La Rioja no necesita ‘Bernabéus’ o ‘WiZink Centers’. Solo basta una guitarra que suene y una voz que emocione ya sea en una sala entre barricas, en una plaza de un pueblo o en un pequeño local con una barra y cuatro mesas. Porque aquí la música en directo late fuerte al ritmo de las notas de Coupage o Dani Subero, artistas que han hecho de las versiones -o covers para los más internacionales- un puente entre generaciones y emociones.
«La música en directo no debería morir. Es otro rollo», explica Dani, un rinconero que aprendió a mirar al público a los ojos y a no necesitar más que una guitarra para que todo el público le siga el ritmo. «Cuando interpretas tú la canción, ves cómo la gente conecta. Es totalmente diferente y no hay nada que se le parezca».

Dani empezó con 15 años en Palankada, una banda de pueblo que tocaba versiones de Zapatrús, «los dioses locales», destaca entre risas. Ahora alterna temas propios con clásicos de Extremoduro, Platero y Tú, Barricada, Los Secretos o Estopa. Su voz se mueve entre la crudeza del rock y la ternura del cantautor. «Mezclo de todo. Es la música que he escuchado toda la vida, pero me da igual el estilo. Lo importante es que conecte».
Este joven no tiene repertorios cerrados, sino que improvisa según el público. Si toca en una peña joven, se lanza al punk; si el ambiente es más pausado, rescata a Sabina o a La Guardia. «Llevo mis canciones, pero también lo que sé que va a emocionar. Si la gente canta contigo, ya has ganado la noche. Si no, cambio sobre la marcha. Hay que adaptarse y si tienes tacto, puedes girar el concierto a tu favor».
Y entre versión y versión, también hay hueco para interpretar temas propios (este mismo año ha publicado su tercer disco, ‘Los sueños son para valientes’). «Recuerdo una vez en un pueblo de Navarra entre rancheras y copas de vino que toqué una canción mía y un hombre de unos setenta años se acercó al final del concierto y me abrazó llorando. Me dijo que esa canción le había emocionado especialmente. Ese momento se me quedó grabado».

Dani reivindica el valor de las versiones. «La gente piensa que versionar es bajarte las notas de internet, cantar y ya está, pero no. Hay que aprenderte las letras, adaptar la canción a tu tono, hacerla tuya. Cada tema está pensado para un artista distinto y tú tienes que traerlo a tu terreno. No sé cantar flamenco ni rap, pero intento adaptarlas a mi forma. Eso es lo más difícil, pero también lo más bonito».
Una forma de creación
En el escenario, Jessica Cámara Sáenz y Juan Carlos Andrés Díaz forman Coupage, un dúo que suena a mezcla de vino, piel y canción. Se conocieron casi por azar, en una escuela municipal de música, y desde entonces afinan juntos melodías que se mueven entre el bolero, el jazz, la bossa nova y el pop.
Jessica cuenta entre risas que que empezó a cantar para tapar «lo mal que tocaba la guitarra», y Juan Carlos la animó a centrarse en su voz. «Probábamos sambas, bossas, boleros… y sin darnos cuenta, habíamos creado algo nuestro». Lo suyo es una fusión elegante y emocional: canciones conocidas que renacen con otro color, con otra cadencia, con una intimidad que recuerda que la música en directo sigue siendo una de las experiencias más humanas que existen.

A Coupage le gusta reinventar los clásicos. No los copian, los reinterpretan, los vuelven a vivir. En su repertorio suena ‘María la portuguesa’ transformada en un vals nostálgico, una ‘Llorona’ muy especial y ‘Los amarraditos’ convertida en un tema de jazz. «Improvisamos mucho sobre temas conocidos», cuenta Juan Carlos. «Y los moldeamos hasta que dejan de ser solo versiones y se convierten en algo que también nos pertenece».
El nombre Coupage lo encontraron impreso en una caja de vino. Les gustó porque representaba lo que eran: una mezcla. «Un coupage es la unión de distintos vinos que juntos son mejores», explica Juan Carlos. «Y nosotros somos eso: dos personas distintas que, al juntarse, crean algo más pleno».
Ambos aseguran que versionar una canción es volver a escribirla con el alma. No es repetir, sino recordar; no es imitar, sino sentir. «A veces cogemos una canción que nos emociona y la coloreamos a nuestra manera, pero hay temas que hemos intentado y nunca han llegado a crecer».

