fito Cabrales de Platero, Jesús Cifuentes de Celtas Cortos, Evaristo Páramos de La Polla, Enrique Villarreal de Barricada… y otros más recientes como Raúl Gutiérrez de La Fuga, que llegaron después pero con ese mismo estilo salvaje, callejero y desgarrado. Pero Robe también era el Citroën Xantia de mi primo David, que subía de Logroño a Villavelayo por esa carretera interminable llena de curvas y árboles, con ‘La ley innata’ sonando como si no hubiera mañana. No había Spotify ni falta que hacía: había un CD con seis canciones de Extremoduro y el alma llena de ganas de llegar al pueblo para vivir el verano.

Y cuando llegábamos, siempre era igual: la tarde, la cuadrilla, los litros, los primeros amores y desamores… y en bucle esa banda sonora que nos explicaba lo que no entendíamos todavía. Eran años de grabar CD piratas con canciones sueltas, ordenadas con precisión quirúrgica para que dijeran lo que uno no sabía poner en palabras. Si era un regalo, el mensaje iba en cada pista. Y ahí estaba él, el Robe, siempre presente. El que te decía que había que amar sin medida, que había que rebelarse, que había que parar el mundo de vez en cuando y mirar dentro. Que vivir no era un manual sino un impulso y que no hay temario para sobrevivirse.

Por eso dolió. Porque con su muerte se va un poco de lo que fuimos. Porque ya no sonará igual ‘La vereda de la puerta de atrás’ en las noches de fiesta. Porque ahora no será raro que se nos escape una lagrimita al cantar ‘Si te vas’, aunque estemos rodeados de gente y llevemos unas copas de más (quizás incluso por eso). Porque hay personas que no mueren del todo, pero tampoco vuelven. Se quedan suspendidas en un lugar raro, entre el recuerdo y el altavoz. Entre lo que éramos y lo que ya nunca volverá. Y no pasa nada por llorar un poco si nos toca esa canción en el coche. Porque, en realidad, es Robe quien sigue cantando por nosotros.

Nos gustaría poder ir a un último concierto sabiendo que es el último. Como cuando vamos a despedir a Joaquín Sabina, que se despide y vuelve, pero al menos avisa. Sin embargo, creo que no sería igual. Porque aquel concierto de Logroño fue de verdad. Fue real. Fue el último sin saber que lo era. Y quizá por eso nos salió tan bien. Porque lo importante no es cuándo cantamos por última vez sino con quién. Y cómo. Y cuánto. Y el Robe, sin quererlo, nos regaló un último concierto perfecto.

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