El Rioja

Luis Martínez Lacuesta: «Tú puedes ser clásico y no ser viejuno en absoluto»

Hay apellidos que se confunden con el lugar del que nacen. El de Luis Martínez Lacuesta es uno de ellos.

Luis Martínez Lacuesta | Foto: Fernando Díaz (Riojapress)

Hay apellidos que se confunden con el lugar del que nacen. El de Luis es uno de ellos. Cuando dice «yo soy de Haro», no lo hace como quien señala un punto en el mapa, sino como quien nombra una herencia. Al otro lado de la mesa, habla con la serenidad de quien ha visto pasar épocas y modas, con la convicción de que «el tiempo pone a todos en su sitio».

Desde hace 130 años, la bodega Martínez Lacuesta defiende una idea sencilla y poderosa: la elegancia no pasa de moda. Lo clásico no es «viejuno»; es memoria afinada en barrica como hacen en cada una de las 7.000 que descansan bajo las instalaciones en las que nos sentamos a tomar un vino un fresco día de octubre.

– Más de 130 años de historia. ¿Qué se siente al llevar un apellido tan ligado a la historia del vino y del Rioja?

– La primera y principal es orgullo. Y la segunda, responsabilidad y respeto. Orgullo en tanto en cuanto que hemos sido capaces de aguantar 130 años. Tres siglos nos contemplan, dos guerras mundiales, una guerra civil… qué sé yo la cantidad de vicisitudes que ha tenido que pasar nuestra familia a lo largo de estos años. Y sin embargo, seguimos, seguimos siendo una bodega entera y estrictamente familiar, hoy en día formada en su accionariado por miembros de la tercera, de la cuarta y ya de la quinta generación. Y responsabilidad pues un poco por ser conscientes de lo que nos toca, que es mantener este legado de nuestros antepasados y no solo mantenerlo, sino en la medida de lo posible hacerlo crecer.

– 68 miembros de la familia son accionistas. Si en una cena de Navidad cuando estamos diez, quince o veinte ya se discuten… ¿cómo se hace para mantener el rumbo sin que se complique demasiado?

– Lo que nos inspira a todos y lo que nos mueve es el cariño por lo que nos han legado nuestros padres y nuestros abuelos. Y el entendimiento basado siempre en la búsqueda de un objetivo común que es el de mantener la bodega en las manos de quienes la fundaron. En el año 2021, lo que hicimos fue nombrar una gerencia externa y descargarnos de esa responsabilidad de la gestión diaria.

Foto: Fernando Díaz (RIOJAPRESS)

– Si su bisabuelo, que empezó en aquella tiendecita en Haro, pudiera ver la bodega de hoy… ¿qué cree que le diría?

– Alucinaría. Yo creo que seguramente nos diría que enhorabuena. Y no tanto por el éxito o por el cambio hecho, sino por contemplarlo después de 130 años, ¿no? Yo creo que ni de lejos él pudo imaginarse que 130 años después la empresa que él empieza a hacer funcionar con su hijo Félix —entonces ya era un político de cierto renombre en La Rioja y luego lo fue en Zaragoza y en Teruel— seguiría aquí y seguiría en Haro. Porque también eso para nosotros es nuestra seña de identidad. Cuando nos planteamos el traslado de la bodega y la construcción de una nueva, en ningún momento se planteó que esto pudiera pasar por salir de nuestro pueblo, al que pertenecemos con muchísimo orgullo.

– La concentración de bodegas históricas en Haro es única en el mundo. ¿Se está aprovechando todo ese potencial?

– Yo creo que sí. Quizá tengo que ser un pelín crítico con la altísima concentración del Barrio de las Bodegas, que efectivamente es único y hay que potenciar. Pero en Haro estamos otras bodegas con tanta o más historia que algunas de las que están allá. Todo lo que sea poner Haro en la cúspide del panorama vitivinícola, bienvenido sea. Pero además del Barrio de la Estación estamos otros con muchísima historia. Tienes a Ramón Bilbao con 100 años y nosotros con 130.

– ¿Qué le faltaría a las bodegas para dar un pasito más en el ámbito sobre todo enoturístico?

– Creo que en turismo se está trabajando bien. Se están atrayendo a 900.000 personas al año en Rioja, aunque falta convencer a la gente de que no solo hay que venir a visitar sino que también hay que quedarse. Cualquier sábado puedes tener a cientos de personas visitando bodegas y pocas pernoctan. Nos falta engancharlos un poco más. Se hace una muy buena labor desde los departamentos de turismo de bodegas, pero hay que dar ese paso.

– La historia de la familia tiene momentos casi de película con las expediciones a América, con las guerras y con las reinvenciones. ¿Qué enseñanzas ha habido?

– Que de todas las crisis se sale. Si nosotros hemos conseguido superar las cosas que hemos superado en estos 130 años, ¿cómo no vamos a salir de la crisis o de la situación en la que estamos en este momento? Pues claro que se sale. Hemos superado casi todo y seguramente vamos a volver a hacerlo.

Foto: Fernando Díaz (RIOJAPRESS)

– ¿Hay alguna historia familiar que le inspire especialmente?