Antes de cada concierto, preparan el repertorio con cuidado. «Si sabemos que habrá público joven, buscamos temas más animados. Si no, algo más clásico», comenta Jessica. «Nos gusta saber quién nos contrata, qué se celebra, para adaptarnos al momento y conectar mejor con la gente».
Aunque ambos tienen otros trabajos, la música es su refugio. «La empezamos como una forma de desconectar del día a día. Algunos hacen yoga, otros salen a correr. Nosotros nos juntamos para hacer música. Es nuestra manera de liberar el estrés».
El sonido dominguero
Hay grupos que nacen de un casting o de un anuncio. Y luego están los que nacen de la amistad y de una guitarra que pasa de mano en mano mientras se enfría el café del domingo. The Dóminguers pertenecen a esta segunda categoría: músicos por pasión, amigos por costumbre, artesanos de la emoción.
«Éramos cuatro amigos que nos juntábamos los domingos por la tarde en mi casa de Cenicero. Tocábamos la guitarra, cantábamos, merendábamos… era nuestra forma de acabar el fin de semana. Lo hacíamos por gusto, por pasarlo bien», recuerda Aritz.
Aquel ritual comenzó allá por 2006 o 2007 sin otra intención que la de compartir canciones que les gustaban: los himnos del pop y del rock de finales de los noventa y principios de los 2000, esas melodías que todos tenemos en nuestra memoria. «Cantábamos lo que escuchábamos en la radio, lo que teníamos en los CD. Desde rock americano hasta pop español. Era un poco de todo de lo que nos emocionaba».
Pero aquella reunión de amigos fue creciendo. «Empezó a venir gente a vernos. Hasta que un día alguien dijo: ‘¿Por qué no lo hacéis en público?’. Nos lanzamos, y cuando nos llamaron para tocar en un bar tuvimos que buscar un nombre». Y así es como surgió The Dóminguers, como nacen las mejores cosas: de casualidad y entre bromas. «Nos hizo gracia y se quedó. Era perfecto: quedábamos los domingos y nuestro estilo también es muy dominguero, de buen rollo, de pasarlo bien. Nos gusta decir que ‘domingueamos’ las canciones».

En veinte años de historia, The Dóminguers han tenido varias formaciones, pero el espíritu sigue intacto. «Empezamos Fofi y yo con otros dos amigos. Ellos dejaron el grupo, y ahora seguimos con Fofi a la guitarra, Juan Cruz al violín y Sergio en la percusión». Sergio alterna el cajón flamenco con la batería, aportando energía a una base que, aunque acústica, late con la fuerza del rock.
El grupo toca versiones de todo tipo: Green Day, Alice in Chains, Amaral, Antonio Vega, Los Secretos, Extremoduro, Reincidentes, Jarabe de Palo, Tribalistas… Un repertorio ecléctico, generoso y sin etiquetas. «Tenemos canciones muy conocidas y otras que no tanto, pero todas las adaptamos a nuestro toque, al sonido ‘Dómínguer’. Tocamos con dos guitarras españolas, un violín y percusión, así que ya solo con eso conseguimos algo diferente. Es curioso ver cómo una canción de rock intenso suena cálida y cercana en acústico». Imagínate escuchar versiones de Smashing Pumpkins o Sociedad Alcohólica tocadas con guitarras españolas.
The Dóminguers no buscan el ruido de la noche. Su lugar natural está en los vermús, en los tardeos y en esos conciertos que se escuchan con copa en mano y conversación pausada. «No somos un grupo de sábado a las dos de la mañana en la plaza del Mercado. Somos ideales para una plaza al atardecer, una bodega, un evento tranquilo, un terraceo. Hacemos música para disfrutar, no para competir con los decibelios».


