Israel y Sheila suben la persiana de la Tiendita de Noa cada mañana a las 9 en punto y no vuelven a bajarla hasta las 9 de la noche. No hace falta que hagas cálculos: doce horas de tienda, de conversación, de favores y, sobre todo, amabilidad y confianza.
Porque lo de estos dos hermanos no es solo vender, sino cuidar al barrio. A su barrio, ese que les ha visto crecer desde que vivían en Carretera Navarra y todo era por allí huertas. «Me acuerdo que estaba Pichín con los caballos, había una escuela ecuestre y Reto. Todo era campo y poco más», recuerda Israel con una sonrisa.
Estos dos jóvenes abrieron su negocio hace 4 años en El Campillo cuando aquel rincón de Logroño era todavía una novedad con edificios modernos, grúas en movimiento, muchas bajeras vacías y un aire algo desangelado. «Faltaba humanidad y dijimos, ¿por qué no intentarlo?». Así nació la tiendita, con más ilusión que otra cosa y con una intuición: los barrios no se construyen solo con ladrillos, sino con gente que se saluda, se cuida y se conoce.

Y no iban desencaminados, porque eso es lo que se respira cuando cruzas la puerta de este negocio familiar. Solo con ver cómo todos se saludan por su nombre, se preguntan cómo va la rodilla o si el peque ha aprobado el último examen de Mates sabes que no estás en una tienda más, estás en la tienda del barrio.
Un local que ya existía pero que Israel y Sheila transformaron. Le dieron color, le cambiaron la cara y, sobre todo le dieron alma. «Lo primero que hicimos fue escuchar al vecindario para saber lo que necesitaba. Uno pedía una mantequilla concreta, otro una marca de galletas que le encantaba a sus hijos, otros un pan diferente… y fuimos trayendo todas esas cosas para que tuvieran de todo». Sin olvidarse, por supuesto, de los productos locales de la región.
Mires donde mires hay productos que te hacen falta: leche, fruta, pan, artículos de higiene, algo para picar esta noche, algún antojo que otro… y algo que no puede encontrarse en muchos sitios más, cercanía respeto y comunidad. «Aquí hay confianza. Si un niño olvida las llaves, la madre se las deja aquí. Si otro necesita merendar, le preparamos algo para comer. Si se pierde una niña, que ha pasado, dejamos todo como está y salimos a buscarla. Lo que ofrecemos es humanidad y el saber que vamos a estar aquí para nuestro vecinos de 9 a 9. Y esto también da seguridad al barrio».

Además de tienda de comestibles es punto de recogida de paquetería, un lugar donde recargar el bonobús o simplemente donde pasar un rato charlando. Israel lo explica con orgullo: «Esto ha sido más un proyecto social que económico. Nos conformamos con un sueldo base, con vivir tranquilos y sentir que aportamos algo bueno a nuestros vecinos. Esto último es lo que más nos aporta».
A pocos metros, muy pocos, de la Tiendita de Noa ya ha abierto un Carrefour Express, pero estos hermanos no temen. «Seguiremos siendo los mismos, con nuestro trato, con nuestra gente. Un supermercado es competencia, sí, pero no puede ofrecer lo que nosotros damos: conversación, cercanía y confianza».
Israel entiende que las compras grandes siempre se hacen en un gran supermercado, pero esa no es su liga y lo sabe. «Al final siempre se te olvida algo o se te antoja otra cosa, y ahí estamos nosotros». Su filosofía es sencilla y firme: «Si algo no funciona, nos reinventaremos. Pero no perderemos las ganas de trabajar ni de ayudar. Y sobre todo, no perderemos las ganas de devolverle la vida al barrio que nos ha visto crecer». Y es que hay lugares donde uno va a comprar el pan y otros donde va a sentirse en casa.


