«Tengo un reto para Manu». Así empezó todo. El mensaje, con esa frase como carta de presentación, apareció hace unos días en el grupo de WhatsApp que aún compartimos los compañeros de la UCM. Somos unos cuantos, los mismos a los que el profesor galdosiano Félix Rebollo bautizó, con una mezcla de cariño y escepticismo, como «los poetas». Y en cuanto vi el nombre de Miguel Quintana al lado del audio, supe que venía historia. Como siempre. «Hola, soy Miguel, de Madrid», dijo el primer día de clase. «Hola, soy Manu, de Logroño». Y hasta hoy con sinfín de historias inenarrables.
«Estaba comprando unas flores para mi señora y allí estaba una madre con una niña. Cuando se gira para coger a la niña y pedirme perdón porque yo estaba dejando el ramo ahí, he visto que era una compañera de la universidad. Ella ha dudado, yo he dudado y no hemos dicho nada. No sé el nombre y no sé muy bien cómo describirla: guapita, estatura media, creo que amiga de Nerea, rubia castaña, delgadita… y la niña debía tener dos o tres años. Yo creo que con esta descripción puedes hacer algo. Me suena que ya te había preguntado por ella porque me la encontré una vez en la COPE y creo que es periodista».
Lo que vino después fue una investigación digna de la UCO. Nombres, fotos, hipótesis, descartes, reencuentros digitales con rostros que llevaban más de una década en el trastero de la memoria. Nos pusimos todos a buscar como si estuviéramos intentando atrapar a un terrorista internacional. Y en ese ejercicio detectivesco se abrió, de golpe, la compuerta de los recuerdos. Fue como jugar al Cluedo con el añadido emocional de revolver en una época en la que aún creíamos que todo era posible. Porque al buscar a esa chica misteriosa nos encontramos, sin querer, con nosotros mismos.
Buscando a la chica misteriosa en las fotos de Facebook de aquellos años aparecieron de nuevo las cenas en pisos compartidos, las fiestas temáticas, las salidas por Moncloa, Princesa, Metropolitano, Guzmán el Bueno, Huertas, Malasaña… los primeros trabajos en algunos medios, los apuntes compartidos, los trajes de graduación. Historias que teníamos aparcadas en la memoria, a veces incluso olvidadas, y que de repente volvían a tener nombre, cara, risa y contexto. Las conversaciones eternas sobre política y periodismo.
Han pasado casi dos décadas desde que llegamos a Madrid con la mochila llena de libros, ilusiones, precariedad y esa arrogancia ingenua que da la juventud. Entonces todo parecía posible. Nos creíamos periodistas antes de serlo y soñábamos con cambiar el mundo. Vivimos la carrera, la crisis, el 15M y el periodismo desde la trinchera. La capital era nuestro punto de partida, nuestra particular Transición entre la adolescencia y la vida adulta. Allí, con la mayoría de edad recién cumplida y con un par de mochilas teníamos suficiente equipaje para pensar a lo grande. Inexpertos. Soñadores. Pobres. Pero felices.
Y ahora, cada uno a su manera, intenta mantener vivo aquel fuego. Algunos volvimos a provincias buscando una vida más sencilla o, simplemente, más nuestra. Otros se quedaron en esa trituradora de almas en la que se ha convertido Madrid, atrapados entre la nostalgia de lo que un día soñamos ser y la rutina de lo que somos. Unos siguieron en el periodismo. Otros se bajaron a mitad de camino, porque la vocación no siempre paga facturas, ni hipotecas, ni cunas. Y eso también hay que decirlo.
Quizás por eso nos agarramos con tantas ganas a cualquier excusa para mirar atrás. Incluso a una cara reconocida a medias en una floristería. Justo cuando habíamos dado por imposible el enigma, llegó el giro de guión. Miguel volvió a encontrarse con ella. No en el trabajo. No en una rueda de prensa. En el Cantajuegos. El Cantajuegos. Porque la vida, además de todo lo anterior, también es eso. Hijos. Sábados de canciones infantiles. Papás y mamás con ojeras y mochilas llenas de pañales. Y allí, entre el ‘Soy una taza’ y el ‘Chu chu ua’, la reconoció de nuevo. Foto furtiva al grupo y confirmación por WhatsApp. Esta vez, sí. Nombre, apellidos, trayectoria, recuerdos de clase y anécdotas brotaron de nuevo por el grupo como si no hubiera pasado ni un día. Pero han pasado. Y lo sabemos.
Quizás por eso esta historia, que empieza con un ramo de flores y acaba en un concierto infantil, dice más de nosotros que cualquiera de aquellas redacciones que entregamos con fe ciega en el futuro. Porque lo importante no era encontrar a la chica de la floristería. Lo importante era reencontrarse —aunque solo fuera un momentito— con lo que fuimos cuando todavía creíamos que todo estaba por escribir. Y así, recordarnos que un día fuimos otros, que soñamos distinto y que, por suerte, seguimos soñando.


