Noviembre ha llegado y lo ha hecho de la mano del frío. Atrás quedan esos días donde el abanico era el accesorio más codiciado y el helado el bocado favorito. Ahora, el cuerpo pide ropa calentita y churros y, si son con un buen chocolate caliente, mejor que mejor.
El olor es inconfundible. Atrae a madrugadores, a los que se recogen tarde, a los que en su rutina los churros tienen un hueco fijo o a los que simplemente les apetecía llenar el estómago con tremenda delicia. Es un olor que se detecta a metros de distancia y te va guiando hasta donde se cocina la felicidad. En Murrieta, Mari Carmen Felicidad y su hija, Lucía Mazo, son las encargadas de que los meses que van de octubre a mayo huelan a gloria y sepan mejor aún.
¿Qué fue antes, la churrería o la fuente? «Llevamos aquí 40 años, desde 1985», cuenta Mari Carmen, quien empezó en este mundillo porque se casó con un churrero. Estas cuatro décadas han dado bastante de sí y su churrería ‘La perla riojana’ se ha convertido en una institución, un lugar de peregrinaje.

«Todos los días no son iguales, pero hay clientes a los que les gustan los churros y suelen venir a menudo. Se dan un paseíto, se comen los churros y se van a casa. Eso sí, los domingos casi siempre vienen los mismos aunque también vienen muchos forasteros», señala Mari Carmen.
Y es que la mañana del domingo es el momento perfecto para darse un buen homenaje en forma de churro. Prueba de ello es la cantidad de clientes de todas las edades se acercan y Mari Carmen los atiende con una sonrisa y una conversación costumbrista, cosas de conocerse el barrio al dedillo.

Mientras, Lucía es la encargada de hacer la magia: fríe los churros con la precisión de un cirujano. Sabe los tiempos y los trucos para dejarlos en el punto perfecto: crujientes por fuera pero jugosos por dentro. La división del trabajo no está hecha de manera arbitraria. A Mari Carmen, lo que más le gusta es el contacto con la gente, el tú a tú. A Lucía, en cambio, lo que más le gusta es preparar los churros.
Aquí todo se elabora de manera artesanal y manual por Lucía desde hace más de diez años. Un proceso que no está libre de peligros. En su brazo izquierdo, Lucía tiene quemaduras recientes provocadas por el aceite caliente y es que este tiene que estar «a más de 200 grados» para que los churros salgan perfectos.

Alguna vez Mari Carmen añade un churro extra a la docena, pero no a todos los clientes les gusta el detalle. «Los que son muy supersticiosos me piden que no les eche trece churros, que o les eche dos más o les deje con la docena exacta», cuenta entre risas.
Los labios sucios por el chocolate, el papel en forma de cono manchado por el aceite y el crujido del primer mordisco forman parte de una estampa que se convierte en un continuo hasta que vuelva el calor y los churros vuelvan a ser sustituidos por los helados.