– Una es la del tío Félix, Félix Martínez Lacuesta, una persona absolutamente fascinante con una historia verdaderamente sorprendente: un adelantado a su tiempo, un político de prestigio y un escritor y un ensayista de un prestigio enorme, no reconocido desgraciadamente, como suele ocurrir en muchas ocasiones. Y luego la historia de mi abuelo cuando se marchó a vender vino a América, que aquello hoy en día sería surrealista y un milagro. Irse a vender vino durante tres años sin venir a España, buscarse la vida… como no le llegaba con lo que le mandaban sus hermanos de aquí, pues se hizo representante de conservas Trevijano y vendía un aceite de Montoro y qué sé yo. Mi abuelo es que era muy muy peculiar.

– Siempre se les ha identificado como una bodega clásica. ¿Qué significa ser clásico en Rioja?

– Clásico siempre hay que mirarlo desde el lado positivo, nunca con ese carácter peyorativo en el sentido de «viejuno». Tú puedes ser clásico y no ser viejuno en absoluto. Puede ser clásico en el sentido de conservar patrones de trabajo y fórmulas tanto de elaboración como de envejecimiento que no son muy acordes con lo que sería una eficiencia operativa del año 2025, pero ese clasicismo al final vuelve siempre. El mundo del vino tiene picos, tiene dientes de sierra y hemos pasado, por ejemplo, de una época en la que los vinos de 14 y 14 grados y medio eran la supermoda y la gente está volviendo al vino fino. Nosotros somos eso: elaboradores y criadores de vinos finos. Nos gusta esa sutileza, esa elegancia, ese paso amable por boca que te invita a beber una segunda copa.

– Ha dicho alguna vez que para una bodega clásica es más fácil hacer un vino moderno que para una bodega moderna hacer un vino clásico.

– Sí, sí, sigo pensando lo mismo. Nosotros tenemos algunos vinos de perfil muy moderno que en una cata ciega no creo que nadie identifique como Martínez Lacuesta. Pero para hacer vinos clásicos hay que trasegar a mano. No podemos trabajar solo con barrica nueva. Renovamos un diez por ciento del parque de barricas al año, pero necesitamos barrica vieja —de cuatro a seis años máximo—. Cuando tienes un gran reserva durante 42 meses en barrica no puedes darle una aportación de madera continua, porque tendrías un zumo de roble. Buscamos un vino equilibrado, sutil y elegante, con una crianza en botella que lo deje afinado.

– El vermut es otra historia dentro de la historia de la bodega. ¿Cómo surge esa idea de criarlo como si fuera un vino de guarda?

– Surgió en 2005. Llevaba tiempo dándole vueltas a utilizar los mismos criterios de envejecimiento del vino en el vermut. Me parecía que tenía potencial de envejecimiento, pero en barrica de 225 litros, no en tinas grandes. Conté el proyecto a dos toneleros, les entusiasmó la idea y nos regalaron una barrica cada uno. En 2005 vendimos 4.000 botellas y las primeras 660 se agotaron en una semana. Se trataba de darle al vermut un poquito más de elegancia. Al que le gusta un trago más largo, esa elegancia del vermut reserva le fascina. Optamos por roble francés tostado para darle ese toque ligeramente torrefacto: entra dulce, salen los ahumados y termina amargo. Ha sido un absoluto éxito.

Foto: Fernando Díaz (RIOJAPRESS)

– ¿Qué papel tiene el vermut en la estrategia de la bodega?

– Antes era un apéndice sin demasiado peso y hoy es una herramienta de prestigio, marketing y facturación. Supone en torno al veinticinco por ciento del volumen de la bodega.

– Por último, un poco de fantasía… miramos a medio plazo. ¿Cuáles son los objetivos que se han marcado en la bodega para los próximos años?

– Tenemos dos objetivos claros. Uno, potenciar el vermut, darle más expansión. Siempre crecemos en volumen y prestigio. El nuevo Concia, con 36 meses en barrica, es algo que no hace nadie en el mundo. Y dos, seguir haciendo vinos clásicos en el mejor sentido: afinados, elegantes, fáciles de beber. Y crecer no solo en volumen, sino en prestigio y precio. Tenemos que creernos que lo que hacemos hay que pagarlo. No se puede vender un reserva a 5,5 euros y tener al lado otro a 18 euros con la misma contraetiqueta. Hay que explicar las diferencias de elaboración y crianza y que las calidades superiores tienen que costar más.

– Eso es la bodega… ¿y cómo se imagina el Rioja dentro de 25 años?

– Dentro de 25 años probablemente yo no estaré. Pero imagino la bodega con la misma línea, en mejores condiciones, más rentable y familiar. Llegar a una quinta generación consolidada será difícil. Rioja la imagino más selectiva, con las crisis limpiando a los oportunistas que creen que esto es jauja. Y los veinte, veinticinco o treinta nombres que todos tenemos en la cabeza seguirán estando.

Foto: Fernando Díaz (RIOJAPRESS)

– Y un mensaje abierto para la siguiente generación de Martínez Lacuesta. ¿Qué mensaje les daría?

– Que se den cuenta del esfuerzo enorme que hemos hecho las generaciones anteriores. Que respeten todo lo que hicimos. Pudimos equivocarnos en algún momento, pero sin ese esfuerzo y sin esas decisiones no habríamos llegado a los 130 años.

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