Salud

Denis desmonta prejuicios: «Einstein o Steve Jobs eran disléxicos, pero ¿eso les frenó?»

Denis siempre ha sido más de imágenes, de escenas, de trazos. Y él mismo reconoce que su cabeza funciona mucho mejor así. «A mí, si no me explican las cosas con imágenes, no las entiendo igual». Por eso recuerda su infancia como un lugar donde todos parecían entrar en un mundo del que él no tenía llave, bueno, mejor dicho, tenía una llave que no abría una de las puertas principales.

«Creo que fue en segundo o tercero de Infantil cuando vieron que todos mis compañeros sabían leer y yo todavía no sabía leer nada», recuerda con una serenidad que sorprende para alguien que tuvo que enfrentarse tan pronto a un camino diferente. Sus padres consultaron al colegio, pero les dijeron que «no todos los niños salen de Infantil sabiendo leer».

Ante esta respuesta, tranquilidad, hasta que vieron que aquello no mejoraba. «En primero y segundo de Primaria tampoco avanzaba mucho». La orientadora del centro insistía en que se debía a un bloqueo emocional. «Bloqueo emocional», repite Denis todavía asombrado. De nuevo, un diagnóstico desacertado que retrasó durante tiempo la comprensión real de lo que pasaba.

La palabra dislexia tardó en llegar, pero cuando lo hizo arrojó algo de luz a una historia que se estaba alargando demasiado. Fue un orientador y después un psicólogo privado los que pusieron nombre a lo que llevaba tiempo ocurriendo. Por aquel entonces Denis tendría unos ocho o nueve años y ahí es cuando alguien tuvo a bien explicarle lo que le pasaba.

«El psicólogo me dijo que nunca iba a leer como el resto, que mejoraría, pero no como ellos. Y que no tenía ningún problema». Esas palabras se convirtieron en un abrazo invisible. «Me habló de científicos, pensadores, genios y empresarios famosos que habían vivido lo mismo y que, gracias a la dislexia, cambiaron la manera de pensar y pudieron hacer todo lo que consiguieron». A partir de ese momento, aquella fuerza que presionaba por dentro se convirtió en su arma personal.

Por primera vez pudo explicarle a sus compañeros lo que le pasaba «y desde el primer día me ayudaron y apoyaron. Tengo la inmensa suerte de que nunca he sufrido burlas ni aislamientos, al contrario, encontré comprensión». Y eso ayudó a Denis a crecer con un espíritu positivo que hoy, a sus 17 años, sigue dando envidia. «Nunca me tomo mal las cosas».

Durante años, Denis fue uno de los pocos alumnos que estuvo en clases aparte de Audición y Lenguaje desde primero hasta sexto de Primaria. «Igual el único en el colegio que estuvo tanto tiempo», reconoce. Y es que tomar apuntes era casi un acto de fe. «Si escribía, no me enteraba de lo que decía el profesor, y lo que lograba escribir muchas veces no lo podía entender después, porque también tengo disgrafía», lo que convierte su propia letra en jeroglíficos.

Su cabeza necesitaba otra puerta de entrada para todos esos conocimientos y descubrió que un ejemplo visual le daba la vida. Un vídeo podía darle lo que un párrafo le negaba e incluso una historia narrada podía encajarse en su memoria como una película. Era puro arte: vídeos, audiolibros, ejemplos visuales… Es más, «si me lo lee otra persona, me es mucho más fácil entenderlo».

Sin embargo, la dislexia no aparece solo en el aula. También está en lo cotidiano, en lo que la mayoría no pensamos ni un segundo. «Cuando voy a un bar y no hay fotos en la carta, se me hace imposible saber qué pedir. Tengo que pedir a alguien que me lo lea». O en los móviles, «si me escriben con muchas abreviaciones es imposible saber qué me quieren decir».

Desconocimiento total

Denis explica que convivimos con este trastorno todos los días, aunque no nos demos cuenta. «Uno de cada cinco niños tiene dislexia. Y uno de cada ocho adultos también. Pero la mayoría no están diagnosticados».

Y añade: «La desinformación sobre la dislexia es enorme. La gente dice: ‘Me he confundido de palabra, qué disléxico soy’. O cuando alguien confunde derecha e izquierda. Y no tiene nada que ver».

Y para que todos lo entendamos, este joven lo explica con una claridad desarmante: «El cerebro de una persona sin dislexia está muy activo en la zona del lenguaje escrito. En el mío, esa parte tiene muy poca actividad o nula. Y otras zonas intentan hacerlo, pero no están capacitadas para eso».

Y no por ello lo ha pasado mal, porque desde que era pequeño decidió no castigarse por algo que formaba parte de él. «Si pudiera hablar con mi yo pequeño, le diría que no pasa nada. Que leerá, que entenderá, que llegará. Solo que lo hará a su manera».

A sus 17 años, Denis estudia Bachillerato de Artes y le gustaría estudiar Comunicación Audiovisual o Dirección de Cine. «Estoy entre estas dos disciplinas, pero todavía me queda tiempo para elegir».

Puede parecer anecdótico, pero no lo es: un chico al que costó tanto leer quiere dedicarse a contar historias. A narrarlas con imágenes. Tal vez porque él, precisamente, aprendió a entender la realidad traduciendo el lenguaje a imágenes. Tal vez porque su cerebro —como él mismo dice— piensa distinto. Y eso, lejos de ser una limitación, es un regalo.

Porque la dislexia no te impide ser brillante, no es falta de inteligencia o de interés, a pesar de que, como cuenta Denis con cierta rabia, «hoy en día todavía hay profesores que dicen que una persona con dislexia nunca puede ser profesor porque no sabe corregir faltas de ortografía. ¿No se dan cuenta de que personas como Einstein o Steve Jobs tenían dislexia? ¿Les dijo alguien que dejaran de enseñar o de crear?».

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